La angustia de Jacob y las Bienaventuranzas

Vivimos en las postrimerías de la historia de la raza humana. Nos queda un breve pero duro trecho que recorrer. Muy pronto comenzaremos a sentir mucho más de cerca, en carne propia, los efectos de ese tiempo de angustia cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces. Si bien es cierto que necesitamos hacer algunos preparativos en el plano físico y material para el tiempo de angustia previo, no deja de ser menos cierto y mas trascendental que la preparación espiritual y nuestra comunión y dependencia de Dios es lo único que nos habrá de sostener en el tiempo de angustia. Los preparativos espirituales que hagamos para afrontar este tiempo determinarán nuestro destino eterno.

El diccionario define angustia como una intranquilidad acompañada por sufrimiento intenso ante un peligro o una desgracia. La primera vez que se usa este término en la biblia es con relación a la angustia de Jacob en Génesis 32:7.

En Jeremías 30:7 leemos:

“Ah, cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante á él: tiempo de angustia para Jacob; mas de ella será librado. Notemos que el profeta Jeremías se refiere a que ese tiempo de angustia ocurrirá en el futuro; dice que de esa angustia Jacob ‘será librado’.”

Pero Jacob ya hacía mas de 1,000 años que había muerto; ¿por qué entonces el profeta se refiere a él como si estuviese vivo en el tiempo de fin? ¿No será que así como existe un Israel espiritual también existe un Jacob espiritual? Si esto es así, de la misma forma en que fue librado Jacob también será librada la iglesia en ese tiempo de angustia.

Trasfondo de la vida de Jacob

Sería conveniente dar un vistazo a la vida de Jacob para entender este asunto. Primeramente el mismo nombre Jacob quiere decir suplantador, usurpador o engañador. Desde su nacimiento hizo honor a su nombre cuando nació agarrando el talón de su hermano Esaú (Gén. 25:26). Luego engaña a su hermano cuando le compra la primogenitura por un plato de lentejas (Gén. 25:34). Más adelante se queda con la bendición del primogénito al engañar esta vez a su padre Isaac recibiendo así la bendición que le correspondía a su hermano (Gen 27:1-29). Esto provoca la ira de su hermano de tal manera que Jacob tuvo que salir huyendo de su casa a buscar refugio en casa de su tío Labán (Gen 27:30-46). Allí con Labán el engañador es engañado por su tío cuando sirve 7 años de trabajo para lograr casarse con una de las hijas de Labán (Raquel) y se le entrega a Lea, la hija mayor; por la cual Jacob tiene que trabajar otros 7 años (Gén. 29:25-30). En esta convivencia con su tío, Jacob es engañado en cuanto a su salario y él también engaña a su tío para quedarse con la mayor parte de su ganado. Finalmente Jacob decide abandonar a su tío para regresar a su antiguo hogar donde se encontraba su hermano Esaú el cual aún estaba herido por lo que su hermano le había hecho años atrás. (Gén. 30 y 31). Muchas angustias mentales libró Jacob cuando se dirigía al encuentro de su hermano. Su estrategia para mitigar el enojo de su hermano y el lenguaje que utiliza para congraciarse nuevamente con Esaú nos indican que Jacob había recapacitado con relación a la manera que le había engañado. En repetidas ocasiones Jacob se describe a sí mismo como su siervo y a Esaú como a mi señor (Gén. 32:4, 5, 18, 20). Esto nos demuestra que Jacob estaba dispuesto a humillarse y a reconocer que se había quedado indebidamente con la primogenitura que le correspondía a su hermano mayor.

Angustia y liberación de Jacob

El culmen de esta angustia Jacob la libra solo al encontrarse con un ángel en Peniel. Veamos los que nos dice el libro de Génesis en el capítulo 22 y los versos 22-28:

Aquella misma noche Jacob se levantó, tomó a sus dos esposas, a sus dos esclavas y a sus once hijos, y cruzó el vado del río Jaboc. Una vez que lo habían cruzado, hizo pasar también todas sus posesiones, quedándose solo. Entonces un hombre luchó con él hasta el amanecer. Cuando ese hombre se dio cuenta de que no podía vencer a Jacob, lo tocó en la coyuntura de la cadera, y ésta se le dislocó mientras luchaban. Entonces el hombre le dijo: —¡Suéltame, que ya está por amanecer! —¡No te soltaré hasta que me bendigas! —respondió Jacob. —¿Cómo te llamas? —le preguntó el hombre. —Me llamo Jacob — respondió. Entonces el hombre le dijo: —Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.

