El calor alcanza su máxima temperatura del día, y Abraham está sentado en la puerta de su tienda, junto a los robles de Mamre. Levanta la cabeza y observa a tres hombres parados bajo el sol.

Sin pensarlo, se apresura a alcanzar a estos hombres, aparentemente percibiendo en ellos la necesidad de ser ayudados. “Mi señor —dijo él—, si le agrada, deténgase aquí un rato” (Gn 18,3 NTV). Se cree que esta es la quinta ocasión en que el Señor ha visitado a Abraham desde su llegada a Canaán. Y por esto es posible que “las palabras [del patriarca], ‘mi señor’, sugieren que sospechaba la identidad de sus visitantes, pero quizás no estuvo seguro de la importancia del evento sino después”.[1]

Sin embargo, la reacción de Abraham ciertamente fue una expresión de la hospitalidad de las culturas de ese tiempo. Ante la aceptación de los visitantes, todo fue preparado rápidamente. Mientras descansaban bajo la sombra de los robles, se les trajo agua para lavar sus pies y refrescarse.

Abraham corrió a su tienda y con entusiasmo le dijo a su esposa, Sara, y a un sirviente que preparen pan y queso, leche y carne para la alimentación de sus invitados. No se escatimaron esfuerzos.

Luego, después de que Abraham volvió a sus invitados bajo los árboles, mientras estaban comiendo, ellos le preguntaron: “¿Dónde está Sara, tu esposa? ‘Allí en la carpa’, les respondió” (Gn 18,9 NVI).

Y en ese momento singular en el calor de ese día desértico, los visitantes comentaron que regresarían dentro de un año y que, para ese tiempo, Sara daría a luz un hijo.

De cierta manera, estas noticias no eran especiales en absoluto. No era como si Abraham no lo hubiera escuchado antes, al menos la esencia de ello. Años antes, ya en Ur, antes de que Abram, como era llamado en ese momento, hubiera empacado todas sus posesiones para partir hacia un nuevo mundo. Era un mundo de promesa, de una gran y grandiosa promesa.

La base de esa promesa era que Abraham obtendría grandeza: “Haré de ti una nación grande” (Gn 12:2 NVI). Implícito en esta grandeza, esta gran nación, estaba la idea de que se desarrollaría de los propios descendientes genéticos de Abraham. Todo comenzaría con hijos de Abraham y su esposa Sara.

Cuando Dios le dijo a Abraham que esto sucedería, Abraham tenía 99 años de edad. Es sabido que las personas en los tiempos de los patriarcas vivían mucho mas que en la actualidad. Pero, aun así, a los 99 años ya había pasado la edad en que se esperaba que pudiera tener hijos. “Entonces Abraham se postró hasta el suelo, pero se rió por dentro, incrédulo. ‘¿Cómo podría yo ser padre a la edad de cien años?’, pensó, ‘¿Y cómo podrá Sara tener un bebé a los noventa años?’” (Gn 17:17 NTV). Si él hubiera tenido acceso en esos tiempos a las redes sociales, probablemente hubiera posteado “Jaja XD” o quizás algo más colorido.

Y ahora, aquí bajo los robles de Mamre, el Señor estaba de vuelta, asegurándoles a Abraham y Sara, su esposa, que tendrían un niño dentro de un año. Y, en esta ocasión, Sara lo escucho por sí misma. Ella “estaba escuchando a la entrada de la carpa” y “se rió” (Gn 18,10.12 NVI).

Puede ser tentador pensar que la risa de Sara expresaba simplemente escepticismo: “Si, seguro”. Pero Sara, y Abraham, eran personas de fe. Tenían plena confianza en las promesas de Dios. “Fue por la fe que hasta Sara pudo tener un hijo, a pesar de ser estéril y demasiado anciana. Ella creyó que Dios cumpliría su promesa” (Heb 11,11 NTV). Por lo tanto, su risa debe haber sido provocado por un genuino sentido del humor, al notar la incongruencia de esta promesa de un año de extensión a su edad.

Pero, de alguna manera, el Señor sabía de la respuesta de Sara. “¿Por qué se ríe Sara?”, le preguntó a Abraham (Gn 18,13 NVI). Sara, temerosa e intentando mantenerse seria, negó su risa. “Si te reíste”, le dijo el Señor (Gn 18,15 NVI).

De hecho, la idea del humor era algo que había aparecido anteriormente en la relación de Dios con Abraham y Sara. En su visita anterior a Abraham, cuando el patriarca se había postrado riéndose, Dios le dijo que el nombre de su futuro hijo sería Isaac, que significa “Risa”.

