Los servicios del Santuario: figura y sombra de las cosas Celestiales

Dios dio evidencias explícitas e implícitas que se encuentran en los servicios del Santuario concernientes a la misión que Cristo iba a realizar y a las promesas de la Redención. Por esa razón, cada cristiano sincero deberá estudiar el tema del Santuario, puesto que en él se encuentra la historia de la redención en figuras, en símbolos, en ceremonias, etc. Se dice que los servicios del Santuario son un tipo de lo que realmente iba a acontecer de una manera gloriosa y universal; donde el tipo se encontraría con su antitipo (Conexión tipológica); donde el símbolo se encontraría con su realidad. Alguien dijo en cierta ocasión que,

“todo el sistema de los tipos y símbolos [del Santuario] era una profecía resumida del Evangelio, una presentación en la cual estaban resumidas las promesas de la redención” (Hechos de los Apóstoles, pág. 13)

y que

“con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante 4000 años habían prefigurado al Cordero de Dios. El tipo se encontró con el antitipo, y todos los sacrificios y las oblaciones del sistema ceremonial debían cesar” (Cristo en su Santuario, pág. 64).

“En toda pagina, sea de historia, preceptos o profecía, las Escrituras del Antiguo Testamento irradian la gloria del Hijo de Dios. Por cuanto era de institución divina, todo el sistema del judaísmo era una profecía compacta del Evangelio.”(DTG. Pág. 211).

El tipo es una figura, un hecho histórico o un símbolo del Antiguo Testamento (AT) que se desarrolla de una manera local -dependiendo del contexto-; mientras que el antitipo es el desarrollo universal y glorioso del tipo, de la figura, del hecho histórico o del símbolo que se desarrolla en el Nuevo Testamento (NT). Un ejemplo claro y oportuno es el de Mateo 12:40 donde el mismo Cristo hace uso de la tipología bíblica, dice: “(…) como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.”

Cristo toma un hecho histórico del AT –el de Jonás– y lo aplica a su desarrollo glorioso en el NT, es decir, la muerte de él mismo. Así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, de la misma manera Cristo descansaría tres días y tres noches en el estomago de la tierra. Luego, el tipo (desarrollo local) vendría siendo Jonás y su antitipo (desarrollo glorioso) sería Cristo.

En esta obra, sólo nos hemos limitado al estudio del Santuario mosaico recurriendo a la tipología Bíblica para comprender a la plenitud lo que se encuentra en el Santuario, usando los libros de Éxodo, Levíticos, la epístola a los Hebreos y en ciertas ocasiones a los cuatro Evangelios, dado que en ellos está la clave para comprender todo concerniente a lo que Cristo iba a realizar en el Santuario Celestial, a saber, su ministerio sacerdotal y su entronización como Rey.

El deseo ferviente de este estudio es sin duda descubrir a Cristo en cada acontecimiento que se registra en la Biblia, especialmente en los servicios del Santuario, intentando explicar su cumplimiento universal, poniendo a Cristo como centro de todo el ceremonial Judaico y, dando paso a que el lector siga en el estudio del Santuario (recordemos que esta obra es una gruía del Santuario), por esa razón se ha titulado este tema: “Los Servicios del Santuario: figura y sombra de las cosas Celestiales; Nuestro firme Fundamento”. Porque es ahí, en el Santuario mismo donde se encuentra desarrollada la historia de la redención (tipo), mientras que en el Santuario Celestial es donde se encuentran desarrollados universalmente los ceremoniales judíos (antitipo), y donde también Cristo está llevando a cabo la mayor obra registrada en la historia: su ministerio Sacerdotal; colocándola en el mismo lugar que su vida, muerte y resurrección.

También como subtítulo se elegió la frase: “Nuestro firme Fundamento”. Puesto que es en el Santuario donde se encuentra el fundamento de nuestra fe, es ahí donde podemos ver a Cristo sacrificado como un cordero; es ahí donde vemos al Sumo Sacerdote ministrando día a día por los pecados del pueblo; es ahí donde el Sumo Sacerdote entra una vez al año para expiar los pecados de todo el año; es ahí donde podemos ver la purificación completa de todos los pecados del pueblo; es ahí donde Satanás esta tipificado en un cordero cargando la maldición de todo el pueblo y llevado al desierto para que muera con todos los pecados de Israel. Es ahí, en el Santuario mismo donde se centra nuestra esperanza, nuestro fundamento de la fe Cristiana: Jesucristo nuestro Salvador.

