Romanos 7: Libres de la Ley

El apóstol Pablo afirma como Cristo nos hizo libres de la ley mediante una analogía. Veamos: "¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive?" (Romanos 7:1). Según este versículo, la muerte es lo único que rompe el vínculo de los seres humanos con la ley. De modo que para que podamos ser libres de la ley debe mediar la muerte.

El siguiente versículo dice: "Pues la mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive; pero si su marido muere, queda libre de la ley en cuanto al marido. Así que, mientras vive su marido, será llamada adúltera si ella se une a otro hombre; pero si su marido muere, está libre de la ley, de modo que no es adúltera aunque se una a otro hombre." (Romanos 7:2 | LBLA)

El rey David conocía muy bien este asunto y resolvió matar a Urias Heteo con la espada de los filisteos para quedarse con su esposa (2 Samuel 12:9). David posiblemente pensó que una vez muerto Urias Heteo, su esposa quedaba libre de la ley del marido y él podría tomarla como mujer.

Los seres humanos nacen bajo la ley (Gálatas 3:21-23; 4:4,5). El fin primario de la ley es señalar el pecado al pecador (Romanos 7:7). Además le recuerda que es incapaz de someterse a la ley de Dios (Romanos 8:7). La palabra griega que se traduce por someterse o sujetarse, es ὑποτάσσω (hupotásso) y también significa "subordinarse, sujetarse o someterse para obedecer" (Strong).

En Romanos 2:13 dice: "porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, ésos serán justificados" (LBLA). En otras palabras, para poder ser justos necesitamos perfecta obediencia a la ley. El apóstol Pablo dice: "No hay justo, ni aún uno" (Romanos 3:10). Esto es debido al hecho que al nacer bajo la ley no tenemos con que cumplirla. Nuestra naturaleza pecaminosa es incapaz de alcanzar una obediencia perfecta que nos pueda traer la justificación.

La ley señala el pecado, pero ningún esfuerzo humano podrá quitar la mancha del pecado (Jeremías 2:22). La paga del pecado es muerte (Romanos 3:23). Solo la muerte nos hace libres de la ley. ¿Como resolvió Dios este problema? ¿Aboliendo su ley o mediante la muerte? El apóstol Pablo explicó como Dios resolvió este problema. Veamos: "Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios" (Romanos 7:4).

El problema no radicaba en la ley de Dios. La ley es santa, justa, buena (Romanos 7:12), espiritual (Romanos 7:14) y perfecta (Salmos 19:7). Los seres humanos son por naturaleza carnales y vendidos al poder del pecado (Romanos 7:14 u.p.), nacidos bajo la ley, bajo condenación y bajo muerte (Rom. 5:18; Gál. 3:13, 23) y concebidos en maldad y en pecado (Salmos 51:5). En Romanos 8:7 dice que la intención, o designa de la carne es enemistad contra Dios porque no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede. Somos pecadores y por ende, desobedientes por naturaleza. Por tal razón Dios mató representativamente a la raza humana en el cuerpo de Cristo y no al marido que representa su santa ley.

Si Dios hubiese abolido la ley, entoces el pecado no existiese, ya que por la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:30). No se imputa pecado sino existe la ley (Romanos 5:13). De no existir la ley, Dios no podría señalarnos como transgresores (Romanos 4:15). Si Dios hubiese abolido la ley, entonces reinaría el caos y el pecado no sería pecado. Por tal razón Dios resolvió matar la raza humana representativamente en el cuerpo de Cristo. Pues, "si uno murió por todos, luego todos murieron" (2 Corintios 5:14).

Al aceptar a Cristo como salvador personal, su muerte es nuestra muerte. Él pagó nuestra deuda (Colosenses 2:14) y por ende, nos rescató al costo de su sangre (1 Pedro 1:18,19; Hechos 20:28).

Es importante estar al tanto de la primera función de la ley que consiste en hacernos conscientes de nuestros pecados. "Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la ley, actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte" (Romanos 7:5).

La ley nos dice que somos pecadores y por ende, reos de muerte. Es en ese momento que la segunda función de la ley es manifiesta. Ahora la ley tiene como finalidad llevarnos a Cristo de modo que podamos ser justificados por la fe (Romanos 10:4; Gálatas 3:24).

Cristo vino a cumplir la ley (Mateo 5:17). Por la desobediencia de Adán los seres humanos fueron constituidos pecadores y mediante la obediencia de Cristo los muchos fueron constituidos justos (Romanos 5:18,19).

Los creyentes han muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo. Por la fe, la obediencia perfecta de Cristo les pertenece y es tan suya como si ellos la hubiesen vivido. Han sido declarados justos por la fe en Cristo (Romanos 5:1). Ellos son libres de la ley. La ley no les puede condenar. La justicia de la ley se ha cumplido en los que son de Cristo (Romanos 8:4). Por tal razón el apóstol Pablo escribió lo siguiente:

"Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra" (Romanos 7:6).

Cuando creemos al evangelio somos sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13). La santificación es el fruto automático de la justificación (Romanos 6:22) y no un medio para alcanzar la justificación. Sin el Espíritu Santo la santificación no es posible, ya que la santificación es la obra del Espíritu Santo en nosotros (2 Tesalonisenses 2:13).

Ahora la ley adquiere una tercera dimensión; la dimensión normativa. El Espíritu Santo escribe la ley de Dios en la mente y el corazón del creyente (Hebreos 10:15,16). Aunque somos libres de la condenación de la ley, la ley nos señala el pecado (Romanos 7:7) y nos sigue conduciendo a la única fuente de perdón, a Cristo. La fe no anula la función de la ley, sino que por el contrario, la establece (Romanos 3:31). El creyente se deleita en la ley de Dios (Romanos 7:22).

La ley le dice al creyente como debe amar a Dios y a su prójimo (Mateo 22: 36-40; Romanos 13:8-10; Gálatas 5:14). No amamos a Dios y a nuestro prójimo como querramos, sino, como Dios lo estableció en su ley. El Espíritu Santo utiliza la ley en la santificaciòn para que amemos como Dios desea que amemos. Obediencia no es legalismo.

Estár bajo la ley es depender de las obras de la ley para alcanzar la justificaciòn (Gálatas 3:10). Aquellas personas que afirman que estar bajo la ley es obedecerla, cometen un grave error, pues estar bajo la ley es no tener con que cumplirla. La justificación es solo por fe (Romanos 5:1), solo por sangre y solo por Cristo (Romanos 3:24).

La justificación por la fe le imputa al creyente la justicia de Cristo y como consecuencia directa de la justificación se otorga al creyente el don del Espíritu Santo. La obediencia que el Espíritu Santo produce en el creyente no es meritoria, o sea, no tiene como objetivo alcanzar la justificación. Por la obediencia en el Espíritu es como nos mantenemos en el camino del Señor luego de haber sido justificados por la fe. Por tal razón Cristo dijo: "Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor" (Juan 15:10).