Martín Lutero

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La bula Exsurge Domini, excomulgando a Lutero.

Reconocido como fundador de la Reforma del s. XVI y del protestantismo. No sólo precipitó el nacimiento de una tercera rama teológica cristiana, junto al catolicismo romano y la ortodoxia oriental, sino que también impactó el pensamiento teológico, social, económico, y político de futuras generaciones en todas esas ramas de la iglesia. Durante más de un siglo se ha venido publicando en Weimar la edición crítica de sus obras, que incluye 60 volúmenes de tratados teológicos y devocionales en latín y alemán, 14 de correspondencia, 12 de sus traducciones de la Biblia al alemán con sus prefacios, y unos 6 de sus «Charlas de sobremesa», compiladas por sus alumnos. Además tenemos que reconocer que escribió casi todas sus obras bajo tensión y como respuesta a críticas, y también rompiendo los patrones de la teología en su época.

Lutero nació durante un tiempo en que Europa descubría nuevas civilizaciones en nuevos continentes, cuando el Renacimiento reinaba con su admiración hacia la cultura clásica griega y latina, y los eruditos regresaban a las fuentes de la antigüedad. Es la época cuando nace el movimiento que más tarde el s. XVIII llamaría «humanismo». Principalmente en Italia y Alemania, la retórica, la gramática y la dialéctica confrontan la lógica del escolasticismo de Tomás de Aquino y Duns Escoto. La vía antigua de la escolástica de esos gigantes, con su realismo metafísico, comienza a ser criticada por la vía moderna, con la metafísica nominalista de Guillermo de Ockham y Gregorio de Rimini.

Pero Lutero nace también en una sociedad llena de supersticiones y de brujas. Nace en un tiempo cuando los reyes cuestionan la autoridad del papa, cuando el pueblo comienza a resentir la autocracia de la nobleza, y cuando desde hace unos cuantos años existe la imprenta de tipos movibles, instrumento indispensable para la expansión de las nuevas ideas.

Lutero nació en una familia de clase media en Eisleben, en la región de Sajonia. Su padre Hans y su madre Margarethe eran personas piadosas, que criaron a su hijo con temor y rectitud. Hans anhelaba que su hijo llegara a ser abogado, y por lo tanto Lutero cursó su Bachillerato en Artes (1501) y su Maestría en Artes (1505) en la Universidad de Erfurt, ingresando posteriormente en la Facultad de Leyes. Se sabe que era un alumno distinguido. Es posible que ya para esa fecha fuera impactado por la vía moderna. Lutero narra en sus «Charlas de sombremesa» que el 2 de Julio del 1505, regresando de Eisenach a Erfurt, en ocasión de una visita a sus padres, fue sorprendido por una tormenta eléctrica, y con temor de muerte gritó aterrorizado: «Ayúdame, Santa Ana, y me haré monje». Mucho se ha escrito sobre esta experiencia. Algunos sugieren que Lutero estaba ya preocupado por su situación espiritual o por su condición carnal como hombre mortal y que por eso entró al claustro agustino en Erfurt ese mismo mes. Se sabe, no obstante, que entró no muy entusiasmado al monasterio. Allí profesó como monje en 1506, y el año siguiente fue ordenado sacerdote. Fue seleccionado para cursar estudios teológicos en Wittenberg, donde en pocos meses fue declarado Bachiller en Estudios Bíblicos. Regresó entonces a Erfurt para comenzar su carrera teológica como lector y comentarista de las Sentencias de Pedro Lombardo. Aquí ya se puede ver su desdén hacia la intrusión de la filosofía de Aristóteles en el campo teológico. Pero eso pudiera ser sencillamente un prejuicio aprendido de sus profesores nominalistas. El espíritu de los tiempos era ignorar y no estudiar a los escolásticos.

En Wittenberg llegó a conocer durante sus estudios a su padre confesor Juan Staupitz, vicario general de los agustinos y profesor de la cátedra de Biblia. Staupitz prefería la teología mística y espiritual de la devoción moderna, así como la línea cristo-céntrica de San Bernando, por encima tanto de la escolástica clásica como del nominalismo. Staupitz fue mentor y amigo de Lutero, y quien le dirigió a Wittenberg a doctorarse. Así lo hizo Lutero, y se doctoró en 1512. Tomó entonces la cátedra de Staupitz en teología bíblica. Staupitz también, por su rígida administración de los agustinos, causó un conflicto donde el grupo disidente fue a Roma a apelar. Es irónico que Lutero fuera el acompañante del hermano representante de los disidentes.