Es significativo que el Santuario en tiempos de Moisés tuviera que estar en el centro del pueblo de Israel (Núm. 4), una alusión tipológica a que el Santuario celestial debe estar en el centro del Israel espiritual hoy en día.

Parafraseando a una escritora muy famosa, en la cual concordamos plenamente en que

“la correcta comprensión del ministerio en el santuario Celestial es el fundamento de nuestra fe” (Cristo en su Santuario, Pág. 7)

y de que

“el pueblo de Dios debería comprender claramente el tema del Santuario y el juicio investigador. Todos necesitan conocer por sí mismos la posición y la obra de su gran Sumo Sacerdote” (CS, Pág. 542).

Por ende, para comprender la obra que nuestro gran Salvador está realizando en el Cielo, debemos recurrir a los símbolos del Santuario que prefiguraban a Cristo, su obra como Sumo Sacerdote y su entronización como Rey de reyes y Señor de señores.

Por otro lado, es importante reconocer que el Tabernáculo también tenía fines apocalípticos, puesto que las profecías de Daniel y Apocalipsis están completamente recargadas de referencias al Santuario, y que para la correcta comprensión de las profecías apocalípticas debemos entender a la perfección todo lo referente al Tabernáculo. Porque,

“como pueblo, debemos ser estudiantes fervientes de la profecía; no debemos descansar hasta que entendamos claramente el tema del Santuario, el cual está expuesto en las visiones de Daniel y Juan. Este asunto arroja luz sobre nuestra posición y nuestra obra actual, y nos da una prueba irrefutable de que Dios nos ha dirigido en nuestra experiencia pasada” (Cristo en su Santuario, Pág. 21).

Al escribir este tema, te invito a que juntos le abramos el corazón a Dios y dejemos que Él nos hable a través de su Santa Palabra. Para que eso ocurra, quizás -y es lo mas probable-, tengamos que volver al antiguo método usado por los reformadores de la Iglesia y los pioneros adventistas: La sola Escriptura; la Biblia y solo la Biblia como única regla de fe.

1. DOS COSAS INMUTABLE

En las Sagradas podemos encontrar dos tipos de pactos; dos pactos que Dios ha hecho con su remanente, tanto con el Israel sanguíneo como con el Israel Espiritual (Iglesia cristiana). En cada uno encontramos promesas y ordenanzas de culto. En esos dos pactos Dios ha dado a demostrar sus planes concernientes a la Salvación de la humanidad,

“para que por dos cosas inmutables(el énfasis es nuestro), en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros” (Heb. 6:18)

Una promesa hecha a la Humanidad

Cuando Adán y Eva pecaron y fueron destituidos del Edén, Dios puso en marcha el plan de salvación prometiendo un libertador. En Génesis 3:15 donde podemos encontrar la primera promesa de redención y la primera profecía mesiánica, Dios le dice a la serpiente: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tú simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza y tú le herirás en el calcañar”. La simiente de la mujer heriría a la serpiente (Satanás) en la cabeza dándole un golpe mortal, sin embargo, la serpiente también heriría a la Simiente de la mujer aunque no con un golpe mortal, sino sólo en el talón (calcañar). Alguien dijo en cierta ocasión que

“esta sentencia, pronunciada en presencia de nuestros primeros padres, fue una promesa para ellos. Mientras predecía la guerra entre el hombre y Satanás, declaraba que el poder del gran adversario finalmente sería destruido” (Cristo en su Santuario, pág. 24).

Posteriormente, Dios les preparó unas túnicas de pieles y los vistió a ambos (v.21), símbolo de que Dios los cubriría con la sangre de Cristo y los vestiría con su manto de gloria y justicia inmutable. Los primeros sacrificios se hicieron después de la promesa, a esto se debe el hecho de que Dios les preparara túnicas. Años más tarde, a Abraham también se le hace la misma promesa que se le hizo a Adán y Eva en el huerto del Edén, dice: “Y en tú simiente (énfasis nuestro) serán benditas todas las naciones” (Gn. 22:18), una reiteración de la promesa hecha en el Edén. Esta simiente claramente simbolizaba a Cristo. De hecho, la palabra hebrea que se usa para simiente proviene de la raíz verbal zara que significa básicamente “semilla” (Gn. 1:11,29; 26:12) mientras que en otras estructuras verbales significa “concebir” o “la capacidad de la mujer de quedar embarazada” (Núm. 5:28), es decir, la simiente que heriría en la cabeza a Satanás sería una semilla “sembrada” en el vientre de una mujer; sería una semilla que produciría frutos a “ciento por uno” (Gn. 26:12). Por lo cual, esto nos lleva a la conclusión de que esta simiente o semilla es Cristo, puesto que en cierto modo fue “sembrado” en el vientre de una mujer (Mt. 1:18; Lc. 1:26-38); y puesto que también en él, todas las naciones son benditas.

