La Deidad del Espíritu Santo en los escritos patrísticos

La opinión de los Padres de la Iglesia sobre la divinidad del Espíritu Santo es importante, pues revela lo que los primeros cristianos antes del concilio de Nicea (325 d.C) opinaban sobre este asunto que ha generado controversia a lo largo de los siglos. Si bien los escritos patrísticos no son inspirados, y nuestras enseñanzas no debieran basarse en sus concepciones teológicas, no es menos verdad que nos brindan un panorama amplio de la cosmovisión cristiana de los primeros años de la era común.

Aquellas denominaciones antitrinitarias comúnmente sostienen que los primeros cristianos creían que el Espíritu Santo era una fuerza o energía impersonal, tal como ellos creen hoy en día. Sin embargo, la evidencia historiográfica nos lleva hacia otra conclusión. Todas las citas presentadas a continuación datan de antes del concilio de Nicea (Siglo IV).

El Pastor de Hermas

“Al Espíritu Santo, que es preexistente, que creó toda la creación.” (El Pastor de Hermas, Comparación Quinta 6,5, Siglo II).

El “Pastor de Hermas”, escrito entre los años 130-140 d.C., declara que el Espíritu no solo es preexistente, sino creador de todo lo que existe, atributos y funciones que únicamente se pueden atribuir a Dios.

La Didache

“En cuanto al bautismo, bautizad de esta manera: después de
haber dicho previamente todas estas cosas, bautizad en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en agua viva.” (Didache 7:1, Siglo II)

La Didache, redactado hacia el 150 a.C, pone al Espíritu Santo al mismo nivel que el Padre y el Hijo, al citar la formula bautismal contenida en Mateo 28:19. Esto no solo es una evidencia tangencial a favor de la Deidad trina, sino que ademas deja en claro que la formula bautismal que menciona a las tres personas divinas no se trató de una interpolación posterior al Concilio de Nicea.

Martirio de Policarpo

“Por ello y por encima de todas las cosas te alabo, te bendigo, te glorifico, por medio de Jesucristo, Sumo Sacerdote eterno y celeste, tu amado siervo, por el cual la gloria sea dada a Ti junto a Él y al Espíritu Santo, ahora y en los siglos venideros, Amén” (Martirio de Policarpo XIV 1-3, Siglo II)

Este documento fue redactado hacia 155 d.C y la temática que aborda es la de describir como fueron martirizados algunos hermanos de la iglesia en la ciudad de Esmirna, entre ellos su obispo Policarpo. Las palabras citadas, atribuidas en el mismo epígrafe a Policarpo,  muestran una doxología sumamente interesante, pues rinde adoración, no solo al Padre, sino también a “El (Jesús) y al Espíritu Santo”.

Atenágoras de Atenas

“¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el orden? ” (Suplica a favor de los cristianos 10, pág. 661, Siglo II)

Hacia 177 d.C Atenágoras responde a las acusaciones en las que los cristianos son presentados como ateos por parte de los paganos. Es explicito en declarar que los cristianos “admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo”. Esta cita es clara y no da lugar a interpretaciones unitarias. El Espíritu Santo tiene el mismo nivel y categoría que el Padre y el Hijo.

Orígenes

“Finalmente, (los apóstoles) transmitieron que el Espíritu Santo está asociado al Padre y al Hijo en honor y dignidad.” (Tratado de los principios, praef. 4, Siglo III).

Orígenes, hacia 220 d.C declara que el Espíritu Santo es tan digno de honra como el Padre y el Hijo, y la base para sustentar dicha afirmación es que se trata de una enseñanza directamente proveniente de los apóstoles.

Tertuliano

“Antes de venir de nuevo sobre las nubes del cielo, como había subido, fundió el don recibido del Padre, es decir, el Espíritu Santo: el tercer nombre de la Divinidad y la tercera secuencia de la Majestad” (Contra Praxeas 30,5-31,2, Siglo III)

En la época de Tertuliano, estaba surgiendo el modalismo: la idea que establece que tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo son tres manifestaciones diferentes de una misma y única persona. Tertuliano se encarga de refutar a uno de sus principales promotores, Praxeas, y es interesante que mencione al Espíritu Santo como “el tercer nombre de la divinidad” evidenciando que su creencia es que Él era una persona, no una fuerza impersonal, además de llamarlo “tercera secuencia de la Majestad”.

Es interesante que se le considere el primero en usar el término latino “trinitas” (Trinidad), empleado más de un siglo antes del concilio de Nicea.

Hipólito de Roma

“… contemplamos el Verbo encarnado, por su medio pensamos en el Padre, creemos al Hijo, adoramos al Espíritu Santo.” (Contra Noeto 12, Siglo III).

Hipólito de Roma, al igual que Tertuliano, se encargo de refutar el modalismo. En el texto anterior claramente rinde adoración al Espíritu Santo, algo que solo se le debe rendir a Dios. Evidentemente él creía que el Espíritu Santo era algo más que una fuerza activa.

Conclusión

Dadas las citas mostradas en esta breve columna, es irrefutable el hecho de que los cristianos de los primeros tres siglos jamás concibieron al Espíritu Santo como una energía carente de personalidad. Por el contrario, en numerosas ocasiones, se le menciona a la par que al Padre y a Jesús, ademas de que también le atribuyen actividades bíblicamente adjudicadas a Dios.