El Santuario Celestial

Bereshit Lab

“El séptimo ángel derramó su copa por el aire; y salió una gran voz del santuario del cielo, del trono, diciendo: Hecho está”. (Apocalipsis 16:17. RVR 1977.)

Cuando se derrame la séptima copa de la ira de Dios, saldrá una gran voz de un lugar muy especial y cuya existencia tiene un profundo significado para la adecuada comprensión de la Verdad Presente, este lugar es el “santuario del cielo” y de esta edificación y más específicamente del trono que está dentro de este santuario, se anunciará con las palabras “hecho está”, que se ha cumplido otra de las importantes fases del elevado e infinito plan de salvación.

Esta declaración bíblica revela la existencia de un santuario celestial, es decir de un santuario que físicamente está ubicado en el cielo, el cual también es catalogado como el “tabernáculo del testimonio” y también se lo identifica con la palabra “templo”, términos que se utilizan para revelar la irrefutable presencia de un santuario en el cielo, la siguiente cita bíblica también lo ratifica:

“Después de estas cosas miré, y fue abierto en el cielo el santuario del tabernáculo del testimonio. Del templo salieron los siete ángeles con las siete plagas, vestidos de lino limpio y resplandeciente y ceñidos alrededor del pecho con cintos de oro”. (Apocalipsis 15:5-6. RVR 1995.)

Este santuario celestial llamado también tabernáculo o templo, es el modelo original según el cual fue construido el santuario terrenal de los israelitas y esto lo podemos comprobar ya que antes de la construcción del tabernáculo terrenal y sus utensilios, Dios le ordenó a Moisés que los construyera “conforme al modelo” que se le había mostrado, dicho modelo era precisamente el santuario celestial, pues así lo declaran las siguientes citas:

“Los cuales sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte”. (Hebreos 8:5.)

Tanto el santuario terrenal como el servicio que allí se realizaba eran una “figura y sombra de las cosas celestiales”, es decir eran una representación y una ilustración tanto de la estructura como del servicio que debía realizarse en el santuario celestial y por tal motivo la estructura del santuario terrenal fue construido conforme a un modelo y precisamente el modelo que se le mostró a Moisés en el monte fue el santuario celestial.

Y no solo la estructura del tabernáculo terrenal, sino también el diseño de todos sus utensilios, fueron construidos conforme a un modelo celestial, es decir, a Moisés se le mostró también los utensilios que están dentro del santuario celestial y le ordenó que conforme a ese diseño celestial debían ser elaborados todos los utensilios del tabernáculo terrenal, pues así está escrito:

“Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos. Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis. Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte”. (Éxodo 25:8-9,40.)

LA ESTRUCTURA DEL SANTUARIO

El hecho de que la Biblia asegure que el santuario terrenal fue construido conforme al modelo celestial, significa que tanto su estructura como los utensilios que contenía, eran una copia fiel pero en escala, de la estructura y los utensilios del santuario celestial, sin embargo aunque eran una copia cabal, no tenían la misma perfección ni la misma magnificencia que en realidad tiene el santuario celestial, el cual es descrito como “más amplio y más perfecto”, precisamente porque no fue construido por manos humanas sino por Dios mismo, pues así está escrito:

“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación”. (Hebreos 9:11.)

Es evidente entonces que ambos santuarios tienen la misma estructura y los mismos utensilios, por lo tanto al estudiar la estructura del santuario terrenal podremos entender mejor no solo la magnífica estructura del santuario celestial, sino también comprenderemos el elevado significado del ministerio de Cristo en dicho templo celestial y las consecuencias eternas que tiene su mediación, tanto para la humanidad como para el universo entero.

El santuario terrenal formaba parte del llamado “primer pacto”, básicamente consistía en un tabernáculo dividido en dos partes o departamentos, la primera parte se llamaba el Lugar Santo en cuya entrada había un primer velo y dentro del cual estaban ubicados el candelabro, la mesa y los panes de la proposición, pues así lo explica Hebreos 9:1-2:

“Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal. Porque el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición”. (Hebreos 9:1-2.)

Sin embargo en esta descripción no se incluye otro elemento que estaba ubicado delante del segundo velo, este elemento era el altar del incienso, el cual estaba cubierto de oro puro y tenía cuernos en sus esquinas, en esta altar el Sacerdote quemaba incienso en la mañana y en la tarde, es decir diariamente o continuamente, pues así lo declara la siguiente cita bíblica:

“Harás asimismo un altar para quemar el incienso; de madera de acacia lo harás. Su longitud será de un codo, y su anchura de un codo; será cuadrado, y su altura de dos codos; y sus cuernos serán parte del mismo. Y lo cubrirás de oro puro, su cubierta, sus paredes en derredor y sus cuernos; y le harás en derredor una cornisa de oro. Y lo pondrás delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante del propiciatorio que está sobre el testimonio, donde me encontraré contigo”. (Éxodo 30:1-3, 6.)

En definitiva, el orden de todos estos muebles dentro del Lugar Santo consistía en que el altar del incienso estaba delante del segundo velo, la mesa con los panes de la proposición estaba al lado norte y el candelabro estaba frente a esta mesa en el lado sur del tabernáculo, pues así lo confirma la siguiente descripción:

“Fuera del velo pondrás la mesa, y frente a ella, en el lado sur del Tabernáculo, el candelabro. Así quedará la mesa hacia el lado del norte. (Éxodo 26:35.)

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La segunda parte del santuario terrenal se llamaba el Lugar Santísimo, este segundo departamento que se encontraba “tras el segundo velo”, contenía el incensario de oro y el arca del pacto, la cual contenía dentro de sí las tablas del pacto y el propiciatorio cubría el arca, sobre el cual estaban tallados dos querubines, pues así lo describe la siguiente cita:

“Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle”. (Hebreos 9:3-5.)

