La Divinidad de Cristo

Las primeras descripciones que la Sra. de White realizó de la vida de Cristo en Dones espirituales (Spiritual Gifts, 1858) y en El espíritu de profecía (Spirit of Prophecy, 1876-1877), hacen poca alusión a la deidad de Cristo. Pero, en obras posteriores como Patriarcas y profetas (1890) y El Deseado de todas las gentes (1898), se afirma con claridad la divinidad y la preexistencia eterna de Jesús. Lo que sigue es solo una muestra de lo que la autora ha escrito sobre este tema.

Afirma su preexistencia y divinidad

Elena G. de White confiaba en la Biblia como fuente de instrucción sobre esta doctrina fundamental. Pero si no fuera por la Palabra de Dios, no tendríamos ningún conocimiento acerca de que una persona llamada el Señor Jesús jamás visitara nuestro mundo, ni tampoco ningún conocimiento de su divinidad, como lo indica su existencia previa con el Padre1. En la Escritura, los temas vitales del cristianismo, como la divinidad de Cristo, son revelados desde el Génesis hasta el Apocalipsis2.

Negar la naturaleza divina de Jesús sería incurrir en un engaño lamentable. Otro error peligroso es el de la doctrina que niega la divinidad de Cristo, y asevera que él no existió antes de su venida a este mundo. Esta teoría encuentra aceptación entre muchos que profesan creer en la Biblia; y, sin embargo, contradice las declaraciones más positivas de nuestro Salvador respecto a sus relaciones con el Padre, a su divino carácter y a su preexistencia. Esta teoría no puede ser sostenida sino violentando el sentido de las Sagradas Escrituras del modo más incalificable. No solo rebaja nuestro concepto de la obra de la redención, sino también socava la fe en la Biblia como revelación de Dios. Al par que esto hace tanto más peligrosa dicha teoría, la hace también más difícil de combatir. Si los hombres rechazan el testimonio que dan las Escrituras inspiradas acerca de la divinidad de Cristo, inútil es querer argumentar con ellos al respecto, pues ningún argumento, por convincente que fuese, podría hacer mella en ellos. [...] Ninguna persona que haya aceptado este error, puede tener justo concepto del carácter o de la misión de Cristo, ni del gran plan de Dios para la redención del hombre3.

Es verdad que Cristo se hizo hombre, pero esa humillación no debe hacernos dudar de su divinidad y su existencia antes de que el mundo fuera formado4. De modo que, al compartir el mensaje con otros, debemos hacer saber a la gente que creemos en Cristo, en su divinidad y en su preexistencia5.

En la enseñanza bíblica, Jesús está vinculado con la humanidad y simpatiza con sus sufrimientos, al tiempo que por su divinidad está unido con el trono del Infinito6. La certeza de su divinidad garantiza la salvación que nos ofrece. En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra [...] La divinidad de Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna7, 8. Elena de White es categórica en esto. La cuestión de su divinidad ha sido definida para siempre [...] Los ángeles del cielo se inclinan en adoración ante él. Sus enemigos disciernen el error que han cometido y toda lengua confiesa su divinidad9.

Luego de la resurrección, los apóstoles proclamaron con poder la divinidad de Jesús10. La conclusión resulta obvia: La divinidad de Cristo debe ser constantemente sustentada11.

Las evidencias de su divinidad

Durante su existencia terrena Cristo había mostrado convincentes evidencias de su divinidad12. Desde sus primeros años abundaban las evidencias de la divinidad de su carácter13. En ocasión del bautismo del Señor, se oyó la voz de Dios atestiguar la divinidad de Jesús14.

Las mismas palabras de Cristo eran una evidencia siempre presente de su divinidad15; lo mismo puede decirse de su obra. La evidencia de su divinidad se veía en su adaptación a las necesidades de la humanidad doliente16. La capacidad de leer los pensamientos secretos de los hombres era una evidencia adicional de la divinidad de Jesús17. Al devolver la vida, Jesús volvió a mostrar su divinidad. Este milagro culminante, la resurrección de Lázaro, había de poner el sello de Dios sobre su obra y su pretensión a la divinidad18. Incluso quienes juzgaron a Cristo habían recibido pruebas inequívocas de la divinidad de Aquel a quien condenaban a muerte19.

Revistió su divinidad con humanidad

Elena de White piensa que es importante que entendamos por qué revistió su divinidad con humanidad, y con mansedumbre y humildad vino al mundo como nuestro Redentor20. Al revestir su divinidad con humanidad, Jesús mostró humildad y condescendencia21. Al asumir la humanidad, Cristo ocultó su divinidad y dejó a un lado su gloria22. A fin de poder morir en sacrificio por el hombre, Jesús cubrió su divinidad con humanidad23.

Vez tras vez, la Sra. de White menciona que Cristo ocultó su divinidad bajo el manto de la humanidad24, o que revistió su divinidad con humanidad25, 26.

