La Mujer y el Ministerio

A. BOSQUEJO

Introducción
I. La mujer, ¿puede o no puede hablar?
II. Una señal de localidad
III. La mujer en la concepción paulina
IV. ¿Pueden las mujeres estar en el liderazgo de la iglesia?
Conclusión

B. MENSAJE

INTRODUCCIÓN

Estos dos versículos y son el tipo de versículos que a uno le gustaría que no estuvieran en el texto. No porque lo comprometen a uno, sino por lo difícil de explicarlos. Aunque la redacción es sencilla y bien claro su significado, cuando lo insertamos dentro de un contexto eclesiástico uno tiene que hacer algún malabar como para darle una explicación.

Las dificultades comienzan con el tema textual: su ubicación. Si bien estos dos versículos aparecen en los manuscritos, en muchos de ellos aparecen después del versículo 40. Por otro lado, los versículos 33 y 36 parecen tener continuidad temática y lógica. Pero la dificultad más grande es que primero está aparentemente desconectado de lo que viene discutiendo el apóstol: la controversia entre las lenguas y las profecías. Pero esto se agrava cuando uno lee 1 Co. 11, donde el apóstol da por sentado que las mujeres pueden orar y profetizar (y no recrimina en absoluto estas actividades), y obviamente se trata de un contexto litúrgico. El decir algo aquí totalmente contrario ha suscitado un montón de comentarios por parte de eruditos de todas las denominaciones y de todos los tiempos.

A algo que llegan algunos eruditos es que para explicar todas las diferencias la mejor conclusión es que esto ha sido una glosa interpolada. ¿Qué quiere decir esto? Que en algún manuscrito muy antiguo, aun del siglo I d.C., alguien (algún copista) colocó una nota marginal (técnicamente llamada “glosa”) y luego ésta fue introducida en el texto. Por otro lado, su redacción apunta a que no fuera legítimamente paulina.

Si bien esto resuelve algunas incógnitas, deja sin resolver su significado, porque sea de Pablo o no, está en la Biblia. Entonces surgen las siguientes preguntas: ¿es para todos los tiempos y para todas las iglesias? Si es así, ¿cuál es el mensaje específico para mí en este tiempo?

Como dijimos la amplia gama de interpretaciones de estos versículos están fuertemente vinculadas con las tradiciones eclesiásticas y teológicas del intérprete o el querer forzar su entendimiento a la luz de ubicación. Los problemas que hemos mencionado no terminan allí, porque el autor inclusive introduce la ley: “como dice también la ley”. Es evidente que se está tratando de la ley de Moisés, pero el punto es que la ley de Moisés no dice absolutamente nada al respecto. Por otro lado, cuando Pablo usa esta referencia a la ley, menciona el texto en particular. O sea, no es la forma habitual en que Pablo se expresa.

I. LA MUJER, ¿PUEDE O NO PUEDE HABLAR?

Una vez que descartamos la autoría paulina de estos versículos y asumimos que fue una nota marginal que luego se introdujo en el texto, debemos preguntarnos si la mujer puede o no puede hablar.

Nuevamente, a la luz de 1 Co. 11:1–16, Pablo no pone ninguna objeción al hecho. Menciona una situación litúrgica común en que potencialmente la mujer podría orar y profetizar en público. Y si fuera el caso, aquí debería haber cortado la posibilidad de expresión. Pero no lo hizo. De modo que la mujer puede expresarse espontáneamente en el ámbito eclesiástico y litúrgico. Y como en la expresión del don el Espíritu Santo es el soberano, éste puede ser una profecía, pero también una enseñanza, una instrucción, una palabra de sabiduría o de ciencia, o cualquier otra cosa. A la luz de 1 Co. 14 todos y cada uno de los asistentes puede profetizar, sin hacer distinción entre varones y mujeres.

De modo que no hay una cláusula puntual en la cual se haga la distinción entre varones y mujeres en el uso de dones o ministerios, excepto la que estamos considerando. Entonces, la pregunta es ¿por qué está acá? ¿por qué tiene tal contundencia?

Por otro lado, la estructura del pasaje tiene toda la pinta de ser un mensaje universal y para todos los tiempos, y no algo meramente local y para la congregación de Corinto. Y resulta más chocante. Es por ello, que este texto se ha utilizado para cortar a la mujer del ministerio y para colocarla en inferioridad de condiciones con respecto al varón. El escándalo que puede hacer una mujer es “silenciable”, pero el del varón no, porque es varón y porque las directrices de la organización eclesiástica, finalmente las puso el varón. Quizá respaldado o legitimado con un verso como este. De hecho, cada vez que surge la controversia, aun en estos días, se apela a estos versículos.

De todos modos, el autor no niega completamente la función de la mujer en la iglesia, porque ésta le debería preguntar a su esposo en su casa, y así ella encontraría alguna respuesta a sus inquietudes.