En Roma estuvo un mes y pudo ver el desorden, la baja moral del papa Julián II y sus siervos, y la poca piedad entre ellos. En su corazón empezaba a fermentar el deseo, presente ya en otros líderes católicos, de reformar la Iglesia. Pero Lutero no llegaría a hacer esto antes de adentrarse más en las Sagradas Escrituras—especialmente, según indicó más tarde, por motivo de no entender el significado de la justicia de Dios.

No tenemos espacio para discutir las diferentes opiniones acerca de cuándo Lutero descubrió el significado de la justicia de Dios en las epístolas paulinas. Se sugieren fechas tempranas, desde su primer curso sobre los Salmos, Dictata super Psalterium (1512–13), o su curso sobre Romanos (1515), o hasta tan tardías como su segundo curso sobre los Salmos, Operationes in Psalmos (1518). Lo más probable es que fuese un desarrollo gradual. Lutero conocía bien la ética de Aristóteles y la había enseñado en Wittenberg en la Facultad de Artes. Allí se veía el concepto de justicia como castigo o retribución. Los trabajos de varios nominalistas señalaban la justicia de Dios también como un castigo activo y severo de Dios sobre los pecadores. Así era como generalmente se entendía la «justicia de Dios» en Romanos 1:17. La opinión de este autor es que Lutero comenzó especialmente desde 1515 a luchar con ese concepto de modo específico. Esto es debido a que sobre todo en sus clases sobre Romanos 3:10 y 4:7 podemos verlo luchando con conceptos claves. Aquí Lutero demuestra una antropología realista donde el ser humano no se determina como humano por ser compuesto de cuerpo y alma en su realidad ontológica. Somos seres humanos en nuestra totalidad en relación a Dios. Así nos dice Lutero: «En mi temeridad no distingo cuerpo, alma, y espíritu, sino presento al ser humano completo en su relación a Dios». A consecuencia del pecado original, el interés del ser humano gira en torno a sí mismo, y vive despreocupado de Dios y de sus hermanos y hermanas. La teología nominalista de Gabriel Biel que Lutero había estudiado contradecía la visión paulina de un ser totalmente pecador que no podía llegar a una relación propia con Dios y encontrarse verdaderamente absuelto y perdonado. Por su formación teológica, Lutero veía la justicia de Dios como la de un juez, y por ello la resentía.

Veamos cuál fue su descubrimiento según lo describe en su Prefacio a sus escritos latinos publicado en 1545: «Finalmente siendo Dios misericordioso, mientras meditaba yo día y noche acerca de la conexión de las palabras: “la Justicia de Dios se revela en esto, así como las escrituras dicen: ‘el justo por la fe vivirá’,” comencé a entender que la “justicia de Dios” es ésa bajo la cual el ser justo vive como un regalo de Dios propiamente por medio de la fe, y esta oración “la justicia de Dios se revela” se refiere a una justicia pasiva por la cual nuestro Dios misericordioso nos justifica por la fe».

Lutero encontró que bajo la fe dada como un regalo por Dios, se recibía el perdón y se entraba en una nueva relación con Dios. Era para él una «justicia pasiva», pues lo que se aceptaba era la obra de Cristo en la cruz. Allí se encuentra la justicia de Dios. En su tratado sobre La libertad cristiana, escrito en 1520, se ve claramente que para Lutero esta justicia de Dios es una realidad cristológica encarnacional. La realidad de la vida de fe es que ocurre bajo esa relación de fe en Cristo en un «feliz intercambio» donde la justicia de Cristo se intercambia por nuestra injusticia. Cristo vive en nosotros en su realidad encarnacional con suma libertad sobre el pecado y en una nueva relación de comunidad en servicio al prójimo. Así lo resume en ese tratado: «El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todas».