Significado de la liberación de la angustia de Jacob

En hebreo, Israel significa él lucha con Dios. En su lucha en la soledad, dónde sólo Dios nos ve, Jacob fue invitado a declarar su nombre. Esto lo lleva a pronunciar el defecto de carácter que le estuvo atormentando durante toda su vida; una vida de suplantador, usurpador y engañador. De ahora en adelante su viejo carácter que queda atrás y una nueva criatura (Israel) se levanta para gloria de Dios.

Transición para el estudio de las bienaventuranzas

Aunque es muy bonita y rica en simbolismos la historia de la transición de Jacob a Israel y su angustia en Peniel quizás te preguntes ¿qué tiene que ver todo esto contigo? ¿Cómo puedes encontrar el secreto de la paz interior en el sermón del monte? ¿Cómo esta paz me capacita para estar firme en el tiempo de angustia y ser librado como lo fue Jacob? ¿Cómo puedo llegar a ser Israel, ese Israel espiritual que Cristo viene a buscar? Analicemos el sermón del monte, de forma particular “las bienaventuranzas” que tanta paz traen a nuestros afligidos corazones.

Las Bienaventuranzas

Primera bienaventuranza: Pobreza Espiritual

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. (Mateo 5:3)

De todas las bienaventuranzas esta fue la que más trabajo me costó para entenderla. En lo personal, siempre he pensado que debemos procurar la riqueza espiritual pero Jesús nos dice bienaventurados cuando somos pobres espiritualmente. Esta bien ser pobre económicamente hablando, no hay problema con eso, la pobreza económica no es pecado, Cristo mismo siendo rico se hizo pobre. Pero, ¿por qué N.S. Jesucristo considera bienaventurados a los pobres en espíritu? Hermanos queridos lo que pasa es que el pobre sabe que tiene necesidad. Reconoce su condición y no se conforma con ella. Sabe que puede alcanzar mas cuando ve el blanco tan elevado que Dios mismo le ha mostrado. N.S. Jesucristo lo ilustró muy bien con la parábola del fariseo y el publicano que se encuentra en evangelio de Lucas en el capítulo 18 y en los versos 9 – 14:

Y dijo también á unos que confiaban de sí como justos, y menospreciaban á los otros, esta parábola: Dos hombres subieron al templo á orar: el uno Fariseo, el otro publicano. El Fariseo, en pie, oraba consigo de esta manera: Dios, te doy gracias, que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; Ayuno dos veces á la semana, doy diezmos de todo lo que poseo. Mas el publicano estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, sé propició á mí pecador. Os digo que éste descendió á su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.

También en Apocalipsis 2:9 en el mensaje a la iglesia de Esmirna, que fue una iglesia perseguida y que también pasó por un momento de tribulación, nuestro Dios les dice:

Yo sé tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico),…

Segunda bienaventuranza: Los que lloran
La primera bienaventuranza nos lleva a la segunda, Mateo 5:4:

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Cuando reconocemos nuestra pobreza espiritual y al no estar conformes con ella, no nos queda otra alternativa que llorar. Cuando me veo en el espejo de la justicia de Cristo me encuentro pecador y al no estar conforme con mi condición me lamento, lloro.

Tercera bienaventuranza: Mansedumbre

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. (Mateo 5:5)

No me basta con reconocer mi pobreza espiritual, con no estar conforme con ella y llorar, ahora necesito dejarme guiar. Recordemos que no podemos resolver el problema de nuestra condición de pecado sino nos dejamos llevar y para eso es necesaria la mansedumbre. Debemos permitirle a Dios que nos dirija y para eso es necesaria la mansedumbre. Cristo es nuestro mejor ejemplo de lo que es la mansedumbre. En Mateo 11:28-29 encontramos la siguiente declaración de parte de N.S. Jesucristo

Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis reposo para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga.

Cuarta bienaventuranza: Hambre y Sed de Justicia
¿A dónde seremos guiados si se lo permitimos a Dios? Eso dependerá de nuestra necesidad. Siguiendo la línea de pensamiento de las bienaventuranzas anteriores éstas nos despiertan el hambre y la sed de justicia. Por eso en Mateo 5:6 dice:

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Sólo podremos encontrar justicia en Cristo Jesús quién nos atribuye su perfecta justicia al morir en la cruz del calvario Los mansos son llevados a comer y a beber el cuerpo y la sangre del Hijo del Hombre para perdón de pecados y por consiguiente ser declarados justos en Cristo Jesús. Ya hemos alcanzado su perdón y hemos sido partícipes de su justicia.