Aparentemente es posible reconocer en todo esto alguna clase de humor incluso en el carácter de Dios. Incluso aunque estos seres humanos que había creado en el principio se habían apartado de la relación que Él deseaba tener con ellos, aún hay momentos cuando su comportamiento trae una sonrisa a su rostro.

A decir verdad, dado que el humor a menudo es simplemente la respuesta humana a la ironía o incongruencia, sería difícil imaginar que no pudiera haber momentos de humor en la experiencia humana. La gran narrativa de la humanidad en esta tierra, y su relación con su Creador, está repleta de ironías, incongruencias y paradojas.

Al igual que muchos otros temas de gran importancia teológica, hay diferentes interpretaciones de la naturaleza del humor en el relato abrahámico. Algunos atribuyen la risa de Sara al cinismo, otros lo asemejan a la expresión de un genuino sentido del humor. Ciertamente no se sugiere que Abraham y Sara se sentaban todo el día intercambiando bromas y chistes. Pero el relato mosaico de los últimos años de esta pareja anciana, los dos ancestros originales de toda la raza de monoteístas que existe hasta el día de hoy, ciertamente menciona que tenían momentos de risa, interna y externa, lo cual puede sugerir algo acerca del propio sentido del humor de Dios.

¿Puede alguien dudar, por ejemplo, el intento humorístico de Jesús, o las risas disimuladas de quienes lo rodeaban, cuando se refirió a Jacobo y a Juan como “hijos de trueno” (Mc 3,17 NVI) o cuando exageró una idea con la imagen de un gran camello de carga comprimiéndose para atravesar el ojo de una aguja (Mc 10,25)?

Puede haber, de hecho, sólidas razones doctrinales para que los cristianos sinceros eviten la frivolidad. Hay mucho apoyo escritural para esto. Pero, como también puede haber momentos para algo más, las propias palabras de Sara pueden alentar a una realización más plena del equilibrio de la vida cristiana: “Dios me hizo reír. Todos los que se enteren de lo que sucedió se reirán conmigo” (Gn 21,6 NTV).

Algunos eruditos y comentadores también han notado un sutil humor en la escena de Adán nombrando a los pájaros y animales. Es casi como un padre dándole un regalo a un niño, pero también una clase de guiño. Hay una ironía aquí que seguramente le sucedió a Adán en este proceso de nombrar a todas estas criaturas y notar que, en su estado natural, cada uno tenía su pareja.

El autor del Génesis claramente registra esta evidente ironía: “[Adán] puso nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales salvajes; pero”, escribe el autor con picardía, “aún no había una ayuda ideal para él” (Gn 2,20 NTV). ¿Pudo Dios haber resistido a mirar el rostro de Adán mientras se daba cuenta que carecía de algo que todos los animales tenían? “El texto sugiere, no sin algo de humor, que, durante este encuentro con los animales, Adán puede haber experimentado alguna clase de crisis de identidad”.[2]

En otros lugares del Antiguo Testamento, si prestamos atención, hay ocasionales eventos humorísticos. Consideremos la desigual demostración entre Elías y los 450 profetas de Baal en el Monte Carmelo. Con una gran multitud observando, y a pesar del extenuante esfuerzo de los profetas de Baal, nada había sucedido. “Al mediodía Elías comenzó a burlarse de ellos: ‘¡Griten más fuerte!’, les decía. ‘Seguro que es un dios, pero tal vez esté meditando, o esté ocupado o de viaje. ¡A lo mejor se ha quedado dormido y hay que despertarlo!’” (1 Re 18,27 NVI). Incluso en una situación tan lúgubre como esa, seguramente esto debe haber provocado una sonrisa en algunos rostros de la multitud. El clímax de esta confrontación, por supuesto, no es algo insignificante. ¡Fuego del cielo! Pero, aun así, hay un momento de alivio cómico.

Un análisis más profundo de lo encontramos en la gran narrativa de la Escritura, de la relación de Dios con la humanidad a través de las edades, encuentra casos ocasionales de humor. “Todo tiene su momento oportuno… un tiempo para llorar, y un tiempo para reír” (Ecl 3,1.4 NVI).

Autor: Gary B. Swanson | Traducido por Eric Richter

Referencias


  1. Nota marginal, Nelson’s NKJV Study Bible (Nashville, TN: Nelson Bibles, 1997), 37. ↩︎
  2. Jacques Doukhan, Genesis, Seventh-day Adventist International Bible Commentary 1 (Nampa, ID: Pacific Press, 2016), 83. ↩︎