El Santuario en el Salmo 23: Una Nueva Mirada al Salmo del Pastor

La doctrina del Santuario y el ministerio que en él se realiza contiene un enorme significado para el pueblo adventista del séptimo día. No solo porque se trata de una de nuestras doctrinas distintivas, sino porque en ella encontramos la coherencia interna de todas las otras doctrinas que sostenemos, muchas de las cuales compartimos con otros credos. Sin embargo, a la luz del Santuario todas esas doctrinas cobran un significado mucho más profundo y brillan con un resplandor diferente. Desde la justificación por la fe, pasando por la doctrina de Dios, su Ley, su Palabra, la Iglesia y su misión, toda esta gran cadena de verdades se une y conecta en el Santuario. Con justa razón Ellen White declaró que “la correcta comprensión del ministerio del santuario celestial es el fundamento de nuestra fe” [1].

La Biblia declara que “nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Corintios 3:11). Y es precisamente Jesucristo quien está representado en cada una de las estructuras, ceremonias y detalles del Santuario: su obra y ministerio de salvación, su divinidad y humanidad, su ministerio celestial, su pronto regreso, todo el Santuario es una revelación de Jesucristo, de su carácter, su naturaleza y su obra como Gobernante del Universo, como Salvador de la humanidad y como Señor.

En este contexto, el actual estudio tiene por objetivo mostrar cómo el Salmo 23, conocido como el Salmo del Pastor, brilla con una nueva luz al encontrar en él los elementos del Santuario. Observaremos, al analizar detenidamente los textos y sus referencias, cómo Cristo revela en él un significado más profundo sobre el intenso amor de Dios y el viaje que el cristiano debe realizar desde su aceptación de Cristo hasta su plena glorificación en el Reino de Dios.

VERSÍCULO 1

“Jehová es mi pastor; nada me faltará”

En este versículo hallamos el primer mueble del Santuario: el altar de bronce del holocausto. Entre las muchas víctimas que eran ofrecidas, una de las más características era el cordero. Precisamente el Salmo 23 comienza reconociendo que somos corderos al cuidado de nuestro amante Pastor, el cual es Jesucristo, según Él mismo reconoció: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Es justamente en este texto que Jesús se presenta como el pastor que se sacrifica a sí mismo por causa de las ovejas. Cristo puede ser un buen pastor para nosotros, pues Él mismo ha sido un Cordero de Dios (Juan 1:29). Como lo expresa Pablo en Hebreos: “pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).

Por lo tanto vemos que en el Pastor que fue Cordero encontramos el primer mueble del atrio del Santuario. En el sacrificio de Cristo podemos hallar salvación y sustento contra el pecado. Con justa razón puede el salmista exclamar: “nada me faltará”.

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VERSÍCULO 2

“En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará”.

Avanzamos unos pasos desde el altar del holocausto, en delicados pastos, hasta llegar a la fuente de bronce, el lavacro que contenía agua. “Las aguas de reposo” son adecuado símbolo del bautismo, mediante el cual, después de aceptar el precioso sacrificio hecho por Cristo Jesús para expiar mis pecados, acepto morir juntamente con Él al viejo hombre (Romanos 6:4) y nacer de nuevo, de agua y del Espíritu Santo (Juan 3:5). Mediante la purificación del Espíritu Santo, encontramos reposo para nuestras almas (Mateo 11:29).

El versículo 3 prosigue señalando la vida nueva en Cristo: “Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre”. Una hermosa descripción de la vida nueva que alcanzan aquellos que se entregan al Señor mediante el bautismo.

VERSÍCULO 4

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento”.

¿Cómo podría alguien caminar en un valle sombrío, sin temor a caer? ¿Cómo podría sostenerse sin guía por las oscuras laderas de la vida? Sólo de una manera: llevando consigo luz. La única forma en la cual el salmista podría ir por el “valle de sombra de muerte” sin temor a nada, es llevando consigo la luz de Dios.