Quinta bienaventuranza: Los Misericordiosos
Una vez recibido la misericordia de Dios entonces podemos ser capaces de darla a otros al perdonar así como hemos sido perdonados. Mateo 5:7 dice:

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia.

El llamado de Dios es a dar de gracia lo que de gracia hemos recibido (Mateo 10:8). Recordemos la parábola de los 2 deudores (Mateo 18:33) para que practiquemos la misericordia cuando reconocemos que Dios ha sido infinitamente misericordioso con cada uno de nosotros.

Sexta bienaventuranza: Limpio Corazón
Una vez hemos alcanzado la misericordia de Dios y hemos sido misericordiosos con nuestro prójimo, entonces nuestro corazón queda limpio de todo pecado. Es por esto que ahora se nos lleva a la sexta bienaventuranza.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. (Mateo 5:8)

¡Que bendición tan grande el poder ver a Dios! Solo aquellos que vivan en santidad podrán ver su rostro. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. (Hebreos 12:14)

Séptima bienaventuranza: los Pacificadores
El corazón limpio y la santidad de Dios nos producen una paz interior verdadera que nadie puede quitarte, porque vienen de adentro, de tu relación con Dios; Cristo en nosotros. La séptima bienaventuranza nos dice:

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. (Mateo 5:9)

Octava bienaventuranza: Los que son Perseguidos
Las primeras 7 bienaventuranzas son el resultado de un carácter que refleja el de Jesús. Mientas que la última no es un atributo del carácter sino un resultado del contraste de un carácter piadoso en contraposición con el carácter de impiedad que hay en el mundo. Es por esto que la última bienaventuranza puede verse como una consecuencia de cómo reacciona el mundo impío ante los fieles que reflejan el carácter de Dios. Por eso esta bienaventuranza se enfoca en la persecución de los que son justificados por la sangre de Cristo.

Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. “Bienaventurados sois cuando os vituperan y os persiguen, y dicen toda clase de mal contra vosotros por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros. (Mateo 5:10-12)

Notemos que la recompensa de la 1era bienaventuranza es la misma que la 7ma; cerrando de esta manera el círculo del la perfección del carácter. La 8va bienaventuranza es externa al carácter y viene como consecuencia del carácter puro en contraste con el carácter del mundo.

Y también todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución. (2 Timoteo 3:12)

Nuestra condición actual

La gran pregunta ¿dónde estamos nosotros ubicados en esta escalera ascendente de las bienaventuranzas? ¿En cuál escalón estoy? ¿Hacia qué peldaño me dirijo? Lamentablemente el Testigo Fiel muestra a la séptima iglesia, a la iglesia de Laodicea, parada frente a la escalera, temerosa siquiera de dar el primer paso al reconocer su pobreza espiritual.

Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo;  (Apocalipsis 3:17)

Tal parece que en el colectivo la iglesia de Laodicea se niega a reconocer su dependencia de Dios y no ha acabado de hacer su confesión de pecados como lo hiciera Jacob.

Dios requiere que confesemos nuestros pecados, y humillemos nuestro corazón delante de él; pero al mismo tiempo debemos tener confianza en él, como en un Padre tierno, que no abandonará a aquellos que ponen su confianza en él. Dios no renuncia a nosotros por causa de nuestros pecados. Tal vez cometamos errores, y agraviemos su Espíritu; pero cuando nos arrepentimos y acudimos a él con corazón contrito, no nos desecha. (Joyas de los testimonios T. 2, p. 91)

Conclusión

La gran batalla final la libraremos solos como lo hizo Jacob, sin ningún tipo de ayuda terrenal. Nuestra angustia consistirá en buscar en nuestros corazones si ha habido algún pecado que no hallamos confesado mientras estuvo disponible la intercesión de Cristo en el Santuario Celestial. Que cuando se pronuncien las palabras de nuestro Sumo Sacerdote “consumado es” marcando el cierre de la puerta de la gracia (cuando el limpio siga siendo limpio y el sucio siga siendo sucio), que cuando ese momento llegue cada uno de nosotros podamos estar confiados de haber puesto nuestra voluntad en Aquél que dio su vida por ti.

Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro. (Hebreo 4:16)

Invito a todos los que quieran dar el primer paso de esa escalera de bienaventuranzas que haciende al cielo a través de Cristo Jesús a orar y consagrarnos a Dios en estos tiempos difíciles.

Autod: pastor Fernando Dávila