En su estudio sobre Romanos, Lutero comienza a usar una frase que es clave para su antropología y para su visión de la justificación de los creyentes: simul justus et peccator (el creyente es simultáneamente justo y pecador). Quiere decir que como seres humanos seguimos siendo pecadores centrados en nosotros mismos (incurvatus in se). Pero en nuestra relación de fe en Cristo somos justos. Lutero entonces ve que esa realidad de ser justos se vive en Cristo. Cristo vive en nosotros bajo el Evangelio y su realidad sacramental en el bautismo y la comunión.

Lutero da un lugar muy especial a su bautismo y a la imagen dada por Pablo en Romanos 6 como punto clave en su vida y ministerio pastoral. En su Catecismo Mayor, escrito en 1530 como texto de instrucción al clero ignorante en su región, declara esa realidad bautismal. Cada cristiano debe recordar diariamente su bautismo como muerte de su ser pecador y resurrección a nueva vida en Cristo. Para Lutero esa nueva vida en Cristo no es un regreso a un estado pasado íntegro, sino una situación escatológica de nueva vida en comunión con Cristo y con nuestro prójimo.

Desde esta perspectiva Lutero desarrolla una eclesiología donde la iglesia es iglesia por demostrar las verdaderas marcas del Evangelio, y se nutre de los sacramentos del bautismo y la santa cena para vivir en verdadera comunidad. Esto se encuentra claramente expresado en sus Artículos de Esmalcalda, en la sección sobre «El Evangelio». Desde este punto de partida, aunque Lutero no anula, sino que afirma el ministerio pastoral, también subraya el ministerio importante de todos los creyentes preservando y comunicando esta realidad del Evangelio. Su tratado A la nobleza de la nación alemana (1520) afirma este derecho dado a todos los creyentes, y no solamente al clero.

Empero, lo más importante de su antropología realista y de su doctrina sobre la justificación por la fe es que llevaron a Lutero a formular su teología de la cruz como punto central y clave de su método de hacer teología. Esto puede verse particularmente en las tesis que preparó para el Debate de Heidelberg.

Las tesis de Heidelberg no reciben siempre la atención que merecen, pues han sido eclipsadas por las famosas Noventa y cinco tesis que fueron la causa inmediata de su ruptura con Roma. Ya en 1518 Lutero estaba en grandes dificultades con el papa León X por las Noventa y cinco tesis que había colocado en latín en la puerta de la Iglesia de Todos Los Santos en Wittenberg el 31 de Octubre del 1517. Las había escrito sólo para dialogar con los teólogos sobre la mala práctica de la venta de indulgencias y la necesidad de reformar la iglesia mediante la oferta gratis de la gracia en la Biblia. León X había dado órdenes a Gabriel de la Volta, gobernador de la Orden Agustina en Roma, que le silenciara. Pero esas tesis tratan principalmente sobre la cuestión de las indulgencias, y no sobre la función y método de la teología, tema que Lutero aborda en las tesis de Heidelberg.

Por eso estas tesis de Heidelberg son tan importantes. Las tesis 19, 20 y 21 son las más significativas. En la 19 dice que «No se puede llamar teólogo a quien considera que las cosas invisibles de Dios se comprenden por las creadas». Aquí, como en otros escritos, Lutero desprecia el uso de la razón como instrumento para llevarnos a una relación justa con Dios y ser recibidos por él. Lutero nunca niega la razón y la presencia del orden de Dios bajo la razón en la creación, la sociedad y los gobiernos.

Sobre esto podemos leer claramente en su explicación del Primer Artículo del Credo Apostólico en sus Catecismos (el «Mayor» y el «Menor»). En su antropología realista ve al ser humano separado completamente de Dios, de modo que ni la razón ni ningún tipo de analogia entis (analogía ontológica) nos llevan a esa sana relación. Solamente una analogía de la fe nos revela a Dios en Cristo, el Dios crucificado. Así dice en la tesis 20: «Mas merece ser llamado teólogo quien entiende las cosas visibles y la espalda de Dios (visibilia et posteriora Dei), considerándolas a la luz de la Pasión y de la Cruz».