Todos los descendientes de Adán y Eva tenían que confiar en el libertador prometido. En el Edén Dios le dio instrucciones a Adán tocante a los sacrificios; estos simbolizaban a la simiente prometida y, mediante aquellas ceremonias se demostraría la fidelidad a Dios y la fe en el Salvador prometido. Elena de White lo explica de una manera mas elocuente diciendo: “El Sistema de sacrificios fue trazado por Cristo mismo, y dado a Adán para que tipificara al Salvador que habría de venir” (Ibíd., Pág. 25; énfasis nuestro). ¡Esa es la gran promesa del pacto! ¡Cristo es la gran promesa!

A Abraham, después que Dios le promete que en “tú simiente serán benditas todas las naciones” se le dio una ordenanza, en la cuál decía que “debe ser circuncidado el nacido en tú casa, y el comprado por tu dinero; y estará mi pacto en vuestra carne, por pacto perpetuo” (Gn. 17:13). Esta era la señal del pacto entre Dios y el hombre: la circuncisión. Abraham comprendió a la perfección esta alianza, puesto que se dijo, “oyó Abraham mi voz, y guardó mis preceptos, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (26:5), es decir, fue fiel en todo y, llegó a ser el padre de la fe, solamente por creer en la promesa de aquella Simiente; solamente por tener “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:2).

De manera que, este pacto fue el primero que Dios hizo con la humanidad y que producto del pecado tuvo como señal la circuncisión. Básicamente consistía en recordar la promesa de la Simiente (Cristo) mediante los sacrificios y guardar los mandamientos de Dios, que por ende, esa fidelidad se demostraría por medio de la circuncisión.

Tiempo mas tarde, cuando los descendientes de Abraham habían crecido en número y vivían en Egipto, se les olvidó el fin mismo de la promesa hecha a los primeros padres, puesto que Dios cuando los sacó de Egipto les dijo que tenían que, “guardar mí pacto” (Ex. 19:5). Era el mismo pacto hecho a los primeros padres, sin embargo como el pueblo de Israel había mezclado las creencias paganas de los otros pueblos con la de ellos, Dios “los tomó en alas de Águila” (Ex. 19:4) y los sacó de Egipto para que le sirvieran (v.5) y así entregarles un Santuario donde debían oficiar día a día y ser “un reino de sacerdotes, y gente santa” (v.6). El imperativo “guardar mi pacto” indica claramente que esta frase fue un recordatorio para los Israelitas a acordarse del pacto que Dios había hecho con Adán y que posteriormente se le reiteró a Abraham. Para que estos pudiesen comprender plenamente el ministerio que debía realizar aquella “Simiente”, Dios dio ordenanzas de culto y un Santuario donde se recordaría día a día todo concerniente al Salvador prometido. Es decir, que en los servicios del Santuario, Dios quería enseñarle todo lo referente a Cristo, alguien dijo que “en los sacrificios ofrecidos en cada altar se veía al Redentor” (Cristo en su Santuario, pág. 26). Sin embargo, los servicios del Santuario, además de ser un ente recordatorio para el pueblo de Israel de que la Simiente que había sido prometida a los primeros padres los iba a libertar del pecado muriendo como un cordero; se encontraba un propósito más amplio y más profundo, que era el de enseñarles todo lo referente a la historia de la redención: tanto su iniciación del gran conflicto como la purificación final del pecado; esto se refleja más explícitamente en el gran día de la expiación.

De una manera estilística, Elena de White resume lo que venimos diciendo: “el sistema de sacrificios confiado a Adán… fue pervertido por sus descendientes. La superstición, la idolatría, la crueldad y el libertinaje corrompieron el sencillo y significativo servicio que Dios había establecido. A través de su larga relación con los idolatras, el pueblo de Israel había mezclado muchas costumbres paganas con su culto; por consiguiente, en el Sinaí el Señor les dio instrucciones definidas tocante al servicio sacrificial” (Ibíd. Pág. 26).