Este segundo “velo”, cumplía el propósito de “separar el Lugar santo del Lugar santísimo”, y como ya lo explicó la cita anterior de Hebreos, “detrás” de este segundo “velo” estaba ubicado “el Arca del Testimonio” sobre la cual estaba puesto el propiciatorio, pues así está escrito:

“Pondrás el velo debajo de los corchetes, y allí, detrás del velo, colocarás el Arca del testimonio. Así el velo servirá para separar el Lugar santo del Lugar santísimo. Pondrás el propiciatorio sobre el Arca del testimonio en el Lugar santísimo”. (Éxodo 26:33-34.)

¿Por qué se le cataloga como el Arca del Testimonio?
Porque el término “testimonio” es una referencia de la Ley de Dios y por esta razón cuando la Biblia menciona la frase “el testimonio de Jehová”, en realidad se está refiriendo a “la Ley de Jehová” o a los mandamientos de dicha Ley, pues así lo demuestra la siguiente cita:

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos”. (Salmos 19:7-8.)

Y es por esta misma razón que la Biblia también cataloga a las tablas de la Ley como las “tablas del testimonio”, porque en ellas están registrados los mandamientos de la Ley de Dios, mandamientos que fueron escritos por el mismo “dedo de Dios”, pues así lo revela la siguiente cita bíblica:

“Y dio a Moisés, cuando acabó de hablar con él en el monte de Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios”. (Éxodo 31:18.)

Por orden divina estas tablas de piedra debían estar dentro del Arca del santuario terrenal y era bien comprendido que el término “testimonio” se usaba como una referencia de las tablas de la Ley, a tal punto que Dios mismo utilizaba esta expresión para referirse de manera directa a su sagrada Ley, pues así lo corrobora la siguiente cita:

“Y pondrás en el arca el testimonio que yo te daré”. (Éxodo 25:16.)

Como lo indican estas citas, el arca cumplía la función principal de ser la contenedora o depositaria de la Ley divina y precisamente por esta razón el arca era considerada sagrada, porque contenía dentro de sí a la sagrada Ley de Dios, arca que como ya dijimos, estaba ubicada “tras el segundo velo”, en la segunda “parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo”.

¿La Ley de Dios original también está presente en el santuario celestial?

“Después de estas cosas miré, y fue abierto en el cielo el santuario del tabernáculo del testimonio. Del templo salieron los siete ángeles con las siete plagas, vestidos de lino limpio y resplandeciente y ceñidos alrededor del pecho con cintos de oro”. (Apocalipsis 15:5-6. RVR 1995.)

Esta cita se refiere a la apertura del lugar santísimo celestial, por cuanto puntualiza que el departamento que fue abierto es aquella sección “del tabernáculo” que contiene el “testimonio”, es decir la parte que contiene la Ley de Dios y la única sección del santuario en donde está presente la Ley de Dios es precisamente el lugar santísimo.

Esta cita revela que la ley divina se encuentra literal y físicamente presente en el lugar santísimo del templo celestial y así como en el santuario terrenal, la Ley estaba ubicada dentro de un arca, de la misma manera en el santuario del cielo, la Ley de Dios original también está colocada dentro de un arca celestial, pues así lo declara una vez más la siguiente cita:

“Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo”. (Apocalipsis 11:19.)

“Se me ordenó entonces que observara los dos departamentos del santuario celestial. La cortina, o puerta, estaba abierta y se me permitió entrar. En el primer departamento vi el candelabro de siete lámparas, la mesa de los panes de la proposición, el altar del incienso, y el incensario. Todos los enseres de este departamento parecían de oro purísimo y reflejaban la imagen de quien allí entraba. La cortina que separaba los dos departamentos era de diferentes materiales y colores, con una hermosa orla en la que había figuras de oro labrado que representaban ángeles. El velo estaba levantado y miré el interior del segundo departamento, donde vi un arca al parecer de oro finísimo. El borde que rodeaba la parte superior del arca era una hermosa labor en figura de coronas. En el arca estaban las tablas de piedra con los diez mandamientos”. (Primeros Escritos, Pág. 251.1.)

EL SERVICIO EN EL SANTUARIO
En el santuario terrenal básicamente se realizaban dos tipos de servicios, en el Lugar Santo se realizaba el servicio diario y en el Lugar Santísimo se efectuaba el servicio anual, en el cual y por una sola vez en el año, se efectuaba la purificación del santuario en el denominado día de la expiación.

EL SERVICIO DIARIO
Al servicio diario también se lo cataloga como el servicio “continuo”, ya que en él se realizaban ceremonias que tenían un carácter continuo, diario o permanente, el primero de estos ritos era la ofrenda diaria, llamada también el “holocausto continuo” u “ofrenda encendida”, esta ofrenda diaria consistía en que cada mañana y cada tarde se debía ofrecer sobre el altar del holocausto, un cordero de un año, las siguientes citas describen en esencia este holocausto continuo:

“Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente. Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde. Además, con cada cordero una décima parte de un efa de flor de harina amasada con la cuarta parte de un hin de aceite de olivas machacadas; y para la libación, la cuarta parte de un hin de vino. Y ofrecerás el otro cordero a la caída de la tarde, haciendo conforme a la ofrenda de la mañana, y conforme a su libación, en olor grato; ofrenda encendida a Jehová. Esto será el holocausto continuo por vuestras generaciones, a la puerta del tabernáculo de reunión, delante de Jehová, en el cual me reuniré con vosotros, para hablaros allí”. (Éxodo 29:38-42.)

Este sacrificio diario era realizado sobre el altar del holocausto que se encontraba ubicado en el atrio o patio del santuario terrenal y en el Lugar Santo que era la primera parte o el primer departamento del tabernáculo terrenal, los sacerdotes también entraban “continuamente para cumplir (otros) oficios del culto”, pues así lo afirma la siguiente cita de Hebreos:

“Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto”. (Hebreos 9:6.)

