Estudio contextual de la parábola de “El Rico y Lázaro”

Entre los muchos textos que se han utilizado para defender la doctrina de la inmortalidad del alma y del infierno como lugar de tormento eterno y sin fin para los pecadores, está la parábola del rico y Lázaro, ubicada en Lucas 16:19-31. Esta parábola describe a dos hombres de distinta condición quienes, después de morir, llegan a lugares igualmente distintos (el rico a un lugar de tormentos en el Hades y Lázaro al seno de Abraham), y retienen su conciencia “en el más allá”. Muchos ven en esta historia una supuesta familiaridad de Cristo con el concepto de un estado consciente después de la muerte, con la recepción inmediata de la recompensa después de la muerte y con la existencia de un tormento duradero para los malvados. El punto es que ninguna de estas enseñanzas es coherente ni con las otras enseñanzas de Cristo, ni con otras doctrinas cristianas; ni siquiera lo son con las otras Escrituras.

El propósito del siguiente trabajo es enfocarnos brevemente en el contexto de la parábola para intentar dilucidar su significado y por qué Jesús la eligió como enseñanza, y por qué Lucas la eligió como relato.

Pasajes previos en Lucas 16
El capítulo 16 de Lucas inicia con Cristo hablando de la parábola del mayordomo infiel, la cual también es controversial en su enseñanza (vv.1-12). Posteriormente Cristo habla sobre las riquezas (v.13) y la perpetuidad de la Ley (vv.16-17). Luego menciona una advertencia contra el divorcio (v.18) y posteriormente la ya aludida parábola del rico y Lázaro. Aunque no parece haber una línea central en este capítulo, una mirada cuidadosa nos entregará las claves necesarias para interpretar la parábola del rico y Lázaro.

El primer tema que se reitera en el capítulo tiene que ver con las riquezas. La parábola del mayordomo infiel comienza mencionando a un “hombre rico” (v.1) que da una sentencia de despedida al mayordomo infiel, y finalmente “lo alaba” por su sagacidad (v.8). Los versículos 9 y 11 hablan de las riquezas, y el 10 de “lo más” en contraste con “lo poco”. El versículo 13 menciona a las riquezas como un rival de Dios en cuanto a la fidelidad de los hombres. El versículo 14 dice que los receptores de las palabras de Jesús en Lucas 16, los fariseos, eran “avaros”, es decir, codiciaban las riquezas. Claramente, cuando se presenta al primer personaje de la parábola que estudiamos, el hombre rico, inmediatamente el contexto señala no meramente a un hombre que tiene muchas posesiones, sino que a alguien que no sirve a Dios sino a las riquezas, y que no admira los asuntos celestiales sino cualidades terrenales tales como la sagacidad, la astucia y el engaño.

El segundo tema presentado de manera consistente en Lucas 16 tiene que ver con la perpetuidad, permanencia e importancia de la Ley de Dios. Mientras el protagonista de la primera parábola – el mayordomo infiel – destaca por su astucia y sagacidad, reduciendo los montos de las deudas de los deudores de su amo y así ganando su simpatía por medio de engaño, Cristo muestra que debemos aprender de tal mayordomo sobre cómo no proceder. Es una enseñanza por contraste y no por similitud o analogía. Si bien el versículo 9 se plantea como analogía (ganar amigos por medio de riquezas injustas tal como el mayordomo, buscar ser recibido en las moradas eternas tal como el mayordomo) el versículo 10 nos plantea un sendo contraste: ser fiel en lo poco y en lo “más”, a estricta diferencia del mayordomo de la parábola. Un cristiano debe ser fiel en su comportamiento, pues esto obedece a lo establecido en el noveno mandamiento: “no darás falso testimonio en contra de tu prójimo”.

Cristo está atrayendo la mirada de sus oyentes hacia la Ley de Dios. Por eso prosigue hablando sobre servir a Dios (v.13) y finalmente se centra en la Ley (vv.16-17), e incluso hace un comentario breve sobre el significado del séptimo mandamiento (v.18).