El problema es más grave hoy, donde el gran porcentaje de las personas que asisten a la iglesia son mujeres: hay muchas más mujeres que varones, y esta congregación no es la excepción. Y no sólo esto, muchas veces los varones asistentes son ignorantes acerca de las Escrituras y de la vida ministerial. ¿Cómo le explicaría el esposo a la esposa? ¿Y qué de las solteras? “Y bueno, pastor, los padres le explicarían”. De nuevo, los padres tampoco vienen. ¿Cuántas mujeres solteras hoy tenemos, cuyos padres no están presentes en la congregación y son incapaces de explicarles algo de la vida cristiana? ¿Y qué le queda para las viudas?

De modo que este pasaje encierra muchas dificultades, como para hacer de su contenido un principio universal y para todos los tiempos. Por un lado, repetimos, es contradictorio a lo que Pablo mismo dice y, por el otro, pasa a ser impracticable para el día de hoy y para la mayoría de los contextos sociales actuales.

II. UNA SEÑAL DE LOCALIDAD

Sin embargo, el texto dice algo de ser local. Primero por la ubicación: contienda en el desorden dentro de la congregación entre lenguas y profecías, y eventualmente la mujer desordenada en ese contexto.

Esto podría deberse no a aquellas que hacen un buen uso del don, sino de aquellas que lo usan mal o perturban de alguna manera en la manifestación de los dones; en este caso, preguntando y cuchicheando en el momento de la manifestación. Y entre todo el desorden que había, éste aumentaba la problemática local. Si fuera así, no sería tanto el problema con su significado, pero como dijimos, siempre su menaje tuvo una idea de alcance universal.

III. LA MUJER EN LA CONCEPCIÓN PAULINA

De allí que muchas veces se lo consideró erróneamente a Pablo como machista, lo cual es un error tanto biográfico, como ministerial, como cultural. No hay ningún indicio en su vida que él aborreciera, despreciara o minusvalorara a las mujeres. Ante el error de ambos, él actúa con igual fuerza o igual delicadeza. Para él, la persona en Cristo no tenía privilegios por ser hombre o por ser mujer. Pablo dice que en Cristo “no hay distinción ente griego y judío, circunciso o incircunciso, bárbaro, escita, esclavo o libre, sino que Cristo es todo y en todos” (Col. 3:11), y en en Gá. 3:28: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos son uno en Cristo Jesús”. Es decir, las diferencias sexuales, sociales, económicas, políticas, religiosas de origen, no tienen cabida para la nueva persona en Cristo Jesús.

En la concepción ministerial, él se pone en actitud de padre y de madre, valorando a ambas funciones como complementarias y necesarias, pero no exaltando la una y despreciando la otra (1 Ts. 2:1–10). Por otro lado, él considera valiosas las contribuciones de muchas mujeres. A Junias (probable esposa de Adrónico) la pone dentro del círculo apostólico (Ro. 16:7), lo cual es algo que muchos hoy no quieren reconocer. A Priscila, esposa de Aquila, le dice que le enseñe doctrina a Apolos (Hch. 18:26) (inclusive la pone primero que a su esposo en Ro. 16:3s), y aparentemente está, junto a su esposo, al frente de una iglesia en Roma (16:5). Febe, diaconisa de Cencrea (puerto de Corinto), es altamente recomendada y pide que la traten bien y que la ayuden (Ro. 16:1s).

Desde el punto de vista cultural, debemos entender que hasta el advenimiento del cristianismo la fuerte estructura patriarcal de la sociedad hacía que la mujer no existiera para la sociedad. No valía nada y el varón podía hacer lo que quisiera con ella. Pero el cristianismo la pone en igualdad de dignidad con el varón. Es natural que en algún caso se diera algún exceso en algunas de ellas, al no saber hacer uso de la nueva libertad que gozaban, ya que no había normas culturales para ello, y en el único lugar que se podían comportar así libremente era con otros cristianos en las asambleas.

En este sentido, primero, no podemos decir que era “machista”, y segundo, que este fenómeno cultural desviado pudo haberse dado en Corinto, entre todos los problemas que había, también entre varones.

De hecho, no son pocos los pastores que han involucrado a mujeres en el ministerio, por hallarlas más comprometidas y más responsables que los varones. Inclusive en una sociedad tan patriarcal como es la coreana, el pastor Yonggi Cho, puso al frente de sus miles de células mayormente a mujeres.

Por otro lado, si Pablo dice que el Espíritu Santo es soberano en la distribución de los dones, cómo Pablo sería tan contradictorio y autoritario para decir que las expresiones carismáticas deben darse sólo por medio de los varones y no de las mujeres.

