Reflexiones sobre Juan 1:29

“…He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

De los cuatro evangelios (sinópticos y el Evangelio de Juan), solamente el último hace esta declaración explícita. Los evangelios sinópticos presuponen tal pensamiento de manera tácita, durante su ministerio, y llegando a su clímax con la muerte de Cristo, pero no hacen mención de forma inteligible. En relación a la expresión en desarrollo, es sabido en los círculos teológicos que ésta cláusula evangélica fue considerada después del evento bautismal de Cristo en el Jordán. Sin embargo, De la Potterie citando a Boismar menciona que el desencadenamiento de tal expresión había tenido un lugar espacial-temporal en el bautismo de Cristo; en ese preciso momento[1]. No obstante, no hay pruebas científicas-históricas del momento preciso del acontecimiento. Al parecer Juan no estuvo muy interesado en el lugar y tiempo de los acontecimientos, sino que su proposición fundamental fue resaltar el cumplimiento escatológico de la misión del Mesías ubicada en las profecías veterotestamentarias, pues “el punto fundamental de donde arranca toda la teología de Juan es la identificación de Jesús con el Logos, o sea con el verbo de Dios… Por esta razón, Jesús es la verdad, o sea la misma revelación de Dios”[2].

Tan sólo en el prolegómeno de su Evangelio, Juan plasma cuestiones soteriológicas y escatológicas en cuanto al Ser llamado el Verbo, quien es siendo igual a Dios (1:1). Hay algunas cuestiones que debemos resaltar del prolegómeno de Juan, que tiene pensamientos estereotipados del relato creacionista de Génesis. Por ejemplo, (1) tanto Génesis como Juan comienzan con la fórmula “Ἐν ἀρχῇ” en griego, y en hebreo בֵראשית que traduce en ambos casos como “en el principio”. (2) En Génesis la autoexistencia de Dios es confirmada por el contenido explícito de 1:1, pues Él es fomentador, creador y sustentador de lo que resume los capítulos 1 y 2. Al igual que en Génesis, Juan pone de manifiesto “la creación simplificada” en el versículo 3, y ya en el versículo 1 había mencionado la existencia de la Divinidad. Ambos proponen un Dios anterior al acto creacionista. El amor de Dios se ve reflejado en la inteligencia del cosmos, y lo que contiene. (3) Génesis pone de manifiesto la narración del acto creador de Dios (1:3- 2:4), y Juan de forma escueta y parca narra lo mismo pero simplificadamente (1:3). Tanto Juan 1:4 como Génesis 1:3 mencionan en primera instancia la luz. Aunque Génesis menciona la luz de forma literal y creada, Juan toma la figura del elemento de la naturaleza, y la aplica al Verbo de forma metafórica, pero el principio es el mismo. Así como la luz da vida y sostenibilidad a las plantas creadas al comienzo de la creación, de la misma manera el Verbo, que Juan lo equipara con Cristo (Jn. 1:14), otorga vida con su muerte, y asigna el nuevo pacto. Son dos creaciones distintas. La segunda cubre, y redimirá escatológicamente la primera creación. Aunque estos actos fueron hechos separadamente en un intervalo de tiempo, el sujeto que realiza las dos creaciones son uno y el mismo: Jesús.