Los dos pactos
Pero como ya se ha mencionado, la Biblia nos habla de dos pactos, el pacto antiguo y el nuevo pacto (Jer.31:31; Heb. 8:13). En efecto, la Biblia menciona dos pactos. El pacto antiguo como se lo ha llamado, es el que le fue recordado a Israel en el monte Sinaí, la Palabra de Dios nos dice: “He aquí vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día en que tome su mano para sacarlos de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto (el énfasis es nuestro), aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová” (Jer. 31:31-32). Tal como lo dice el profeta Jeremías, Dios había hecho un pacto con Israel el día en que los sacó de la tierra de Egipto, y se había “casado” con su pueblo en el Monte Sinaí siendo “un marido para ellos”. Pero la historia nos cuenta que Israel jamás guardo ese pacto, sino que se dice que “ellos invalidaron mi pacto” alejándose completamente de Dios, al punto de rechazar al Mesías que los servicios del Santuario tipificaban. Por eso Dios hizo un “nuevo pacto” con la casa de Israel, pero ya no con el Israel carnal, sino que con el nuevo Israel, el Israel espiritual, la iglesia de Dios. Sin embargo, al “pacto antiguo” se lo llama así, sólo porque fue confirmado primero por unos corderos (Ex. 24:5; Heb. 9:18,19); mientras que el nuevo pacto (el que le fue hecho a nuestros primeros padres) fue confirmado mucho tiempo después por la muerte de Cristo (Dn. 9:27), es por esa razón que se le llama nuevo pacto. Pero en realidad, el antiguo sólo sirvió como un tipo del verdadero, del “nuevo”. Sirvió como una enseñanza de lo que debería suceder en un futuro; pero Israel trágicamente no comprendió esto. Dios quería que el pueblo de Israel fuera un instrumento evangelizador a todas las naciones vecinas y del mundo entero, y que mediante las ceremonias del Santuario les mostrasen la historia de la redención y aquella Simiente prometida en el Edén, y de cómo Dios los iba restaurar por completo de las garras del pecado. Pero como ya lo hemos dicho, Israel no comprendió esto sino que invalido ese pacto apartándose de Dios por completo.

El apóstol Pablo resume un poco lo que venimos hablando, dice que, el pacto antiguo “tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal” (Heb. 9:1). Todos los servicios y los ministerios que se realizaban en el Santuario terrenal eran una “figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb. 8:5). Pero hoy, el “nuevo” pacto, el que fue hecho a los primeros padres, también tiene ordenanzas de culto y más aún, tiene un Santuario Celestial donde Cristo está intercediendo por nosotros día a día como nuestro amante Sumo Sacerdote.

A continuación se presenta un bosquejo de una manera más estructurada, mostrando la conexión tipológica de estos dos pactos:

Pacto Antiguo (Tipo)

  • Fue hecho al Pueblo de Israel en el Sinaí (Ex. 19:5).
  • Tenía ordenanzas de culto y un Santuario terrenal (Lev; Heb. 9:1).
  • Fue confirmado por corderos (Ex. 24:5; Heb. 9:18,19).
  • Tablas de la Ley puesta en el lugar Santísimo en un arca.

Pacto Nuevo (anticipo)

  • Fue hecho a los primeros padres y entró en vigencia con la Iglesia de Dios (Gn. 3:15; 22:18)
  • Tiene las mismas ordenanzas de culto desarrolladas de una manera universal y un Santuario Celestial (Lev. y Heb.).
  • Fue confirmado por la sangre de Cristo (Dn.9:27).
  • La ley es puesta en el corazón de los creyentes.

En síntesis, y a modo de conclusión, podemos decir que “aunque este pacto [el nuevo] fue hecho con Adán, y más tarde se le renovó a Abraham, no pudo ser ratificado sino hasta la muerte de Cristo. Existió en virtud de la promesa de Dios desde que se dio el primer indicio de redención; fue aceptado por fe; no obstante, cuando Cristo lo ratificó se lo llamo pacto nuevo… y es llamado el segundo pacto o nuevo pacto,” simplemente “porque la sangre con la cual fue sellado se derramó después de la sangre del primer pacto.”(Patriarcas y Profetas, Pág. 236).

