La Justicia propia

Aprendiendo Jugando

“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”. (Filipenses 3:8-9.)

A más de afirmar que el conocimiento de Jesucristo es más excelente e importante que todas las cosas, el escritor bíblico expresa su objetivo de encontrarse desprovisto o despojado de una clase de justicia que no es la adecuada y que además es contraria a la verdadera justicia de Dios, la justicia a la cual se está refiriendo el Apóstol Pablo es la denominada “justicia propia”.

El término “propia justicia” o justicia propia es una expresión inspirada, es decir tuvo su origen en la mente de Dios y mediante revelación fue transmitida y registrada en las Sagradas Escrituras para que los creyentes pudiesen comprender su profundo significado y las graves consecuencias que esta acarrea.

Esta cita afirma que la justicia propia “es por la ley”, es decir utiliza el cumplimiento de la Ley como un medio de salvación, como una especie de mérito que el ser humano debe obtener para ganar el derecho a la salvación, en definitiva, el legalista erróneamente considera la salvación como algo que el ser humano puede lograr mediante su obediencia a la Ley; sin embargo la Biblia declara que “por la ley” ninguna persona puede ser justificada “para con Dios” ya que la justificación solo se la obtiene “por la fe” en Jesucristo, pues así lo aclara la siguiente cita:

“Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas.” (Gálatas 3:11-12.)

Toda persona debe obedecer completamente la Ley de Dios, sin embargo, debido a su naturaleza caída, el ser humano no tiene la capacidad natural para obedecerla, ni tampoco puede por su solo esfuerzo, incrementar su grado de justicia, pues así lo revela el Apóstol Pablo quien afirma que al hombre le es “imposible” presentar una obediencia completa a “la Ley, por cuanto era débil por la carne”, pues así está escrito:

“Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”. (Romanos 8:3.)

Al haber cedido al pecado, la naturaleza del hombre se volvió débil y por ello le es imposible cumplir plenamente la Ley moral, este hecho nuevamente es enfatizado en la siguiente declaración, en donde se afirma que “los designios de la carne” del ser humano caído, “son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden”, pues así lo expresa:

“Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”. (Romanos 8:7-8.)

Las tendencias humanas están en enemistad y en contra de la voluntad de Dios, sujetarse plenamente a la Ley divina es una imposibilidad para el ser humano; y esta verdad es más evidente cuando entendemos que la Ley de Dios no acepta cualquier tipo de cumplimiento, la obediencia que la Ley de Dios exige es la que está descrita de manera implícita en la siguiente cita de Salmos:

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo”. (Salmos 19:7.)

Como “la Ley de Jehová es perfecta”, esta exige una obediencia perfecta a sus requerimientos, sin embargo y debido a su naturaleza caída, al ser humano le es imposible “obedecer perfectamente” la Ley moral, en sí mismo no posee la justicia necesaria que lo capacite para “cumplir (con) lo que la Ley de Dios exige” y este es el motivo principal por el cual el ser humano no puede alcanzar la justicia “por la Ley”, porque le es imposible ofrecer una obediencia perfecta, su única esperanza de justicia y salvación solo se encuentra en la persona de Jesucristo, tal y como lo describe la siguiente cita inspirada:

“Antes que Adán cayese le era posible desarrollar un carácter justo por la obediencia a la ley de Dios. Mas no lo hizo, y por causa de su caída tenemos una naturaleza pecaminosa y no podemos hacernos justos a nosotros mismos. Puesto que somos pecadores y malos, no podemos obedecer perfectamente una ley santa. No tenemos justicia propia con que cumplir lo que la ley de Dios exige. Pero Cristo nos preparó una vía de escape. Vivió en esta tierra en medio de pruebas y tentaciones como las que nosotros tenemos que arrostrar. Sin embargo, su vida fue impecable. Murió por nosotros, y ahora ofrece quitar nuestros pecados y vestirnos de su justicia. Si os entregáis a Él y le aceptáis como vuestro Salvador, por pecaminosa que haya sido vuestra vida, seréis contados entre los justos, por consideración hacia Él. El carácter de Cristo reemplaza el vuestro, y sois aceptados por Dios como si no hubierais pecado”. (El Camino a Cristo, página 62.2.)

Esta es la maravillosa verdad de la justificación por la fe, aunque el hombre posee una naturaleza pecaminosa y por ello no tiene derecho a la vida eterna, sin embargo, si acepta a Cristo como su Salvador y se entrega a él de corazón, el creyente es perdonado de sus pecados, es aceptado por Dios y es contado o considerado como si fuera justo; y mientras mantenga su comunión con Jesús, el pecador será revestido de la justicia de Dios, la gracia de Cristo será transmitida a su alma y cada vez más será libertado de todos sus pecados.