IV. ¿PUEDEN LAS MUJERES ESTAR EN EL LIDERAZGO DE LA IGLESIA?

Y en este contexto de mujeres participando en la iglesia, en la liturgia y en la expresión de los dones, cabe otra pregunta más fuerte: ¿qué cabida tiene la mujer –si es que tiene alguna– en el liderazgo eclesiástico? O más puntualmente, ¿puede tener un liderazgo principal?

No cabe duda que los dones pueden manifestarse tanto entre varones como entre mujeres (las cuatro hijas de Felipe dice que profetizaban regularmente; ¿dónde lo harían, sino era en la asamblea?). Y no hay duda tampoco que en los primeros tiempos hubo ciertos cargos ministeriales ocupados por mujeres, como es el caso de Febe, Junias y probablemente Priscila. Pablo también se encuentra con un grupo de hermanas en Filipos que adoraban y oraban a Dios, lideradas probablemente por una tal Lidia de Tiatira (Hch. 16:12–16). De modo que era un grupo de mujeres lideradas por otra mujer, a las cuales Pablo no recrimina por su actitud, sino que se acopla a ellas y comienza a predicarles el evangelio.

Sin embargo, hasta el día de hoy, si bien algunos grupos aceptan la igualdad de derechos sociales, políticos, educativos, espirituales, cognitivos, económicos, humanos, y de otro orden, suelen poner trabas al momento de pensar en el liderazgo eclesiástico. Sí aceptan que pueda ocupar ciertos cargos de liderazgo: líder de alabanza, maestra de escuela dominical, líder de alguna célula, inclusive líder de jóvenes (por lo general funcionando junto con un equipo o con su esposo), pero no un cargo como el de pastora, y mucho menos de apóstol.

Pero claro, la gracia para una función la da Dios, pero el ser humano siempre se opone desde sus prejuicios. Y arguye: puede ser pastora, si es soltera. Puede ser evangelista, si es soltera. Y así sucesivamente. La razón es porque no puede ejercer autoridad sobre su esposo. ¿Cómo le va a decir a su esposo lo que tiene que hacer?

Pero nuevamente aquí hay dos cuestiones que están mezcladas. En primer lugar lo que es autoridad doméstica y lo que es autoridad ministerial. Y luego, lo que hemos dicho, que según 1 Co. 11:1–16, ser cabeza no quiere ser autoridad sobre, sino fuente (de vida). En el matrimonio nadie “manda” sobre nadie: el esposo no es autoridad sobre la mujer, sino que es fuente de vida, y la mujer debe respetarlo (Ef. 5:22–33).

¿Qué ejemplo más contundente que la Débora en ese contexto fuertemente patriarcal como era la cultura hebrea antigua, y donde Débora tenía esposo (Lapidot) (Jue. 4:4). No obstante fue la líder y jueza de todo Israel. Uno podría decir, que este fue un caso particular, porque Barac no se animó y no había otro varón que hiciera el trabajo que debía hacerse. Y así se arguye que es la excepción y no la regla. De la misma manera, la pastora es la excepción y no la regla, y debería existir funcionalmente en un lugar hasta que apareciese o se levante un varón. Y entonces ella debería dar un paso al costado.

Este tipo de argumentaciones no hacen más que sacar a flote prejuicios de tipo sociocultural. Y finalmente leen las Escrituras desde este filtro. El patrón correcto es lo que dicta la sociedad y la cultura, y la Biblia debe acomodarse a él. Y por su puesto, a muchos varones les conviene la posición subordinada a ellos de la mujer, porque así ellos están arriba. Y esto es tan viejo como Adán y Eva y la primera profecía que ella recibe de parte de Dios: “el tendrá dominio sobre ti” (Gn. 3:16).

Donde está el llamado de Dios, allí está el ministerio. ¿Quién es el varón o la mujer para cuestionar a quien Dios levanta? Tanto el uno como el otro es pecador, tanto el uno como el otro tiene que perfeccionar su carácter, tanto el uno como el otro necesitan del favor de Dios, necesitan conocer a Dios, necesitan vivir en dependencia de él. Uno no es más ni menos apto que el otro: ninguno de los dos nace sabiendo.

Lamentablemente, en la cultura machista, el hombre se resiste a someterse a Dios, y la mujer, siendo más sumisa, no le cuesta tanto. Esto es una de las razones por la que hay más mujeres que varones en la iglesia. Parecería que ser cristiano, que alabar a Dios, que cantar, que arrodillarse, que levantar las manos, que inclusive llorar en la presencia de Dios es señal de debilidad. Y lo es. Pero en una sociedad machista, el varón tiene que ser autosuficiente, y es medio “mariquita” mostrar algún rasgo de debilidad. El varón no llora. El varón se las banca. El varón lo puede todo. El varón tiene lomo para soportarlo todo. Y ese machismo, sin darse cuenta, pasa a ser una idolatría, o peor, una egolatría.