2. LA CONSAGRACION DEL PUEBLO

Alrededor de tres meses después de la salida de Egipto, “dijo Jehová a Moisés: Sube ante Jehová, tú, y Aarón, Nadab, y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y os inclinareis desde lejos. Pero Moisés solo se acercará a Jehová; y ellos no se acerquen, ni suba el pueblo con él” (Ex. 24:1,2)

Moisés fue fiel al llamado, subió al monte y escribió todas las ordenanzas que Dios le dio, luego contó a todo el pueblo lo que Jehová le había dicho y a una sola voz respondió el pueblo “haremos todas las palabras que Jehová ha dicho” (v.3).

Estamos exactamente en pleno acto de la confirmación del pacto. Moisés muy de temprano edifica un altar para confirmar el pacto que Dios ha hecho con su pueblo, sin embargo, Dios también quería que todo el pueblo participara, por lo que Moisés hizo “doce columnas, según las doce tribus de Israel” (v.4). En seguida, todo el pueblo ofreció holocaustos a Jehová y Moisés “tomo la mitad de la sangre y las puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar. Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos de todo el pueblo” (vs.6,7). “En esta forma fueron repetidas solemnemente las condiciones del pacto, y todos quedaron en libertad de decidir si querían cumplirlas o no” (Patriarcas y Profetas, pág. 196), todo Israel acepto este pacto respondiendo a una sola voz: “Haremos todas las palabras que Jehová nos ha dicho”. Luego, Moisés tomó la sangre que estaba en los tazones y la roseó sobre el pueblo diciendo “he aquí la sangre del pacto” (v.8).

Este acto que se realizó en el monte Sinaí fue muy importante y con un significado muy profundo, fue el hecho en que marco al pueblo de Israel; fue en definitiva: la consagración del pueblo. Dios quería que su pueblo fuese “un reino de sacerdotes, y gente santa” (Ex. 19:6), para eso tenía que consagrarlos como su pueblo. Según la Biblia, sólo con la sangre se obtiene la expiación y la consagración de una persona. Esta expiación/consagración se obtenía mediante la sangre de corderos que simbolizaban a Cristo. En Levíticos 17: 11 dice: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” En este versículo está la clave para comprender lo que Dios hizo con Israel en el monte Sinaí y todos los servicios sacrificiales. La frase “hará expiación” proviene del verbo hebreo “Kâfâr” que significa básicamente “cubrir o apaciguar” y que en la estructura intensiva pasiva (nifal) se traduce como “hacer apaciguar” o “hacer un cubrimiento”, de este mismo verbo viene la palabra Kippur que los hebreos la designaron para el día de la expiación, el Yom [día] Kippur [expiación] (Lev. 16:28). Por lo cual, nos lleva a la conclusión de que la sangre es la que “cubre” nuestros pecados y “apacigua” la ira de Dios hacia el pecador.

Lo que Dios hizo fue exactamente eso con Israel en el monte Sinaí, cubrió los pecados de estos por medio de la sangre simbólica de los corderos y apaciguó su ira hacia el pecado por medio de los holocaustos ofrecidos, para que cuando el santuario fuera construido, todo el pueblo estuviera en armonía con Dios.

Este acto que fue realizado en el Sinaí, se transforma claramente en una maravillosa conexión tipológica. Todo lo que Moisés realizó en el monte fue un tipo de lo que sucedería de una manera gloriosa. En los corderos estaba simbolizado Cristo. Con su sangre todos nosotros somos cubiertos (Kâfâr) y en Cristo la copa de la ira de Dios fue apaciguada (Kâfâr) (Mt. 26:42; Mr 14:36; Lc 22:42); por la vida de Cristo somos declarados justos delante de Dios y somos consagrados como un “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 P. 2:9); en Cristo, el “nuevo pacto” fue confirmado (Dn. 9:27); y por dicha sangre tenemos el privilegio de entrar simbólicamente al Santuario Celestial. Pablo declara con elocuencia: “teniendo libertad para entrar al Santuario por la sangre de Jesucristo” (Heb. 10:19). Esta alusión a entrar con libertad al Santuario Celestial implica que tenemos un privilegio de recibir las bendiciones que en otro tiempo no teníamos acceso; pero hoy, teniendo a Cristo en nuestros corazones podemos tener acceso a bendiciones que estaban simbolizadas en el Santuario mosaico.