Pasaremos ahora a aplicar estos 2 conceptos (el engaño de las riquezas y la integridad de la Ley de Dios) a la parábola del rico y Lázaro y buscaremos encontrar si en alguna medida determinan el significado de la misma.

El engaño de la riqueza en la Parábola del rico y Lázaro
El primer personaje que se nos presenta en la parábola es el hombre rico. Este hombre efectivamente posee un estado socioeconómico elevado, lo cual se nota en sus costosas vestimentas (púrpura, tela usada por la realeza, y lino fino, también utilizada por la clase sacerdotal) y la descripción de su comida (“banquete con esplendidez”, “cada día”). Sin embargo, el rico es aparentemente insensible a las necesidades de quienes lo rodean. El mendigo Lázaro está echado a su puerta, esperando comer las migajas que caen de su mesa. Cuando ambos mueren, no se nos menciona que esta situación hubiese cambiado en algún punto. El rico vivió toda su vida con banquete, esplendidez y majestuosidad, teniendo consigo a un mendigo que vivió toda su vida en miseria, hambre y enfermedad.

La figura del hombre rico inevitablemente encuentra analogía con el hombre de la parábola del rico insensato (Luc 12:16-21) y con el “hombre rico” de Laodicea (Apoc 3). Todos los hombres ricos de estos textos tienen en común el vivir una vida de riquezas, lujo y esplendor pero en completo autoengaño de su verdadera condición: el rico insensato se siente seguro de su estabilidad y su condición pero “esta noche vienen a pedirte tu alma” (Luc 12:20). El laodicense dice “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad” (Apoc 3:17), y sin embargo Cristo dice que es “desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. El rico de Lucas 16 vive esta vida en lujos y esplendidez, sin saber que después de su muerte lo que le espera es tormentos y oprobio. La otra característica común a estos personajes es la falta de caridad y amor práctico para con los demás, el “hacer para sí tesoros y no ser ricos para con Dios” (Luc 12:21). El rico insensato acumula bienes para sí sin pensar en los demás. El laodicense se centra en sí mismo sin mirar a sus hermanos. El rico de Lucas 16 tiene mendigos muriendo a sus pies sin hacer nada por ellos.

Es tan clara la correspondencia entre el concepto de riqueza impía en el resto del capítulo de Lucas 16 y este personaje, que ni siquiera se le asigna un nombre propio, a diferencia de Lázaro. No requiere una mayor identificación: el hombre rico representa a quienes carecen de amor por sus hermanos, y viven una vida de engaño pensando en que sus riquezas los mantendrán libres de condenación.

La Ley de Dios en la parábola del rico y Lázaro
Cuando el hombre rico muere, despierta “en el Hades, estando en tormentos” (Luc 16:23). Desde allí contempla “de lejos” a Abraham, y a Lázaro en su seno. Le pide que envíe a Lázaro con agua en sus manos para refrescarlo. Ahora el rico viene a tomar conciencia de la existencia de Lázaro. Cuando Lázaro en vida tuvo necesidades, él nada hizo para satisfacerlas. Ahora ni siquiera se dirige a Lázaro, sino a Abraham para que envíe a Lázaro. En la mente del rico Lázaro es un objeto, un medio para obtener algo, no un ser humano. El rico no ha cambiado su pensar estando en tormentos, ni se arrepiente de su vida de engaños. Sin embargo llama a Abraham “padre”. Este es un detalle interesante, puesto que Cristo confrontó a los judíos quienes se jactaban de tener a Abraham como padre (Juan 8:39), y les dijo que mientras no hicieran las obras de Abraham no eran hijos de él. Pablo afirma que “los que son de fe, éstos son hijos de Abraham” (Gal 3:7), y que los que son de Cristo son linaje de Abraham (v.29). De la misma manera, Cristo dijo que la prueba del discipulado es el amor fraternal (Juan 13:35), y que la prueba del amor a Cristo es guardar los mandamientos (Juan 14:15). El rico se cree hijo de Abraham, pero carece de amor a sus semejantes, y por ende descuida la Ley de Dios, la cual se resume en el mandato “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gal 5:14). Por esto, Abraham niega al hombre su primera petición.