Uno de los oficios continuos que se realizaban en el Lugar Santo, era el ofrecimiento diario de incienso aromático sobre el altar del incienso, cada mañana y cada atardecer el sacerdote quemaba el incienso y lo ofrecía ante dicho altar, es decir ofrecía el incienso “continuamente” pues así está escrito:

“Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará. Y cuando Aarón encienda las lámparas al anochecer, quemará el incienso; rito perpetuo delante de Jehová por vuestras generaciones. No ofreceréis sobre él incienso extraño, ni holocausto, ni ofrenda; ni tampoco derramaréis sobre él libación”. (Éxodo 30:7-9.)

A más del ofrecimiento diario del incienso, esta cita menciona otra acción diaria que debía realizar el sacerdote, él tenía que alistar las lámparas del candelero cada mañana y al anochecer debía encender dichas lámparas y de esta manera se cumplía el propósito de “hacer arder las lámparas continuamente”, logrando así que el Lugar Santo estuviera permanentemente alumbrado, pues así lo especifica la siguiente cita:

“Manda a los hijos de Israel que te traigan para el alumbrado aceite puro de olivas machacadas, para hacer arder las lámparas continuamente. Fuera del velo del testimonio, en el tabernáculo de reunión, las dispondrá Aarón desde la tarde hasta la mañana delante de Jehová; es estatuto perpetuo por vuestras generaciones. Sobre el candelero limpio pondrá siempre en orden las lámparas delante de Jehová”. (Levítico 24:2-4.)

Otro oficio que se realizaba en el Lugar Santo era la provisión continua de los panes de la proposición, cada día de reposo los panes de la proposición eran colocados sobre la mesa y así debían permanecer “continuamente en orden delante de Jehová” y estos panes solo podían ser comidos por los sacerdotes en el Lugar Santo del Santuario Terrenal, notemos como lo explica esta cita:

“Y tomarás flor de harina, y cocerás de ella doce tortas; cada torta será de dos décimas de efa. Y las pondrás en dos hileras, seis en cada hilera, sobre la mesa limpia delante de Jehová. Pondrás también sobre cada hilera incienso puro, y será para el pan como perfume, ofrenda encendida a Jehová. Cada día de reposo lo pondrá continuamente en orden delante de Jehová, en nombre de los hijos de Israel, como pacto perpetuo. Y será de Aarón y de sus hijos, los cuales lo comerán en lugar santo; porque es cosa muy santa para él, de las ofrendas encendidas a Jehová, por derecho perpetuo”. (Levítico 24:5-9.)

“Y pondrás sobre la mesa el pan de la proposición delante de mí continuamente”. (Éxodo 25:30.)

Como lo hemos comprobado, a este servicio se lo cataloga como el servicio continuo, porque en el atrio y en el Lugar Santo se realizaban un conjunto de ceremonias de carácter continuo o diario, sin embargo, la ceremonia central que se realizaba en el Lugar Santo, era el ofrecimiento diario de los sacrificios por los pecados cometidos, a este servicio es el que se refiere el libro de Hebreos 7:27, analicemos como lo explica:

“Que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo”. (Hebreos 7:27.)

A través de este ofrecimiento diario de sacrificios, se enseñaba de manera simbólica una verdad que tiene una importancia central para la comprensión del evangelio, esta verdad consiste en la transferencia de la penalidad del pecado.

LA TRANSFERENCIA SIMBÓLICA DEL PECADO
Cuando alguna persona quería obtener el perdón por algún pecado cometido, simbólicamente debía trasladar su culpabilidad a una víctima sustituta y la debía ofrecer como sacrificio en el tabernáculo de reunión, el animal utilizado para este propósito variaba según el rango o cargo que tenía la persona dentro del pueblo y el procedimiento que debía seguir era esencialmente el mismo en todos los casos, notemos como lo explica el libro de Levítico 4:2-4.

“Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguna persona pecare por yerro en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer, e hiciere alguna de ellas; si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a Jehová, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para expiación. Traerá el becerro a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová, y pondrá su mano sobre la cabeza del becerro, y lo degollará delante de Jehová”. (Levítico 4:2-4.)

El animal era traído a la puerta del tabernáculo, el pecador ponía su mano sobre la cabeza de la víctima sustituta y luego el animal era degollado; a través de esta ceremonia se daba inicio a la transferencia de la penalidad del pecado; la persona que cometió el pecado era la que merecía morir, sin embargo, al colocar su mano sobre la cabeza del animal sustituto, figurativamente transfería su culpabilidad a esta víctima inocente y ésta asumía sustitutivamente la culpabilidad del pecado y por tal motivo era degollada para cumplir con la penalidad con que debe ser castigada toda transgresión de la Ley y que es la muerte.

Habiendo cumplido con la exigencia de la ley, la cual demanda la muerte del pecador o en su reemplazo, la muerte expiatoria de un substituto, la transferencia del pecado debía continuar mediante la sangre de la víctima, el sacerdote trasladaba dicha sangre al interior del tabernáculo, específicamente al Lugar Santo, una vez allí, con su dedo tomaba dicha sangre y la rociaba hacia el segundo velo del santuario, finalmente la sangre también era puesta sobre los cuernos del altar del incienso aromático, completando así una parte importante del ciclo de la transferencia del pecado, pues así lo explica Levítico 4:5-7.

“Y el sacerdote ungido tomará de la sangre del becerro, y la traerá al tabernáculo de reunión; y mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario. Y el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová; y echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión”. (Levítico 4:5-7.)

¿Por qué razón se utilizaba la sangre de la víctima para continuar con la transferencia simbólica del pecado?

“Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas, pues la misma sangre es la que hace expiación por la persona”. (Levítico 17:11. RVR 1995.)

Como la ciencia lo ha comprobado, toda persona puede mantenerse con vida, solo si su sangre está cumpliendo su función de distribuir nutrientes mientras se traslada por cada arteria de su organismo viviente, si por algún motivo la mayor parte de la sangre es derramada fuera del cuerpo, inevitablemente el ser humano experimentará la muerte.