No obstante, cuando se tiene justicia propia, el creyente se niega a reconocer que solo dispone de una obediencia imperfecta y en vez de buscar la justicia de forma gratuita mediante la comunión con Cristo, el legalista quiere ganarla mediante su esfuerzo propio y así procura establecer su justicia propia como una virtud que lo convierte en merecedor de la vida eterna, pero al hacer esto, permanece separado de Cristo y por ello no puede sujetarse a la justicia de Dios, tal y como lo declara la siguiente cita:

“Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios”. (Romanos 10:3.)

Esto no significa que no se deban hacer obras, al contrario, el cristiano siempre debería realizar buenas obras, sin embargo no puede utilizar dichas obras como un mérito para lograr la salvación, la única solución para el pecador es que contemple “a Jesús mediante la fe”, que repudie su propia justicia y que reconozca su total indignidad espiritual, ya que solo así recibirá el favor de Dios y se le otorgará una verdadera paz en su alma, tal y como lo refiere esta declaración inspirada:

“Nunca podemos alcanzar la perfección por medio de nuestras propias obras buenas. El alma que contempla a Jesús mediante la fe, repudia su propia justicia. Se ve a sí misma incompleta, y considera su arrepentimiento como insuficiente, débil su fe más vigorosa, magro su sacrificio más costoso; y se abate con humildad al pie de la cruz. Pero una voz le habla desde los oráculos de la Palabra de Dios. Con asombro escucha el mensaje: “Vosotros estáis completos en él” (Colosenses 2:10). Ahora todo está en paz en su alma. Ya no tiene que luchar más para encontrar algún mérito en sí mismo, algún acto meritorio por medio del cual ganar el favor de Dios”. (Fe y Obras, página 112.1.)

FOCALIZA AL YO Y LO EXALTA

Al contrario de lo expresado, quien tiene justicia propia no centra su vista en Jesús ni reconoce su completa indignidad, sino que fija la atención en su yo, se considera rico y asume que no tiene ninguna necesidad espiritual, sin embargo, Jesús revela que su verdadera condición es de desventura, miseria, pobreza, ceguera y desnudez espiritual, tal y como lo afirma en la siguiente cita:

“Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. (Apocalipsis 3:17.)

El Espíritu de Profecía amplía esta terrible realidad, pues explica que en vez de exaltar a Cristo, el legalista se ensalza a sí mismo, relata sus buenas acciones y así refleja la justicia propia que lo domina, sin embargo sus frutos y actos son malos y es tan peligroso su autoengaño que pareciera que no advierte su verdadera condición espiritual, tal y como lo expresa la siguiente cita inspirada:

“Son muchos los que oyen los dichos de Cristo, pero no los cumplen. Hacen profesión de fe, pero sus frutos son tales que disgustan a los no creyentes. Son jactanciosos, y oran y hablan de una manera que refleja justicia propia; se ensalzan, relatan sus buenas acciones, y, como el fariseo, agradecen virtualmente a Dios porque no son como los demás. Sin embargo, estas mismas personas son astutas, y cometen extorsiones en los negocios. Sus frutos no son buenos. Sus palabras y actos son malos, y sin embargo, parece que no advierten su condición indigente y miserable”. (Joyas de los Testimonios, Tomo 1, página 165.2.)

Así de grave es la condición espiritual en la justicia propia y como el legalista fija su atención en su yo, es decir en sí mismo, el resultado lógico de ello es que mayormente habla de sí mismo, busca su propia gloria y así demuestra que en él no mora la justicia de Dios, pues así lo describió nuevamente el Señor Jesús:

“El que habla de sí mismo, su propia gloria busca; más el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia”. (Juan 7:18. Reina-Valera Antigua (RVA).)

Esta tendencia de hablar de sí mismo para alabarse, mata la vida espiritual, porque cuando el yo crece en importancia, menos lugar queda para Jesús en el alma, por ello es indispensable que nuestro “yo se oculte en Cristo”, para mantener la comunión con Dios y así ser despojados de toda justicia propia, tal y como lo exhorta la siguiente cita:

“Quisiera que cada predicador y cada uno de nuestros obreros pudiese ver este asunto como me ha sido presentado. La estima y la suficiencia propias están matando la vida espiritual. Se ensalza el yo y se habla de él. ¡Ojalá muriese el yo! “Cada día muero” (1 Corintios 15:31), dijo el apóstol Pablo. Cuando esta suficiencia propia, orgullosa y jactanciosa, y esta justicia propia complaciente, compenetran el alma, no hay lugar para Jesús. Se le da un lugar inferior, mientras que el yo crece en importancia y llena todo el templo del alma. Tal es la razón por la cual el Señor puede hacer tan poco por nosotros. Si él obrase con nuestros esfuerzos, el instrumento atribuiría toda la gloria a su propia habilidad, sabiduría y capacidad, y se congratularía como el fariseo: “Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.” Lucas 18:12. Cuando el yo se oculte en Cristo, no subirá a la superficie con tanta frecuencia. ¿Satisfaremos el deseo del Espíritu de Dios? ¿Nos espaciaremos más en la piedad práctica y mucho menos en los arreglos mecánicos?”. (Joyas de los Testimonios, Tomo 2, página 210.3.)