Posteriormente, y viéndose perdido, el hombre rico pide a Abraham que envíe a Lázaro a los vivos, a sus 5 hermanos, “para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento” (Luc 16:28). La respuesta de Abraham es notable: “A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos” (v.29). La Ley de Dios es levantada aquí como lo único necesario para que los hombres obtengan la vida eterna y el conocimiento de Dios. Cuando el rico insiste en enviar a alguno de entre los muertos, está reemplazando las verdades de la Palabra de Dios por señales sobrenaturales que contradicen la misma Palabra (puesto que la Biblia enseña que “los muertos nada saben” en Eclesiastés 9:5, y que está prohibido consultar a los muertos, en Deuteronomio 18:10-11). Mientras se enfatiza la superioridad de la Ley de Dios, el rico quiere otro camino distinto.

Abraham finaliza afirmando que “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Luc 16:31). Es interesante notar aquí 3 cosas: primero, que Abraham levanta la Ley de Dios por sobre la creencia en señales y milagros. Segundo, que mientras el rico pide que un muerto visite los vivos, Abraham dice que la alternativa sería que “alguno se levantare de los muertos”. Mientras el rico quiere ver ánimas, fantasmas o apariciones, Abraham dice que para un muerto comunicarse con los vivos tendría que “levantarse”, es decir, resucitar. Increíblemente, más que apoyar al infierno y la inmortalidad del alma, y el estado consciente de los muertos, esta parábola enseña todo lo contrario y da apoyo al resto de la evidencia bíblica. Tercero, es notorio que tiempo después de esta parábola efectivamente Dios envió a un Lázaro a levantarse de los muertos para dar testimonio a los incrédulos (Juan 11), y éstos aun así rehusaron aceptar el testimonio de la Ley: que Cristo era el Mesías prometido (Juan 12:9-10).

Conclusión: la aplicación del contexto a la parábola
Tras analizar el contexto de Lucas 16 y los elementos de la parábola del rico y Lázaro, es interesante notar cómo los “puntos en conflicto” dejan de ser conflictivos. La parábola no tiene por objeto hablar de los detalles de la muerte, de la naturaleza humana después de la muerte o de la existencia de lugares determinados para los muertos. Otros textos en la Biblia se dedican a ello (los ya citados de Eclesiastés y Deuteronomio; los textos de Apocalipsis que hablan de la recompensa final, entre muchos otros). Si así fuera, Lucas 16 tendría que habernos arrojado siquiera una pista al respecto, la cual no existe. Es raro que Cristo hubiese traído a colación un tema sobre la muerte cuando lo que estaba debatiendo era la importancia de la Ley de Dios y el engaño de las riquezas.

Sin embargo esos dos elementos (la excelencia de la Ley de Dios y el engaño de las riquezas) sí son puntos básicos que brillan a través de esta parábola. Cristo ocupa símbolos conocidos por los líderes judíos de su tiempo, y los manipula para enseñar la lección de que quienes son “ricos” en cuanto a la posesión de bienes espirituales (la Ley de Dios) deben velar por atender a sus hermanos quienes no tienen en forma natural tales beneficios. Si bien es cierto la lección de compartir los bienes materiales también se puede sacar de este texto, son la herencia y los bienes espirituales claramente los más destacados. De Israel son el pacto y la Ley y las promesas (Rom 9:4), y el deber del pueblo de Dios es darlos a conocer a quienes no los conocen aún.

Por lo tanto, el rico y Lázaro es una parábola con fines didácticos, con una lección moral respecto a la mayordomía de los bienes naturales, materiales y espirituales y su correcta utilización para beneficio de los más necesitados, y no tiene entre sus objetivos enseñar lecciones respecto al estado de los muertos. No obstante, sus detalles finales apuntan a la resurrección de Lázaro como una señal que sellaría las decisiones de quienes buscaban condenar a Jesús, estableciendo el poder de Dios para dar vida tanto como la veracidad de la enseñanza bíblica respecto al estado inconsciente de los muertos y la doctrina de la resurrección futura.

Marán atha