Una vez realizado el acto de confirmación, Moisés se dirige nuevamente al Monte Sinaí con su servidor Josué, en donde Dios le dará el plano del Santuario y donde también escribirá la Ley inmutable con su dedo. “Entonces Moisés subió al monte, y una nube cubrió el monte. Y la gloria de Jehová reposó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió por seis días; y al séptimo día llamó a Moisés de en medio de la nube” (Ex. 24:15,16).

Solamente el pueblo de Israel deberá consagrarse más al Señor mientras Moisés recibe las instrucciones tocantes al Tabernáculo y sus servicios, para así poder estar aptos para la construcción de aquel magnífico Santuario. Pero… un momento… ¿Podrá Israel ser fiel a Dios? ¿Habrá comprendido a la plenitud el pacto?

Las respuestas más claras a estas preguntas se encuentran registradas en el capítulo 32:1-35… ¿merece alguna explicación este acontecimiento? Juzgue usted…

La Construcción del Santuario

Cuando Moisés subió al monte Sinaí, la Biblia nos cuenta que estuvo durante cuarenta días y cuarenta noches, en aquellos días Dios le dio las instrucciones y las medidas de cómo debía ser el Santuario. Todo, hasta las vestiduras de los Sacerdotes tenían que ser “conforme”… al “diseño del tabernáculo” del Cielo (Ex. 25: 9). Debía ser todo exactamente igual al plano que Dios le entregó a Moisés; todo el Santuario tal como lo dice Pablo, tenía que ser una “figura y sombra de las cosas Celestiales” (Heb. 8:5). Por consiguiente, para la construcción del Santuario terrenal se requeriría una consagración especial de parte de los que realizarían la construcción. De Hecho, Dios escoge y dota a hombres sabios para dirigir la obra. La Biblia declara que, “dijo Moisés a los hijos de Israel: Mirad, Jehová ha nombrado a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo ha llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, en ciencia y en todo arte… Y ha puesto en su corazón el que pueda enseñar a Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan; y los ha llenado de sabiduría de corazón (…)” (Ex. 35:30-35). White resume a la perfección estos versículos, dice: “hombres escogidos fueron especialmente dotados por Dios con habilidad y sabiduría para la construcción del edificio sagrado” (Cristo en su Santuario, Pág. 28). Una vez apartados los hombres que fueron preparados para la obra… es hora de comenzar a erigir el Santuario.

El tabernáculo (Ex. 26; 36:8-38)

El tabernáculo era un apartamento que se dividía en dos secciones: Lugar Santo, y Lugar Santísimo. Este, “fue construido desarmable, de modo que los israelitas pudieran llevarlo en su peregrinaje” (PP, pág, 219). Medía aproximadamente 17 mts de largo por 5 mts de ancho y de alto. Por fuera estaba cubierto con cortinas de “lino torcido, azul, púrpura y carmesí” (v.1). Todas esas cortinas eran las que cubrían al Tabernáculo por el rededor.

Mientras que por dentro estaba formado por “madera de acacia” (v.15) cubiertas de oro puro (v.29) puestas verticalmente sobre una base de plata. El techo estaba formado por cuatro cortinas, la primera era de “azul, púrpura, carmesí y lino fino”; la segunda de “pelo de cabra” (v.7); la tercera de carneros (v.14) y por último, una de tejones (v.14).

Como el Santuario fue construido en el desierto y para estar en él, estas cortinas tenían la función de cuidar de aquel magnifico edificio que unía el cielo con la tierra. La piel de “Tejones” era la última cortina que cubría el techo del tabernáculo, probablemente esta cortina sería hecha de delfines (heb. Tahash), que sería una muy buena cubierta para la lluvia. Mientras que las cortinas de carnero y de pelo de cabra podrían simbolizar la protección de Dios por medio de Cristo, un paralelismo providencial con Adán y Eva en el huerto del Edén (Gn. 3:21).

La parte interior estaba dividida en dos secciones por dos cortinas, las dos eran de “azul, púrpura, carmesí y lino torcido” (v.31, 36). La función de estas cortinas era hacer la división del Lugar Santo y Santísimo. La cortina que estaba a la entrada estaba formada por cinco columnas de oro que servían para sostener la cortina. Mientras que la cortina que separaba el lugar Santo del Santísimo, estaba formada por cuatro columnas de oro.