Por lo expuesto, el Apóstol Pablo reiteradamente enfatiza que no debe existir glorificación del yo, solo se debe gloriar al Señor, y aún afirma que no es aprobada la persona “que se alaba a sí mismo”, ya que la única exaltación válida es la que viene de Dios, pues así está escrito:

“Más el que se gloría, gloríese en el Señor; porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba”. (2 Corintios 10:17-18.)

En vez de alabarse a sí mismo, el cristiano sincero apartará la vista de su yo y se dedicará a contemplar a Jesús, quien es el divino autor y consumador de la fe y mientras más se acerque al Salvador más comprenderá la pureza de su carácter y cada vez se sentirá menos inclinado a exaltarse a sí mismo ya que comenzará a ser despojado de su justicia propia y así conocerá que la verdadera suficiencia solo se encuentra en Cristo, tal y como lo expresa de manera sublime la siguiente cita inspirada:

“Así debe ser con todos los que contemplan a Jesús. Cuanto más nos acerquemos a él y cuanto más claramente discernamos la pureza de su carácter, tanto más claramente veremos la extraordinaria gravedad del pecado y tanto menos nos sentiremos tentados a exaltarnos a nosotros mismos. Habrá un continuo esfuerzo del alma para acercarse a Dios; una constante, ferviente y dolorosa confesión del pecado y una humillación del corazón ante él. En cada paso de avance que demos en la experiencia cristiana, nuestro arrepentimiento será más profundo. Conoceremos que la suficiencia solamente se encuentra en Cristo, y haremos la confesión del apóstol: “Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien.” “Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” (Romanos 7:18; Gálatas 6:14. Hechos de los Apóstoles, página 448.2.)

La persona que experimente la verdadera conversión, no solo dejará de exaltarse a sí mismo, sino que tampoco permitirá que otras personas le tributen alabanza, por cuanto el mismo Jesús no aceptaba ni recibía “gloria de los hombres” y porque reveló que aquellos que reciben “gloria los unos de los otros”, es porque no buscan “la gloria que viene del Dios único”, pues así está escrito:

“Gloria de los hombres no recibo… ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?”. (Juan 5:41,44.)

Y precisamente, este deseo de recibir gloria o alabanza, es el verdadero motivo por el cual muchas personas efectúan buenas obras delante de los hombres, es decir no lo hacen porque amen a Dios o al prójimo, sino que lo hacen por justicia propia, por ello Jesús declaró que ésta es una actitud hipócrita y además reveló que las buenas obras motivadas por un espíritu legalista no recibirán ninguna recompenza divina, pues así está escrito:

“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” (Mateo 6:1-6.)

“Nuestro Salvador siempre condenó la justicia propia. Enseñó a sus discípulos que el tipo más elevado de religión es aquel que se manifiesta de una manera silenciosa y modesta. Les advirtió que debían realizar sus actos de caridad en forma silenciosa; no para la ostentación, no para ser alabados u honrados por los hombres, sino para la gloria de Dios, esperando su recompensa en el más allá. Si realizaban buenas obras para ser alabados por los hombres, no recibirían ninguna recompensa de parte de su Padre celestial”. (La Edificación del carácter, página 6.)

MENOSPRECIA A LOS DEMÁS

Mientras no acepte su completa indignidad, el legalista seguirá confiando en su falsa justicia y esto provocará en él otra de las características distintivas de la justicia propia y que fue descrita por el mismo Salvador en las siguientes palabras:

“A unos que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola”. (Lucas 18:9.)

El menospreciar es otro de los frutos de la justicia propia, como el legalista no posee verdadera justicia, entonces necesita que los demás estén en peor condición que él, porque así, el podrá aparentar que se encuentra espiritualmente mejor que ellos y esta es la razón por la cual surge toda su tendencia de comparar, acusar y condenar a los demás, con lo cual demuestra que posee el mismo espíritu acusador de Satanás y así le es imposible ponerse en comunión con Dios, tal y como lo declara la siguiente cita:

“Cualquiera que confíe en que es justo, despreciará a los demás. Así como el fariseo se juzga comparándose con los demás hombres, juzga a otros comparándolos consigo. Su justicia es valorada por la de ellos, y cuanto peores sean, tanto más justo aparecerá él por contraste. Su justicia propia lo induce a acusar. Condena a “los otros hombres” como transgresores de la ley de Dios. Así está manifestando el mismo espíritu de Satanás, el acusador de los hermanos. Con este espíritu le es imposible ponerse en comunión con Dios. Vuelve a su casa desprovisto de la bendición divina”. (Palabras de Vida del Gran Maestro, página 117.1.)

Autor: Pablo Muñoz, Ecuador


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