En este sentido, la presentación de la sangre permitía constatar que la víctima substituta si había sido sacrificada y por lo tanto se constituía en la evidencia física de que se había cumplido a cabalidad con la penalidad de la violación de la Ley, la cual como ya dijimos, exige irremisiblemente la muerte de todo aquel que la transgrediere.

Y por esta razón, la ley estipula que el perdón de los pecados solo puede ser otorgado mediante el derramamiento y el ofrecimiento de la sangre de la víctima y sin este elemento vital no podía realizarse la purificación del santuario ni podía otorgarse la remisión de los pecados, este principio también es mencionado en la siguiente cita:

“Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. (Hebreos 9:22.)

“El servicio típico enseña importantes verdades respecto a la expiación. Se aceptaba un substituto en lugar del pecador; pero la sangre de la víctima no borraba el pecado. Solo proveía un medio para transferirlo al santuario. Con la ofrenda de sangre, el pecador reconocía la autoridad de la ley, confesaba su culpa, y expresaba su deseo de ser perdonado mediante la fe en un Redentor por venir; pero no estaba aún enteramente libre de la condenación de la ley. El día de la expiación, el sumo sacerdote, después de haber tomado una víctima ofrecida por la congregación, iba al lugar santísimo con la sangre de dicha víctima y rociaba con ella el propiciatorio, encima mismo de la ley, para dar satisfacción a sus exigencias. Luego, en calidad de mediador, tomaba los pecados sobre sí y los llevaba fuera del santuario. Poniendo sus manos sobre la cabeza del segundo macho cabrío, confesaba sobre él todos esos pecados, transfiriéndolos así figurativamente de él al macho cabrío emisario. Este los llevaba luego lejos y se los consideraba como si estuviesen para siempre quitados y echados lejos del pueblo”. (El Conflicto de los Siglos, Pág. 414.4.)

¿Hasta cuándo estuvo vigente el servicio simbólico del santuario terrenal?

“Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador”. (Daniel 9:26-27.)

Tal y como ya lo había anticipado la profecía, después de que se cumplieron las 62 semanas proféticas, específicamente en el año 31 de nuestra era, se quitó “la vida al Mesías”, en ese mismo instante se hizo “cesar el sacrificio y la ofrenda”, es decir terminó definitivamente la vigencia de todo el sistema de sacrificios y ofrendas del santuario terrenal.

Y como una señal divina de que el sistema de sacrificios terminó definitiva e irrevocablemente, en el mismo instante en que Cristo murió, el velo del santuario terrenal se rasgó en dos partes, de arriba hasta abajo, anunciando así que Dios ya no recibiría ni aceptaría este tipo de sacrificios, porque el verdadero Cordero de Dios, el verdadero sacrificio expiatorio ya había sacrificado y por lo tanto, los sacrificios del santuario terrenal perdieron su sentido prefigurado, pues así está escrito:

“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron”. (Mateo 27:50-51.)

El santuario terrenal de aquel entonces, llamado también el Templo de Salomón, tenía una altura de 30 codos según lo describe 1 Reyes 6:2, lo que significa que el velo tenía una altura aproximada de 18 metros; en cuanto a su grosor, el historiador Josefo señala que tenía 10 centímetros de espesor y por ello, la noticia del rasgamiento del velo debió haber impactado a todos los judíos de aquel tiempo, porque ellos sabían que con las medidas de altura y grosor que tenía el velo, hubiera sido imposible que unas pocas personas lograran su partimiento y en consecuencia todos ellos comprendieron que el rasgamiento del velo fue un acto evidentemente sobrenatural.

En aquel momento, con la muerte de Cristo en la cruz, quedó anulada o abolida la ley ceremonial, aquella ley que contenía todos los decretos que regulaban el sistema de sacrificios del santuario terrenal pues al haberse terminado dicho sistema ya no era necesaria una ley que lo reglamentara, pues así lo explica la siguiente cita:

“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz”. (Colosenses 2:14.)

Esta ley es catalogada como “el acta de los decretos que había contra nosotros”, la palabra “acta” proviene del griego “cheirographon” que literalmente significa “documento de deuda escrito a mano” y por esta razón esta ley “nos era contraria” porque continuamente nos recordaba la culpabilidad que pesaba sobre la humanidad por causa del pecado y precisamente esta ley fue escrita por Moisés en un libro y fue colocada “al lado del arca del pacto”, para que cumpliera de forma simbólica una función de testigo en contra del ser humano, pues así lo revela las siguientes declaraciones bíblicas:

“Y cuando acabó Moisés de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta concluirse, dio órdenes Moisés a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti”. (Deuteronomio 31:24-26.)

EL PECADO DE LA HUMANIDAD SE TRANSFIERE A CRISTO
Por su condición pecaminosa y por sus propios pecados, todos los seres humanos estamos bajo la condenación de la ley, es decir merecemos irrevocablemente la pena de muerte, sin embargo y por amor a la raza humana, la divinidad transfirió o cargó sobre Cristo la culpabilidad de la humanidad y por tal motivo el Redentor “llevó nuestros pecados en su cuerpo” y recibió “sobre la cruz” la penalidad que “nuestros pecados” merecían, rescatando así al hombre de una muerte definitiva y abriéndole el camino hacia la justicia y la salvación eterna, pues así lo explica la siguiente cita bíblica:

“El mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por sus heridas fuisteis sanados”. (1 Pedro 2:24.)

La función sustituta de Cristo al asumir nuestra culpabilidad y los sufrimientos, dolores, heridas y la correspondiente muerte que tuvo que experimentar como castigo por los pecados de la humanidad, son claramente descritos en el capítulo 53 de Isaías, en donde también nuevamente se menciona este acto divino de haber transferido o cargado sobre Cristo “el pecado de todos nosotros”, pues así está revelado:

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. (Isaías 53:4-6.)