El Lugar Santo (Ex. 25:23-40; 30:1-10)

En el Lugar Santo se encontraban tres muebles: la mesa de los panes de la proposición, el candelero de oro y el altar de incienso. Este apartamento medía unos

La mesa de los panes de la proposición: Esta mesa estaba en la parte norte del tabernáculo y estaba formada por madera de acacia cubierta de oro puro (Ex. 25:1). Medía aproximadamente 1 mt de largo por 45 cm de ancho, y de alto unos 70 cm. Tenía cuatro anillos en sus cuatro esquinas que servían para llevarla.

En esta mesa estaban los doce panes de la presencia (heb. panním) que “los sacerdotes debían poner cada sábado…, arreglados en dos pilas y rociados con incienso. Por ser santos, los panes que se quitaban debían ser comidos por los sacerdotes” (Cristo en su Santuario, pág. 30) Esta mesa tenía: platos, cubiertos y tazones. Que servían: 1) para comer los panes continuamente (heb. Tamid) todos los sábados; y 2) los tazones servían para tomar el vino o libación que se ofrecía como una ofrenda (Ex. 37:16).

El candelero de oro: Este candelero se ubicaba en la parte sur del Lugar Santo, frente a la mesa de los panes de la presencia. Este candelero, como lo podemos ver en la imagen, estaba formado por siete brazos, sus copas eran “de flor de almendro, una manzana y una flor” (Ex. 25:33). Todas esas formas debían ser de una sola pieza y cubiertas de oro puro (v.36). En las copas había siete lamparitas, las cuales tenían que alumbrar continuamente (heb. Tamid) sin dejar que se apagara la llama (Lv. 24:1).

El Altar de incienso: Por último en la parte occidental del Lugar Santo, se encontraba el altar de incienso, este utensilio tenía la función de hacer la separación del Lugar Santo con el Santísimo, por ende, era un mueble un poco más santo que los demás, dado a que estaba más cerca de la presencia de Dios.

Se construyó de madera de acacia y se cubrió con oro puro (Ex. 30:1). Su altura era de aproximadamente 1 mt, mientras que su anchura y longitud eran alrededor de unos 45 cm, es decir, era cuadrado en su parte superior. En sus cuatro esquinas tenia cuatro cuernos (v.2). Encima se encontraba fuego, donde se debía quemar el incienso. Sólo el Sumo Sacerdote debía quemar incienso sobre él, “cada mañana cuando aliste las lámparas. Y cuando Aarón encienda las lámparas al anochecer, quemará el incienso (vs.7,8). Esto debía ser un rito “perpetuo” (heb. Tamid).
Elena de White nos dice que, “el fuego que estaba sobre ese altar fue encendido por Dios mismo, y se mantenía como sagrado. Día y noche, el santo incienso difundía su fragancia por los recintos sagrados del Tabernáculo y, fuera, por sus alrededores” (Cristo en su Santuario, pág 31).

Estos eran los muebles del Lugar Santo, todos estos utensilios debían “funcionar” -por decirlo de alguna manera-, continuamente (Tamid). El apóstol Pablo hablando de esto dice que “así dispuestas estas cosas, en la primera parte del Tabernáculo entran los Sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto” (Heb. 9:6). Todos los Sacerdotes debían ministrar en el Lugar Santo continuamente (Tamid) alrededor de todo el año, esto es lo que se conoce como el servicio diario, que en capítulos siguientes hablaremos más en detalle acerca de esto.

El Lugar Santísimo

Este lugar era el más sagrado, ya su sintaxis del nombre en hebreo lo dice todo, “Qodesh Qodashim”. Es una expresión que literalmente dice, “Santo Santos”. La primera palabra es singular “Qodesh” [Santo] y la segunda es el plural de la primera “Qodashim” [Santos]. Claramente la conjunción “Qodesh Qodashim” es una expresión superlativa que expresa mucha intensidad, es algo muy Santo, a eso se debe la traducción de “Santísimo”, un superlativo castellano.
Se le llama lugar Santísimo porque es en este lugar donde la presencia/morada (Shâkân) de Dios se encontraba. Es el lugar que une el cielo con la tierra, es donde está la Santa Shekinah. En este apartamento, solamente el Sumo Sacerdote podía entrar y solo una vez al año “en el mes séptimo, a los diez días del mes” se realizaba el Yom Kippur o el Gran Día de la Expiación (Lv. 16:29). Este compartimiento era cuadrado, semejante a la Santa Ciudad descripta en Apocalipsis 21 y 22.