Antes de abordar el tema del “Cordero de Dios”, desfragmentaré la secuencia ideológica para introducir un concepto sobre Juan el Bautista, y su accionar dentro de los Evangelios. No deja de ser interesante las reflexiones y concepciones que se han llevado a cabo sobre las conexiones culturales-ideológicas-geográficas que propone la figura de Juan el Bautista con los Esenios, secta palestinense. Ahí es donde nace la pregunta: Si el padre del precursor del Mesías fue ordenado al servicio sacerdotal, y todo primogénito proseguía con el oficio que tenía su padre cuando moría, en este caso Sacerdote en el templo, por qué entonces Juan el Bautista no siguió con la tradición? Ha habido distintas hipótesis, pero creo que la respuesta se encuentra en medios culturales, filológicos y geográficos. (1) La comunidad de los esenios, o del Mar Muerto como ha sido llamada comúnmente, vivía en una forma de monasticismo alejados de los grupos sociales, y radicados en los desiertos de Judea. Cuando leemos sobre Juan, lo vemos presente en el desierto al igual que los esenios (Mat. 3:1; Mar. 1:4; Luc. 1:80). (2) La esencia de predicación de la comunidad del Qumrán era la apocalíptica, enmarcada en el concepto del “Reino de Dios”. Al igual que la comunidad del Qumrán, la predicación de Juan fue prolijamente de matiz apocalíptica, y su predicación estuvo enfatizada dentro del concepto el “Reino de Dios”, y la consecución y cumplimiento escatológicos en la persona del Mesías esperado (Mat. 3:2,7; Mar. 1:7). (3) De las siete primeras copias encontradas en los Rollos del Mar Muerto, dos son copias del Libro de Isaías. En la cueva número 1 (Q1) fue encontrado un documento denominado “Regla de la Comunidad”, y era la base litúrgica, moral y religiosa de la comunidad del Qumrán. En la columna 8 de ese documento se lee: “Y cuando éstos existan… según estas disposiciones… se separarán de en medio de la residencia de los hombres de iniquidad… como está escrito: en el desierto preparar el camino del [Señor] (o personalidad divina-espiritual de la comunidad)”. La referencia anterior hace eco de lo anotado por el profeta Isaías en 40:3. Tal comunidad se auto-aplicaba la mención Isaiana. Al igual que la comunidad de los Esenios, los Evangelios le atribuyen y aplican el Texto de Isaías 40:3 (Mat. 3:3; Mar. 1:3; Luc. 1:76; Jn. 1:23). De esta forma, Siervers alimenta lo dicho diciendo que “el área de acción de Juan no está lejos del lugar de los Rollos del Mar Muerto, y de la comunidad del Qumrán, y su mensaje presenta claramente un carácter mesiánico y escatológico, el que también es un elemento central en la teología de los Rollos, pues la comunidad de Qumrán es fundamentalmente mesiánica y escatológica”[3].

Ahora, dentro de la perícopa de Juan 1:29.34, aparecen elementos de suma importancia que revelan el interés intensificado en la comunidad pre-pascual ante las expectaciones mesiánicas que presenta el libro de Isaías. La perícopa en cuestión aborda la discusión propiamente. Pienso que cuando el autor del fragmento en discusión escribía sobre la figura de Juan el Bautista, y el acontecimiento del bautizo de Jesús lo hacía desde las reflexiones contenidas en el libro del profeta Isaías. (1) “Voz que clama en el desierto…” (Juan 1:23; Isa. 40:3). (2) Sobre el escogido de YHVH recae su Espíritu (Isa. 42:1); sobre el objeto divino personificado, y posterior cumplimiento de las expectaciones y esperanzas Israelitas, recae el Espíritu de YHVH (Juan 1:33). (3) Hay complacencia/contentamiento de parte de Dios cuando su Espíritu recae sobre el sujeto (Isa. 42:1; aunque no se da explícito en el evangelio de Juan, los otros evangelistas lo suponen Mat. 3:17; Mar. 1:11; Luc. 1:22). Juan el Bautista reconoció a Jesús como el Mesías cuando descendió el Espíritu de Dios, evocando y dando cumplimiento a la promesa contenida en Isaías 42:1. De paso, Jesús fue “condecorado” por el cielo como Mesías hasta el evento bautismal, pues la palabra Mashiah traduce como “ungido” “elegido”.