Esta cita enfatiza el hecho de que sobre Cristo se cargó el “pecado de todos nosotros”, esto revela la amplia provisión del sacrificio de Cristo, la cual hace posible que el perdón pueda ser otorgado a todos los seres humanos que acepten a Cristo como su salvador y se hayan arrepentido de sus pecados, esta vasta provisión divina de ofrecer el perdón de los pecados a toda la humanidad es nuevamente recalcada en las siguientes palabras inspiradas del profeta Juan:

“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”. (1 Juan 2:1-2.)

“Por medio de la fe” en la naturaleza redentora de Cristo Jesús y al entender la función propiciatoria o perdonadora que cumple su sacrificio expiatorio, el pecador arrepentido es “justificado gratuitamente por (la) gracia”, obtiene el perdón de sus pecados y recibe la Justicia de Dios gracias a “la fe de Jesús”, pues así está escrito:

“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”. (Romanos 3:24-26.)

Sin embargo, el proceso de transferencia del pecado no terminó allí, una vez cumplido el sacrificio expiatorio mediante el cual fue pagada o cancelada la culpabilidad que pesaba sobre la humanidad, la sangre de Cristo fue trasladada al santuario celestial para ser ofrecida sin mancha ante Dios, esta verdad es claramente descrita en los siguientes pasajes bíblicos:

“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Santuario, habiendo obtenido eterna redención.  Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”. (Hebreos 9: 11-14.)

Con su muerte Cristo pagó la culpabilidad de la humanidad y luego llevó su sangre al santuario celestial donde la presentó ante Dios como una evidencia física de que se había cumplido con la penalidad de la transgresión de la Ley divina, la cual demandada la muerte del pecador y una vez cumplido con esta exigencia y habiéndosele pagado a la Ley toda la deuda pendiente, por fin la humanidad pudo recibir la “remisión de las transgresiones” y se le abrió la excelsa oportunidad para que alcance la vida eterna, pues así está escrito:

“Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna”. (Hebreos 9:15.)

Habiéndose cumplido con la penalidad de la Ley, la humanidad fue liberada de su culpabilidad y de esta manera fue rescatada de la pena de muerte que pesaba sobre ella, obra asombrosa e infinita que solo podía ser lograda por “la sangre preciosa de Cristo”, quien ya se había comprometido para salvar a la humanidad “desde antes de la fundación del mundo”, pues así lo describe esta cita:

“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”. (1 Pedro 1:18-20.)

A partir de la caída de nuestros primeros padres, la cual ocurrió como consecuencia de la transgresión de la Ley, la humanidad había perdido su libertad espiritual y había pasado bajo el dominio destructivo del pecado, a esto se refería el Apóstol Pablo cuando utilizó el término “vendido al pecado” en la siguiente cita:

“Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado”. (Romanos 7:14.)

Gracias a su obra redentora, Cristo logró nuevamente comprar o adquirir a la humanidad para que ésta sea de su propiedad, no solo por creación sino también por redención, esta compra divina era claramente entendida por el Apóstol Pablo, quien la refiere en la siguiente cita:

“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. (1 Corintios 6:20.)

Y el Apóstol Lucas también describe la compra redentora que realizó Cristo al haber ganado o comprado a la iglesia por medio de “su propia sangre”, notemos como lo describe en la siguiente cita:

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”. (Hechos 20:28.)

¿Cuándo comenzó el ministerio de Cristo en el santuario celestial?

“El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias del cuerpo, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) mediante la resurrección de Jesucristo, quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y poderes.”. (1 Pedro 3:21-22.)

Unos días después de que Jesucristo resucitó de los muertos, subió al cielo y físicamente se ubicó a la diestra de Dios, desde este lugar Cristo ejerce dominio sobre todos los seres celestiales, esta cita no menciona el lugar específico en que Cristo se encuentra a la diestra del Padre, sin embargo la siguiente cita como un eslabón más de la verdad, nos revela algo adicional sobre dicho lugar:

“Esta fuerza operó en Cristo, resucitándolo de los muertos y sentándolo a su derecha en los lugares celestiales”. (Efesios 1:20.)

Cristo fue sentando a la derecha de Dios Padre “en los lugares celestiales”, este término es una referencia directa del santuario celestial, porque como se lo ha comprobado, el templo celestial está conformado por dos lugares celestiales, el Lugar santo celestial y el Lugar santísimo celestial y en este santuario formado por dos lugares celestiales, es que Cristo se sentó a la derecha de Dios después de unos días que ocurriera su resurrección.

Este hecho es confirmado por la Biblia, la cual afirma que después de su resurrección, Cristo subió al cielo, entró al santuario celestial y se sentó a la diestra de Dios para dar inicio a su ministerio sumo sacerdotal, esta verdad bíblica es catalogada como “el punto principal”, como el tema central del evangelio, pues así está escrito:

“Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Él es ministro del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre”. (Hebreos 8:1-2.)

LA ENTRADA DE CRISTO AL LUGAR SANTO CELESTIAL
¿Qué tuvo que abrir y atravesar Cristo para poder entrar al santuario celestial?

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Santuario por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”. (Hebreos 10:19-20.)

Para entrar al santuario celestial, Cristo abrió “el camino nuevo y vivo” y tuvo que pasar “a través del velo”, es decir atravesó el primer velo que permite el acceso al lugar santo, este primer departamento se encuentra específicamente dentro del primer velo del santuario celestial, a este lugar que se encuentra “dentro del velo”, “Jesús entró por nosotros como precursor”, para realizar su ministerio sacerdotal, pues así lo revela la siguiente cita bíblica:

“Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”. (Hebreos 6:18-20.)

Al Apóstol Juan, mediante revelación profética se le mostró los muebles o utensilios que están físicamente presentes en el lugar santo celestial, uno de ellos es el candelero de oro y que se encuentra descrito de la siguiente manera:

“Y del trono salían relámpagos y truenos y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios”. (Apocalipsis 4:5.)