En el Lugar Santísimo solamente se encontraba el arca del pacto, la vara de Aarón y el maná. El arca del pacto estaba hecha –como todos los muebles del Santuario– de madera de acacia cubierta de oro. El largo de este mueble medía aproximadamente 1 mt por 70 cm de ancho y alto. El arca del testimonio o de la alianza tenía una tapa que se le llamaba propiciatorio, en el cual habían dos querubines con sus alas extendidas por encima cubriendo el propiciatorio y “sus rostros el uno al otro enfrente del otro, mirando al propiciatorio los rostros de los querubines” (Ex. 25:20).

“La posición de los querubines, con la cara vuelta el uno hacia el otro y mirando reverentemente hacia abajo sobre el arca, representaba la reverencia con la cual la hueste celestial mira la ley de Dios y su interés en el plan de redención” (Cristo en su Santuario, pág. 32).

Este mueble cumplía la función de guardaban los diez mandamientos, los que Dios escribió con su propio dedo. “La ley de Dios, guardada como reliquia dentro del arca, era la gran regla de justicia y juicio. Esa ley determinaba la muerte del transgresor; pero por encima de la ley estaba el propiciatorio, donde se revelaba la presencia de Dios (Shekinah) y desde el cual, en virtud de la expiación, se otorgaba perdón al pecador arrepentido.” (Ibíd., pág. 32).

El Atrio

Por último, el Atrio era la parte exterior, la parte que cubría al Tabernáculo. Estaba formado por cortinas de “lino torcido” y media aproximadamente 45 mts de largo por 23 de ancho y 2.50 de alto. La entrada del Atrio estaba hecha con cortinas –al igual que todas las cortinas de las entradas- de “Azul, púrpura, carmesí y lino torcido” (Ex. 38:18), su anchura era de alrededor de 2.50 mts, y al igual que en el lugar Santísimo tenia cuatro columnas de oro para sostener la cortina. En su interior se encontraba el altar de los holocaustos o del sacrificio que media unos 2.50 mts de largo, al igual que su ancho y su altura 1.40 mts aproximadamente y estaba hecho de “madera de acacia” (Ex. 27:1). Un poco más a dentro se hallaba el lavacro, que era una vasija que servía para lavarse las manos y pies antes de entrar al Tabernáculo. El Atrio era el centro de los sacrificios diarios y especialmente, los del día de la expiación.

La obra del Santuario terminada

“No hay palabras que puedan describir la gloria de la escena que se veía dentro del Santuario: las paredes doradas reflejando la luz de los candelero de oro, los brillantes colores de las cortinas ricamente bordadas con sus relucientes ángeles, la mesa y el altar de incienso refulgentes de oro; y más allá del segundo velo el arca sagrada con sus querubines místicos, y sobre ella la santa Shekinah, manifestación visible de la presencia de Jehová; pero todo eso era apenas un pálido reflejo de las glorias del templo de Dios en el cielo, el gran centro de la obra de redención del hombre.” (PP, pág. 221).

Así es como fue construido el Santuario, sus utensilios, sus muebles, el Tabernáculo, todo fue hecho conforme al modelo que se le mostró a Moisés en el monte Sinaí.

Cuando la obra del Santuario fue terminada, la Biblia expresa dicha acción con las siguientes palabras: “Así fue acabada toda la obra del Tabernáculo, del Tabernáculo de reunión; e hicieron los hijos de Israel como Jehová lo había mandado a Moisés; así lo hicieron” (Éx. 39:32)

Estas palabras nos evocan a la Creación, especialmente al séptimo día, “y acabo Dios en el día séptimo la obra que hizo” (Gn. 2:2). Esta conexión lingüística con el verbo “acabar” (heb. Kâlâh) entre la obra de la Creación con la obra del Santuario, expresa en cierto sentido una alusión a adorar a Dios en el Santuario como un ser Creador, a que, mediante los sacrificios, ofrendas, y expiaciones por el pecado, también se recuerde a Dios como un ser Creador, además de Redentor. De hecho, en la Biblia el Dios Creador con el Dios Redentor van de la mano, es como las dos caras de una moneda, sin la una no puede ir la otra. El mismo Dios quien nos creó, es el mismo que nos salva del pecado. ¡Alabado sea Dios por eso!