Ahora, El título “cordero de Dios” aplicado a Cristo es uno de los más citados y conocidos cuando se habla del Santuario y sus servicios, y su cumplimiento en la persona de Jesús en el Nuevo Testamento. Sin embargo, sugiere desafíos de origen etimológico y filológico, y compromete la codicología neotestamentaria. Juan el Bautista, quien hablara arameo (por la situación cultural de Palestina después del exilio babilónico), pudo haber utilizado, según ciertos autores, la palabra aramea talja que traduce como “siervo” y “cordero”. Según De la Pottier “Juan el Bautista, por su parte, había designado a Jesús como “Siervo de Dios”, mientras que más tarde, cuando al arameo fue traducido al griego, se prefirió el sentido de cordero…”[4]. También O. Cullmann dice al respecto: “En el evangelio de Juan encontramos a Jesús designado “Cordero de Dios”, el equivalente arameo del que también significa “Siervo de Dios”[5]. Al hacer un paralelismo entre Isaías 42:1, Juan 1:29-34 y Marcos 1:11 encontramos que lo que sugieren Cullmann y De la Pottier puede ser verídico. Juan presenta a Jesús como el Mesías (1:41), sobre el cual desciende el Espíritu de Dios (1:33), y posteriormente Marcos describe a un Dios no impasible demostrando afecto por lo acontecido, diciendo “tengo complacencia/contentamiento” (1:11). Ahora, cuando realizamos la misma dinámica en Isaías 42:1, encontramos los mismos elementos inmersos, pero al sujeto sobre el cual recae la acción se lo identifica con un apelativo de la teología hebrea: Isaías presenta al “Siervo”, sobre el cual recae el Espíritu de Dios, y posteriormente clausura el pensamiento con la expresión Isaiana: “contentamiento”. Al hacer el paralelo correspondiente, llegamos a una conclusión: Es probable que Juan el Bautista haya tenido en mente la figura de “Siervo de YHVH” del Antiguo Testamento cuando se refirió a Jesús dentro del contexto del pasaje en cuestión, o sea Juan 1:29. Considero que la expresión “Cordero de Dios” se constituye en una interpretación cristiana de Juan el evangelista por la vinculación con el Sacrificio de Cristo y Santuario, más que por la expresión utilizada por el Bautista. Con esto no quiero decir que la figura del cordero sea inapropiada para Cristo; antes bien, complementa la función del Siervo sufriente estipulado en Isaías 52:13-53:12. Juan, al igual que la comunidad cristiana, creía firmemente y con convicción que Cristo representaba el cumplimiento de las esperanzas dadas en el los ritos del santuario, y tal concepción motivó al discípulo amado para considerar de manera metafórica a Jesús como el “Cordero de Dios”. Juan vio los sufrimientos de Cristo. Experimento el amargo proceso del Calvario, y vivió la angustia en la persona de su Maestro. Juan vio la crucifixión de Jesús. Vio el proceso continuo de expiación por un mundo rebelde, y sumido en la incredulidad. Es por eso que Juan, cuando escribió su Evangelio, vinculó a Jesús con un cordero, evocando al sacrificio del santuario Israelita. Así como el cordero vertía su sangre en expiación por los pecados del pueblo, de la misma manera Cristo “condenó al pecado en la carne” (Rom. 8:3). El Siervo “es el ungido de Dios (Isa. 42:1), llamado a establecer justicia en la tierra (Isa. 42:1, 3,4), extender un ministerio a los gentiles (Isa. 50:4) como también a Israel (Isa. 49:5), ser agente de Dios en la salvación de alcance mundial (Isa. 49:1-6), y sin embargo, cumplir su tarea sometiéndose voluntariamente a una muerte sustitutiva (Isa. 53:4-6)”6. Jesús es el Siervo sufriente del Antiguo Testamento, y su consumación como “Cordero de Dios” en el Nuevo Testamento.

Por Richard Andrey Bolaños | Corporación Universitaria Adventista, Colombia | Facultad de Teología


Bibliografía

1- De la Potterie, Ignacio. La verdad de Jesús. Estudios de Cristología Joanea. Universidad pontificia de Salamanca. 1979. Pág. 23.

2 - Lakatos, Eugenio. Historia de la revelación bíblica. Movimiento Bíblico Católico. Madrid, España. 1973. Pag. 374.

3 - Sievers, Joseph. Judaísmo y cristianismo a través de los rollos del Mar Muerto. Pontificio Instituto Bíblico, Roma. Vol. XX. 2001. Pág. 47.

4 - De la Pottier, Pág. 26.

5 - Cullmann. O. Christology in the New Testament. The Westminster Press, Philadelphia. 1963. Pág. 78.

6 - Dederen, Raoul. Handbook of Seventh-Day Adventist Theology. Article On Christ: His person and his work. Maryland, EE.UU. 2005. Pág. 166.