Así como en el santuario terrenal había un candelero de oro que tenía siete lamparillas, en el lugar santo del santuario celestial también hay “siete lámparas de fuego”, las cuales son catalogadas también como “los siete espíritus de Dios”, término utilizado para ilustrar los 7 aspectos que caracterizan la personalidad del Espíritu Santo; dichos aspectos son especificados en la siguiente cita:

“Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová”. (Isaías 11:2.)

Estas siete lámparas en realidad son los “siete candeleros de oro”, en medio de los cuales Jesús caminaba cuando realizaba su ministerio en el lugar santo del santuario celestial, pues así lo detalla esta cita bíblica:

“Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto”. (Apocalipsis 2:1.)

Sin embargo, los siete candeleros de oro que están en el lugar santo celestial y la acción de Cristo de andar en medio de ellos, tienen un significado espiritual aún más profundo, que al ser correctamente entendidos fortalecerá la confianza del cristiano hacia el Salvador divino, pues el mismo Cristo nos explica lo siguiente:

“El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias”. (Apocalipsis 1:20.)

Los siete candeleros de oro también representan “las siete iglesias”, es decir los siete períodos de la historia de la iglesia cristiana y durante todo el tiempo de la historia de su iglesia, Cristo siempre ha estado en medio de ella protegiéndola, custodiándola y sosteniéndola para que cumpla con su misión de ser la luz del mundo, el Espíritu de Profecía expone esta maravillosa realidad en las siguientes palabras:

“Se habla de Cristo como caminando en medio de los candeleros de oro. Así se simboliza su relación con las iglesias. Está en constante comunicación con su pueblo. Conoce su real condición. Observa su orden, su piedad, su devoción. Aunque es el sumo sacerdote y mediador en el santuario celestial, se le representa como caminando de aquí para allá en medio de sus iglesias en la tierra. Con incansable desvelo y constante vigilancia, observa para ver si la luz de alguno de sus centinelas arde débilmente o si se apaga. Si el candelero fuera dejado al mero cuidado humano, la vacilante llama languidecería y moriría; pero él es el verdadero centinela en la casa del Señor, el fiel guardián de los atrios del templo. Su cuidado constante y su gracia sostenedora son la fuente de la vida y la luz”. (Hechos de los Apóstoles, Pág. 468.1.)

Siguiendo con el paralelismo, debemos recordar que en el santuario terrenal había un altar para el incienso, de la misma manera en el lugar santo del templo celestial también hay un altar, pues así lo asegura el Apóstol Juan en el siguiente pasaje:

“Salió otro ángel del templo que está en el cielo, teniendo también una hoz aguda. Y salió del altar otro ángel, que tenía poder sobre el fuego, y llamó a gran voz al que tenía la hoz aguda, diciendo: Mete tu hoz aguda, y vendimia los racimos de la tierra, porque sus uvas están maduras”. (Apocalipsis 14:17-18.)

El altar del incienso del santuario terrenal estaba recubierto de oro, tenía cuernos en sus esquinas y estaba ubicado antes o delante del segundo velo, así mismo el altar del incienso del santuario celestial también es de oro, también tiene cuernos y también está ubicado delante de Dios, lo cual demuestra que este altar celestial sí es un objeto tangible, palpable y literal, pues así lo confirma la siguiente cita:

“El sexto ángel tocó la trompeta, y oí una voz de entre los cuatro cuernos del altar de oro que estaba delante de Dios”. (Apocalipsis 9:13.)

En el lugar santo celestial y bajo la mirada de todos los seres del universo, Cristo el Cordero de Dios entró con su propia sangre para obtener eterna redención de todos aquellos que lo habían aceptado como su Salvador e intercesor, pues así lo declara nuevamente el siguiente pasaje bíblico:

“Más estando ya presente Cristo, pontífice de los bienes que habían de venir, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es a saber, no de esta creación; y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, más por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención”. (Hebreos 9:11-12. Reina Valera 1909.)

Allí dentro del primer velo, en el lugar santo del santuario celestial, Jesús como Sumo Sacerdote presentó su sangre ante Dios y la roció en dicho lugar tal y como lo hacían los sacerdotes en el santuario terrenal y precisamente la siguiente cita menciona “la sangre rociada” de Cristo como también su función de “Mediador del nuevo pacto”:

“A Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”. (Hebreos 12:24.)

Cuando Abel fue asesinado por su hermano Caín, la sangre de Abel figurativamente clamó a Dios por justicia, esta era la sangre de un personaje cuya vida dio un testimonio de santidad y servicio a Dios; sin embargo la sangre de Jesús “habla mejor que la de Abel”, ya que es la sangre de Emmanuel, del Dios hecho carne cuya vida en esta tierra fue perfecta, impecable y sin ninguna forma de pecado y cuya sangre pago la culpabilidad de la humanidad y nos abrió el camino hacia la vida eterna.

“El hombre quebrantó la ley de Dios, y por medio del Redentor se hicieron promesas nuevas y frescas sobre una base diferente. Todas las bendiciones deben venir a través de un Mediador. Ahora cada miembro de la familia humana está enteramente en las manos de Cristo, y todo lo que poseemos en esta vida presente -ya sea dinero, casas, tierras, capacidad de razonar, fortaleza física, o facultades intelectuales-, y todas las bendiciones de la vida futura, han sido colocados en nuestra posesión como tesoros de Dios para que sean fielmente empleados en beneficio del hombre. Cada don tiene el sello de la cruz y lleva la imagen y el sobrescrito de Jesucristo. Todas las cosas provienen de Dios. Desde los beneficios más insignificantes hasta la mayor bendición, todo fluye por un único Canal: la mediación sobrehumana asperjada con la sangre cuyo valor supera todo cálculo porque era la vida de Dios en su Hijo”. (Fe y Obras, Pág. 17.)

Jesús como “Mediador del nuevo pacto” cumple en el santuario celestial la función de mediador entre Dios y los hombres, esta función de mediador le pertenece única y exclusivamente a Jesucristo, ya que en el universo, solo él posee tanto la naturaleza divina como la naturaleza humana y por esta razón solo él podía entregarse “en rescate por todos”, pues así está escrito:

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo”. (1 Timoteo 2:5-6.)