Para ser nuestro Salvador, Jesús debía ser divino y humano. El Redentor del mundo revistió su divinidad con humanidad para que pudiera alcanzar a la humanidad, pues se necesitó de lo divino y de lo humano para traer la salvación al mundo, necesaria por la caída del hombre. La divinidad necesitaba de la humanidad para que la humanidad proporcionara un canal de comunicación entre Dios y el hombre. El hombre necesita un poder exterior y superior a él para que lo restaure a la semejanza de Dios27.

La divinidad de Jesús fue reconocida

A lo largo de su ministerio, muchos percibieron su verdadera identidad y naturaleza. Los magos de Oriente lo adoraron, y reconocieron la presencia de la divinidad28. También Simeón y Ana habían reconocido la divinidad de Jesús y habían dado su testimonio en ese sentido29. Para el tiempo de la crucifixión, también José y Nicodemo se habían convencido de la divinidad de Jesús30.

En ocasiones, su divinidad fulguró a través de la humanidad.

A pesar de su condición humana, hubo momentos en que la naturaleza divina de Cristo no pudo esconderse. Mientras estuvo en la tierra, a veces la divinidad fulguraba a través de la humanidad y se revelaba su verdadero carácter31. Ocurrió en su primera visita al Templo; en su contienda con Satanás, cuando resucitó a Lázaro; en la purificación del Templo; y en sus disputas con los dirigentes religiosos32.

Su naturaleza divino‑humana

Elena de White tenía claro que existía una doble naturaleza en la persona de Jesús. ¿Fue la naturaleza humana del hijo de María transformada en la naturaleza divina del Hijo de Dios? No, ambas naturalezas fueron misteriosamente fusionadas en una sola persona: el Hombre Cristo Jesús. En él moraba toda la plenitud de la Divinidad corporalmente. Cuando Cristo fue crucificado, fue su naturaleza humana la que murió. La Deidad no se debilitó ni murió; eso habría sido imposible33.

En Jesús coexisten ambas naturalezas. La humanidad de Cristo estaba unida con la divinidad34. Esta unión de sus naturalezas permitió a Jesús revelar a Dios entre los hombres. El Salvador anhelaba profundamente que sus discípulos comprendiesen con qué propósito su divinidad se había unido a la humanidad35.

Se trata, por cierto, de un profundo misterio. La divinidad y la humanidad se hallaban combinadas misteriosamente, y el hombre y Dios fueron uno solo. En esta unión es donde encontramos la esperanza de la raza caída36. Lo cierto es que la divinidad y la humanidad se unieron o combinaron en Cristo37.

Conclusiones

A la luz de lo que la Biblia y el Espíritu de Profecía enseñan acerca de Cristo, los adventistas del séptimo día creen en:

1- Su divinidad.

2- Su preexistencia.

3- Su encarnación.

4- Su humanidad.

5- La subordinación al Padre durante su ministerio terrenal.

6- Su impecable perfección.

7- Su muerte vicaria.

8- Su resurrección.

9- Su ascensión y

10- Su ensalzamiento final.

La divinidad de Cristo es, entonces, un pilar fundamental de la fe y un elemento vital para comprender su obra redentora.

-Dr. Daniel Oscar Plenc | Director del Centro de Investigación White de Argentina, Coordinador del Servicio de Espíritu de Profecía de la Unión Austral y Profesor de teología de la Universidad Adventista del Plata.


Referencias Bibliográficas

  1. Exaltad a Jesús, p. 124.

  2. Consejos para los maestros, p. 413.

  3. El conflicto de los siglos, pp. 578, 579.

  4. Mensajes selectos, t. 1, p. 285.

  5. Obreros evangélicos, p. 420.

  6. El Deseado de todas las gentes, p. 410.

  7. Ibíd., p. 489.

  8. A fin de conocerle, p. 37.

  9. En los lugares celestiales, p. 358.

  10. Los hechos de los apóstoles, pp. 34, 35.

  11. Alza tus ojos, p. 56.

  12. Alza tus ojos, p. 78.

  13. El Deseado de todas las gentes, p. 70.

  14. Ibíd., pp. 90, 91, 696.

  15. Ibíd., p. 168.

  16. Ibíd., p. 188.

  17. Ibíd., pp. 205, 420, 611, 667.

  18. Ibíd., p. 487.

  19. Ibíd., p. 686.

  20. A fin de conocerle, p. 38.

  21. Ibíd., p. 58.

  22. Alza tus ojos, p. 88.

  23. A fin de conocerle, p. 276.

  24. Alza tus ojos, p. 244.

  25. Cada día con Dios, pp. 298, 357.

  26. Mensajes selectos, t. 1, pp. 377, 378.

  27. Mensajes selectos, t. 1, pp. 440, 441.

  28. El Deseado de todas las gentes, p. 45.

  29. Ibíd., p. 198.

  30. Ibíd., pp. 719, 721.

  31. A fin de conocerle, p. 60.

  32. El Deseado de todas las gentes, pp. 60, 104, 493, 541, 542.

  33. Alza tus ojos, p. 258.

  34. Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 180.

  35. El Deseado de todas las gentes, pp. 619, 620.

  36. Exaltad a Jesús, p. 69.

  37. Joyas de los testimonios, t. 2, p. 345; Mensajes selectos, t. 1, pp. 379, 478.