Una vez que ingresamos al Lugar Santo del Tabernáculo de Dios, notamos de inmediato la fuente de luz depositada en el Candelero con las 7 Lámparas de Fuego. Es la única fuente de luz del lugar santo. Sin ella el lugar sería sombras, y no habría manera de transitar por su interior. Pero “Dios es luz, y ningunas tinieblas hay en Él” (1 Juan 1:5). En el tiempo del Santuario Terrenal de Moisés, el Señor se manifestaba como una columna de fuego delante del campamento de Israel (Éxodo 13:21-22). La presencia del Dios vivo es la luz que el hombre necesita para andar en un mundo en tinieblas. Cristo mismo es aquella luz (Juan 1:4). No necesitamos temer, mientras contemos con su compañía.

La vara y el cayado del Señor son símbolos adecuados de la Palabra de Dios, la cual es descrita en forma dual en varios pasajes de las Escrituras: una espada de dos filos (Hebreos 4:12; Apocalipsis 1:16), dos testigos (Apocalipsis 11), la Ley y el Testimonio (Isaías 8:20), la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo (Apocalipsis 1:2, 9). Aquí se presentan como una vara y un cayado: la vara de reprensión (Isaías 10:26; 30:32; Proverbios 22:15; 23:13-14), y el cayado para guiar al rebaño (Miqueas 7:14). También las Escrituras son presentadas como la luz que ilumina el camino de los hombres (Salmo 119:105).

VERSÍCULO 5 – primera parte

“Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores”.

Si proseguimos nuestro ingreso al Santuario, veremos que al lado derecho de nuestro ingreso está la mesa con los panes de la proposición, o panes de la presencia. Justamente ahora el salmista ve que Dios ha preparado una mesa para él. La mesa con los panes es una invitación a tener una comunión íntima y personal con Dios. Es más que sólo un símbolo de hospitalidad (Génesis 18:5-6): es una invitación a tener una relación personal. Jesús dice “He aquí yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). También declaró que cuando sea establecido el Reino de Dios habrá una gran cena de celebración (Mateo 26:29).

Y además de una invitación a relacionarnos con Cristo, Él promete juzgar nuestras causas. La cena a la que se alude en el Salmo 23 acontece ¡en presencia de los enemigos del salmista! El hecho de que se pueda cenar tranquilo en presencia de los enemigos involucra que la causa pendiente en contra del acusado ya ha sido resuelta. Cristo ha pagado el precio de nuestros pecados, y además promete darnos liberación en el tiempo de la angustia (Jeremías 30:7). Podremos estar confiados en la mesa de Cristo, sabiendo que Él peleará por nosotros (Deuteronomio 1:30). Cristo es nuestro abogado defensor (1 Juan 2:1), y también es nuestro Juez (Juan 5:22). ¡Alabado sea su nombre! Podemos cenar en su presencia, confiados en su obra maravillosa en nuestro favor.

VERSÍCULO 5 – segunda parte

“Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando”.

El tercer mueble hallado en el Lugar Santo del Tabernáculo es el altar del incienso. Ese altar es un símbolo de la intercesión de Cristo en nuestro favor, quien añade incienso al fuego para producir un olor grato a Jehová. Él añade su propia justicia a nuestras oraciones, para que asciendan al cielo y sean recibidas por el Padre (Apocalipsis 8:3-4; Salmo 141:2). Tal obra de intercesión ya se mostró representada en el juicio redentor de Cristo al comienzo del versículo, la intercesión entre el salmista y “sus enemigos”. Sin embargo la alusión al altar del incienso no termina allí.