Ningún otro ser en el universo puede atribuirse la función de mediador entre Dios y los hombres, porque solo “Cristo es el que murió, más aún, el que también resucitó” y solo él “está a la diestra de Dios” en el santuario celestial para interceder por nosotros, esta función exclusiva de Cristo es nuevamente ratificada en la siguiente cita:

“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. (Romanos 8:34.)

El ministerio exclusivo e intransferible de Cristo como único camino para ser salvo fue claramente entendido por los primeros discípulos, quienes declararon categóricamente que “en ningún otro hay salvación”, porque solo por medio del nombre y la obra redentora de Cristo se puede lograr la salvación eterna del alma, pues así está escrito:

“Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:12.)

Al Apóstol Juan también se le mostró parte de la obra de intercesión que se realiza en el santuario celestial, lo cual revela que solo la intercesión de Cristo ofrecida con el incienso celestial, hace posible que las oraciones de los creyentes lleguen ante Dios como corresponde, pues así lo describe en la siguiente cita:

“Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos”. (Apocalipsis 8:3-4.)

“Cristo se ha comprometido a ser nuestro sustituto y seguridad, y no rechaza a nadie. Hay un fondo inagotable de obediencia perfecta que surge de su obediencia. En el cielo sus méritos, abnegación y sacrificio propio, se atesoran como incienso que se ofrece juntamente con las oraciones de su pueblo. Cuando las sinceras y humildes oraciones de los pecadores ascienden al trono de Dios, Cristo mezcla con ellas los méritos de su propia vida de perfecta obediencia. Nuestras oraciones resultan fragantes gracias a este incienso. Cristo se ha comprometido a interceder en nuestro favor, y el Padre siempre oye al Hijo”. (Manuscrito 21, página 14, 1900. Hijos e Hijas de Dios, Pág. 24.3.)

¿Hasta cuándo habría de efectuarse el servicio continuo en el Lugar santo celestial?

“Aun se engrandeció frente al príncipe de los ejércitos; por él fue quitado el sacrificio continuo, y el lugar de su santuario fue echado por tierra. A causa de la prevaricación le fue entregado el ejército junto con el sacrificio continuo; echó por tierra la verdad e hizo cuanto quiso, y prosperó. Entonces oí hablar a un santo; y otro de los santos preguntó a aquel que hablaba: “¿Hasta cuándo durará la visión del sacrificio continuo, la prevaricación asoladora y la entrega del santuario y el ejército para ser pisoteados?” Y él dijo: “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”. (Daniel 8:11-14.)

El servicio o “sacrificio continuo” efectuado por Cristo en el lugar santo del santuario celestial, es nombrado en estas citas por tres ocasiones y se revela que dicho servicio estaría vigente únicamente hasta que se cumplan las 2.300 días proféticos y una vez que se terminara este largo período, se daría inicio a la purificación del santuario, es decir se abriría el camino al servicio del segundo departamento del santuario celestial.

Estas citas no se aplican en ningún sentido al santuario terrenal ya que en dicho templo judío, la purificación o expiación se realizaba inalterablemente una vez al año, en el día diez del séptimo mes judío, esto era un estatuto perpetuo que no podía cambiarse tal y como lo declara Levítico 16:16,29-30; en consecuencia, la afirmación de que la purificación del santuario se habría de realizar al final de los 2.300 días proféticos, es una clara evidencia de que estas citas solo se aplican al santuario que está en el cielo.

Para calcular el año exacto en que terminaron los 2300 días proféticos, primero debemos comprender el principio bíblico del día por año, este principio consiste en que cada vez que la Biblia habla en un contexto de profecía, los días proféticos deben ser entendidos como años literales, este principio está revelado en las siguientes citas:

“Cumplidos éstos, te acostarás sobre tu lado derecho segunda vez, y llevarás la maldad de la casa de Judá cuarenta días; día por año, día por año te lo he dado. Al asedio de Jerusalén afirmarás tu rostro, y descubierto tu brazo, profetizarás contra ella”. (Ezequiel 4:6-7.)

“Conforme al número de los días, de los cuarenta días en que reconocisteis la tierra, llevaréis vuestras iniquidades cuarenta años, un año por cada día; y conoceréis mi castigo”. Números 14:34.

Por consiguiente, al aplicar el principio profético del día por año, los 2.300 días proféticos en realidad representan 2.300 años literales.

¿Desde qué fecha debemos comenzar a contabilizar los 2.300 años?

“Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos”. (Daniel 9:25.)

Desde la fecha en que ocurrió “la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén”, notemos que el evento que debe ser considerado como inicio del cómputo del período profético, no es la emisión de la orden, sino “la salida de la orden”, ya que ambos son eventos distintos, ocurridos en diferentes fechas, por lo tanto debemos iniciar el cálculo desde la salida de la orden y no desde la emisión de la misma.

Aunque fue el rey Ciro quien inicialmente emitió la orden para reconstruir el templo en Jerusalén y luego el rey Darío la ratificó, en realidad fue el rey Artajerjes quien ejecutó la orden que permitió terminar la edificación de Jerusalén, pues así está escrito:

“Y los ancianos de los judíos edificaban y prosperaban, conforme a la profecía del profeta Hageo y de Zacarías hijo de Iddo. Edificaron, pues, y terminaron, por orden del Dios de Israel, y por mandato de Ciro, de Darío, y de Artajerjes rey de Persia”. (Esdras 6:14.)

¿Cuándo ocurrió la salida de la orden para restaurar a Jerusalén?

“Y con él subieron a Jerusalén algunos de los hijos de Israel, y de los sacerdotes, levitas, cantores, porteros y sirvientes del templo, en el séptimo año del rey Artajerjes. Y llegó a Jerusalén en el mes quinto del año séptimo del rey. Porque el día primero del primer mes fue el principio de la partida de Babilonia, y al primero del mes quinto llegó a Jerusalén, estando con él la buena mano de Dios”. (Esdras 7:7-9.)