Por otro lado, déjame decirte que ser ministro o ministra, no quiere decir, digitar a las personas. Ser una autoridad espiritual no quiere decir esclavizar a los que tengo abajo mío, o usarlos como extensiones de mis brazos para que hagan lo que se me canta. La realidad es que si tú no aceptas a Fulano o Mengana como autoridad espiritual sobre tu vida, Fulano o Mengana no va a poder hacer nada por ti y no van a poder darte la cobertura espiritual que necesitas. En el mundo espiritual las cosas no se imponen, sino que se rinden. Sólo lo que se impone es la autoridad de Dios que él te concedió sobre el mundo de las tinieblas. Pero la autoridad espiritual en el liderazgo eclesiástico no es para someter a nadie, sino para edificar a las personas.

La autoridad espiritual es el contexto de alguna manera que se abre y se permite para ejercer el poder edificante del Espíritu Santo, y así crear las condiciones para que todo el cuerpo crezca y funcione como reflejo del Reino de Dios. Si es varón o mujer, ¿cuál es el drama?

De mi parte, no tengo ningún inconveniente de ordenar tanto a varones como a mujeres. De hecho estuve en presbiterios de mujeres. Y Dios quiera que de esta congregación se levanten mujeres pastoras, mujeres apóstoles, mujeres profetas, mujeres maestras, mujeres evangelistas, mujeres líderes en todo ámbito religioso, y además mujeres líderes en la sociedad: líderes de empresas, líderes en los negocios, líderes en las ciencias, líderes en las artes, líderes en la política, líderes en la educación, líderes en la medicina y en todas las ramas del saber.

Y esto depende de ti exclusivamente: si tú crees que Dios te llamó para líder, y Dios puede llamar y de hecho llama a las mujeres, y te puede llamar a ti (porque puedes pensar que Dios puede llamar a cualquiera, puede levantar a las mujeres, pero no a mí)... si te puede llamar a ti y lo hizo, comienza a liderar. Y el liderazgo fundamentalmente es influencia.

Y esto va tanto a varones como a mujeres. Dios nos llama a ser modelos de imitación: que nos imiten. Liderazgo es influencia; tú influenciando a otros. Si tú te dejas influenciar por otros, no estás siendo líder, sino liderado. Esto no quiere decir que uno sea autosuficiente, siempre uno va a estar bajo la cobertura de otro u otra. Pero vas a ser líder cuando influyas sobre otro. El o la líder que no tiene liderados tiene título o puesto, pero no tiene función; se engaña a sí mismo/a.

Como líder espiritual –varón o mujer– estás llamado a influenciar con los valores del Reino a otros. No coercitivamente –y esto es lo difícil. Sino que la gracia de Dios viene sobre ti para poder ser autoridad espiritual. Pero debes creerlo, primero: que Dios te llamó a ti para ser líder, persona de influencia.

CONCLUSIÓN

“Que la mujer calle en la congregación”. Olvídate de esto: no es de Pablo y no es para ti. Lo que es ciertamente de Pablo y es para ti como para mi y para todos, es que no haya desorden en la iglesia. Lo que es para ti y para mí, y para todos y para todo tiempo es que en Cristo Jesús no hay varón ni mujer, ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni ninguna otra distinción social, económica, racial, política, étnica, religiosa, cultural, y de cualquier otra índole. Lo que le importa a Dios es la nueva criatura en Cristo Jesús: es el hijo o la hija de Dios. Eso es lo que le importa. Y que ese hijo o hija de Dios sea un vaso que Dios pueda usar para canalizar su gloria. Que esa persona (independientemente de su sexualidad, condición y aspiraciones sociales) sepa rendirse ante él, que pueda crecer, que sepa humillarse, que sea sana y pueda relacionarse, que pueda establecer puentes de comunión, que pueda llevar las buenas nuevas, que pueda aconsejar a otros y otras, que pueda reconocer que no se puede vivir el cristianismo solo, que se requiere de alguien, de un par que esté a su lado, pero también que el Reino de Dios es una estructura de autoridad, por lo cual uno debe tener a alguien arriba y alguien abajo, pero ese “arriba” y “abajo” no habla de dignidad, sino de cobertura edificante.

A Dios no le importa en este sentido tu sexualidad (si eres varón o mujer): eres igualmente digno/a, eres igualmente poderoso/a en Cristo para confrontar a Satanás y vencerlo, eres igualmente valioso/a ante sus ojos, tienes las mismas capacidades para ser líder y eres un canal apto para la manifestación de cualquier don. Lo que sí es de Dios y es tanto para ti como para mí, es que el culto que le demos a Dios no sea desordenado, sino que refleje el carácter de Dios por medio de nuestra devoción.

Autor: Horacio R. Piccardo