La descripción que hace Pablo en Hebreos 9:3-5 ubica al incensario dentro del Lugar Santísimo. El altar del incienso, pese a ubicarse en el Lugar Santo, lo hacía frente al velo que separaba ambos compartimentos, y el humo del incienso subía al techo para luego pasar al Lugar Santísimo. No es, por tanto, casual que la alusión del salmista se ubique hacia el final del Salmo. David menciona una unción “con aceite”, y una “copa rebosando”. ¿Qué relación contienen estos elementos con el altar del incienso? Mucha relación. En gran parte de la Escritura el aceite de la unción y el incienso se mencionan juntos, tales como en los mandamientos relativos al Tabernáculo del desierto (Éxodo 25:6; 31:11; 35:8, 15, 28; 37:29; 39:38; Levítico 2:1-2, 15-16; 5:11; 6:15; Números 4:16; 5:15), al Templo de Salomón (1 Crónicas 9:29), al Templo reconstruido post-exilio (Nehemías 13:5), y las profecías que mencionaban la apostasía de Israel (Ezequiel 16:18; 23:41) y la Babilonia del tiempo del fin (Apocalipsis 18:13). Por su parte, en el mismo Apocalipsis se menciona el incienso como contenido en “copas llenas” (Apocalipsis 5:8) en las manos de los 24 ancianos, o copas rebosantes. Por lo tanto, la unción que recibe el salmista está de acuerdo con el rito del ofrecimiento del incienso en el altar del Lugar Santo. De hecho, en muchas de las ofrendas mencionadas, el aceite y el incienso cubrían o acompañaban un sacrificio quemado. Es debido a que la intercesión de Cristo por nosotros es un aspecto más de su inmensa obra en nuestro favor. No sólo el holocausto matutino y vespertino era parte del continuo o diario (Éxodo 29:38-39), sino también el ofrecimiento del incienso (Éxodo 30:7-8).

VERSÍCULO 6 – primera parte

“Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida. Y en la casa de Jehová moraré por largos días”.

Hemos llegado al clímax de nuestro viaje por el Santuario. Ahora podemos ingresar con el salmista al Lugar Santísimo, donde encontramos el Arca del Pacto, con el propiciatorio, los querubines del gloria, las tablas del Pacto y la sagrada shekinah o presencia misma de Dios. Tan sólo que, en apariencia, no vemos ninguno de esos elementos en el versículo final del Salmo 23.

En realidad estos elementos sí están allí. Sin duda alguna que, más allá de las Tablas del Pacto, del propiciatorio y del Arca misma, aún de las figuras de los querubines, el centro mismo del Lugar Santísimo y de todo el Tabernáculo y aún el Santuario, aquella cosa sin la cual todo lo demás pierde valor y significado, es la presencia misma de Dios. En los inicios del proyecto para construir el Tabernáculo, Dios dijo a Moisés “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8). ¡La idea de Dios es habitar con nosotros! Sin su presencia nada, por muy simbólico y elaborado que sea, tiene valor real para nosotros.

Un texto es fundamental para comprender la amplia dimensión de esta declaración de David. En Éxodo 33:18 Moisés pide ver el rostro de Jehová, al decir “te ruego que me muestres tu gloria”. La respuesta del Jehová es aparentemente extraña: “Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente” (versículo 19). Dios manifestó como respuesta a la petición de su siervo que habría de mostrar “su bien”, y que exhibiría “su misericordia”. En otras palabras, el bien y la misericordia son las señales expresas de la presencia divina. Y, por tanto, el versículo 6 del Salmo 23 es evidencia expresa de que hemos avanzado por el Santuario de Dios, y hemos llegado al Lugar Santísimo, a la Santa shekinah, ¡la presencia misma de Dios!

CONCLUSIÓN
El avance de nuestro viaje ha llegado a su fin. El salmista quiere quedarse en la presencia de su Señor para siempre. Y la evidencia de que el Salmo 23 se aplica perfectamente al camino del Santuario, es la afirmación de David: pese a iniciarse con la analogía del Pastor, sabemos que hemos llegado a “la casa de Jehová”, expresión ligada al Templo de Dios. Y ahora que nos encontramos en su presencia, ya no queremos alejarnos de Él: “por largos días”, es una expresión de eternidad. Otras versiones como la Biblia Dios Habla Hoy y la Nueva Versión Internacional la traducen como “por siempre” o “para siempre”. Ya no queremos estar sin Cristo. Nunca más.

Pronto Jesús vendrá a buscarnos. Podremos gozarnos en su presencia. Veremos su gloria, estaremos con Él cara a cara. Entonces, nuestro gozo, como el del salmista, será completo. Ciertamente si permitimos que el Señor sea nuestro pastor hoy, viviremos mañana con Él, para nunca más separarnos de su amante presencia.


REFERENCIAS

  1. El Evangelismo – Ellen White, página 165.