Aquí Lutero mantiene una perspectiva cristológica concreta donde Dios se revela en Cristo por sus hechos de tomar una postura pasional por nuestros pecados y afirmar su solaridad con nuestra situación humana. Así Lutero trasciende los problemas cristológicos de Calcedonia. No niega al Concilio de Calcedonia. Pero sí trasciende de varias maneras el problema sustancial de la relación de las dos naturalezas de Cristo, Dios y hombre. Su actitud no es modalista ni deipasionista, pues distingue la Persona de Cristo en relación al Padre y enfatiza así el papel de la persona de Cristo como divina y humana. Dios Padre abandona a Dios Hijo, Dios lucha con Dios para que llegue a existir a la luz del Espíritu verdadera comunidad en la Trinidad por su solidaridad con la humanidad. Esta es una relación de amor y no de venganza. Lutero entiende entonces el sacrificio de Cristo de modo muy diferente a Anselmo. Este sacrificio no es meramente una propiciación, sino un acción relacional por la cual Dios Padre vive de una vez y para siempre en una relación de solidaridad y amor con la humanidad al recordar el sacrificio y la cruz de su Hijo. Esto lo destaca Lutero en sus Operationes in Psalmos.

De aquí parte su nueva dialéctica y manera de hacer teología. Bajo esta visión Lutero dirige la obra del teólogo en la tesis 21: «El teólogo de la gloria llama a lo malo bueno, y a lo bueno malo; el teólogo de la cruz denomina a las cosas como en realidad son». La experiencia humana del poder no compara con el verdadero poder de la solidaridad de amor del Dios crucificado. Nuestra fe en Cristo es una fe activa en ese amor. Esta fe dinámica del cristiano ante el mundo la afirma Lutero en sus Operationes, donde escribe: «Uno llega a ser teólogo viviendo, muriendo, siendo condenado; no mediante el intelecto, leyendo, o especulando».

Lutero dedica su Prefacio a la edición de sus escritos en alemán (1539) al «estudio de la teología». Gabriel Biel había escrito que se llega a ser teólogo por medio de la oratio, meditatio, lectio (la oración, meditación, y lectura). Lutero sustituyó lectio con tentatio. En este formulario se llega a ser teólogo o teóloga por medio de la oración, la meditación, y viviendo en prueba (tribulación, Anfechtung), el camino de la Cruz en el mundo. Esta es una posición donde se toma el dolor no para elevarlo sino para liberarlo de las consecuencias del pecado.

En su afirmación de la creación y la encarnación, Lutero muestra mayor aprecio hacia la música y el arte que sus contemporáneos Carlstadt y Zwinglio, que eran casi platónicos en este aspecto de su teología. De Lutero parte la herencia en el protestantismo que eleva la música y el arte como magníficas expresiones de lo divino.

Por otra parte, Lutero era hijo de sus tiempos. Muchas veces se expresó con palabras ásperas y hasta casi pide la muerte de los «herejes». Pero no instigó ni participó en las ejecuciones de herejes, como lo harían Zwinglio o Calvino. Así y todo, dos de los capítulos más negros de su vida son su actitud ante la sublevación de los campesinos en 1525, y su postura hacia los judíos. Aunque se quejó de las opresiones de que los campesinos eran objeto, escribió severamente contra ellos cuando se sublevaron. Tenemos que entender que le debía la vida a Federico el Sabio, quien le consiguió salvoconducto para su presencia en la Dieta de Worms en 1521 y le amparó cuando Carlos V pedía su muerte. Muchos gobernantes afirmaban su posición contra el papa pero temían que el vulgo las llevase a un extremo, y en cierto modo la rebelión de los campesinos pareció confirmar tal temor.

La actitud de Lutero contra los judíos surgía de su frustración al no verles aceptar el Evangelio. Eso se hizo más imperante en su vejez, cuando creía que vivía en los días postreros, y parece haber olvidado que Jesús nunca llamó a sus seguidores a actuar de tal modo.

Por último, hay que decir acerca de Lutero que una de sus contribuciones mayores fue la de traducir la Biblia a un alemán inteligible al pueblo. Comenzó esta tarea en su exilio en el Castillo de Wartburg (1521), y luego en Wittenberg se valió de la cooperación de Melanchthon en esta obra. El impacto de su obra puede verse en la traducción de la Biblia a otros idiomas vernáculos, incluso el castellano.

Autor: Justo L. González y Carlos F. Cardoza-Orlandi.


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