La salida de la orden para restaurar Jerusalén ocurrió “en el séptimo año del rey Artajerjes”, este año es el que se debe considerar como el inicio del período profético de los 2.300 años y la segunda parte de la cita recalca que dicho año, específicamente “el día primero del primer mes”; se debe considerar como “el principio de la partida de Babilonia”.

Por lo tanto, la salida de la orden para restaurar a Jerusalén ocurrió en el séptimo año del reinado del rey Artajerjes y precisamente en dicha partida o salida de Babilonia, el rey Artajerjes entregó a Esdras una copia de dicha orden, pues así está escrito:

“Esta es la copia de la carta que dio el rey Artajerjes al sacerdote Esdras, escriba versado en los mandamientos de Jehová y en sus estatutos a Israel: Artajerjes rey de reyes, a Esdras, sacerdote y escriba erudito en la ley del Dios del cielo: Paz. Por mí es dada orden que todo aquel en mi reino, del pueblo de Israel y de sus sacerdotes y levitas, que quiera ir contigo a Jerusalén, vaya… Y todo lo que se requiere para la casa de tu Dios, que te sea necesario dar, lo darás de la casa de los tesoros del rey. Y por mí, Artajerjes rey, es dada orden a todos los tesoreros que están al otro lado del río, que todo lo que os pida el sacerdote Esdras, escriba de la ley del Dios del cielo, se le conceda prontamente”. (Esdras 7:11-13, 20,21.)

Esta orden hace mención a la “casa” de “Dios”, es decir a la reconstrucción del Templo de Jerusalén; sin embargo en dicha orden se incluía la reconstrucción de la ciudad, pues solo así podría garantizarse no solo la seguridad de dicho templo sino y especialmente la “protección en Judá y en Jerusalén”, pues así lo declara la siguiente cita:

“Porque siervos somos; más en nuestra servidumbre no nos ha desamparado nuestro Dios, sino que inclinó sobre nosotros su misericordia delante de los reyes de Persia, para que se nos diese vida para levantar la casa de nuestro Dios y restaurar sus ruinas, y darnos protección en Judá y en Jerusalén”. (Esdras 9:9.)

Una vez que se ha comprobado que la salida de la orden para restaurar a Jerusalén sucedió en el séptimo año del reinado de Artajerjes, debemos identificar a qué año de la cronología histórica corresponde este acontecimiento, las siguientes citas lo demuestran:

“El año séptimo del reinado de Artajerjes (457 a.C.) es una fecha bien establecida en la historia antigua. Según fuentes griegas, Xerxes, el padre de Artajerjes, murió durante la última parte del año 465 a.C. Un texto astronómico egipcio sugiere que murió entre diciembre y el año nuevo persa, es decir en la primavera. Textos astronómicos babilonios y documentos escritos en papiros encontrados en la Isla de Elefantina, en Egipto, confirman el hecho de que Artajerjes ascendió al trono en el 465 a.C. Ese fue su año de ascensión; su primer año completo como rey comenzó en la primavera del 464 a.C., al inicio del nuevo año. Entonces el séptimo año de Artajerjes sería el 457 a.C.”.
(Fuente: http://www.contestandotupregunta.org/new releases/santuariopurificacion9.htm)

“Algunos han sugerido que durante el período postexílico los judíos usaron un calendario de primavera a primavera y que, consecuentemente, el séptimo año del rey sería el 458 a.C. La evidencia bíblica señala una conclusión diferente. Los estudios realizados en la cronología de los reyes de Judá indican que el calendario civil usado en Jerusalén corría de otoño a otoño. Este era también el caso durante el período exílico (Ezequiel 1:2; 8:1; 40:1), y durante los tiempos de Esdras y Nehemías (Nehemías 1:1; 2:1). El calendario de Esdras funcionaba de otoño a otoño, haciendo que el séptimo año de Artajerjes fuera el 457 a.C.”. Ibid.

“Según el capítulo 7 de Esdras, en su 7º año de reinado (457 a.C., de acuerdo con el año civil judío que comenzaba 6 meses más tarde que el persa) envió al escriba judío Esdras a Jerusalén con grandes privilegios para reorganizar la estructura administrativa y judicial de Judá como un estado judío dentro del Imperio Persa, aunque en armonía con las leyes de Moisés…”.
(Fuente: https://www.wikicristiano.org/diccionario-biblico/significado/artajerjes/)

Por lo tanto, el año que debe ser considerado como el punto de partida para el cálculo de los 2300 años es el año 457 antes de Cristo, al contar 2300 años desde el año 457 (2300-457), obtenemos la cantidad de 1843, sin embargo el cálculo aún no está completo, porque en el paso de la era del año 1 antes de Cristo al año 1 después de Cristo, el año cero no existe y por tal motivo, al hacer cálculos cronológicos no se debe contar el año cero, por lo tanto en la era después de Cristo, se debe sumar un año más para compensar la no contabilización del año cero y que en el caso de las 2300 años llegaría al año de 1844.

De esta manera se comprueba que el servicio continuo del lugar santo celestial se efectuó hasta el año de 1844 y a partir de esa fecha empezó otro tipo de servicio, comenzó aquel evento que es descrito por la inspiración como la purificación del santuario celestial.

“El Santuario que está en el cielo es el mismo centro de la obra de Cristo en favor del hombre. Concierne a toda alma viviente sobre la Tierra. Abre ante la vista el plan de redención, proyectándonos hasta el mismo fin del tiempo, y revelando el resultado triunfal del conflicto entre la justicia y el pecado. Es de la mayor importancia que todos investiguen cuidadosamente estos temas, y así estén capacitados para dar respuesta a todos los que demanden razón de la esperanza que hay en ellos”. (The Review and Herald, 9 de noviembre de 1905.)

Autor: Pablo Muñoz | Ecuador, 2019.


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