Esta es mi elección... ¿Predestinación?

Esta es mi elección

“Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deut. 30: 19).

“Escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24: 15).

Nuestra iglesia ha estado promoviendo, defendiendo y protegiendo la libertad religiosa desde sus inicios porque cree en la libertad de conciencia, y en su base: la libertad de elección.

Cuando me desperté esta mañana tomé la decisión de servir a mi Señor, de obedecerlo, de seguirlo, y leí esta hermosa oración: “Tómame, ¡oh Señor!, como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo y sea toda mi obra hecha en ti”.1

¡Esta es mi decisión! No es la decisión de mi esposa por mí. No es la decisión del pastor, ni una decisión heredada. Es mi propia decisión.

Cuando yo tenía dieciocho años decidí convertirme en discípulo de Jesús. Esta decisión produjo una revolución en mi vida y era conciente del precio que tendría que pagar. Anteriormente no creía en Dios y la mayoría de mis amigos tampoco. Solíamos mirar por encima del hombro a los que creían en Jesús y a cualquiera que creyera en la religión. Pensábamos y decíamos que la religión es sencillamente un arma para que los ricos exploten a los pobres.

Pueden imaginarse las reacciones de mis amigos cuando les dije: “El sábado iré a la Iglesia Adventista, porque es sábado”. ¿A la iglesia? ¡Qué cambio tan radical! ¿Adventista? Se preguntaban por qué había elegido unirme a la que consideraban una secta y no una iglesia reconocida. Muchos de los que me rodeaban pensaron que me había vuelto loco. Los más optimistas de mis amigos me excusaban diciendo que era algo pasajero. Esperaban que con el tiempo volviera en mis cabales. Sin embargo, el tiempo no me hizo cambiar de idea, porque había tomada una decisión basada en mis convicciones.

La libertad de elección es el origen de todas las libertades

Viktor Frankl, el famoso psicólogo que sobrevivió a los campos de concentración nazis, escribió: “Al hombre se le puede quitar todo menos una cosa; la última de las libertades humanas, la de elegir la actitud que uno tendrá en cualquier circunstancia, la de elegir su propio camino”. La libertad de elegir hace que los seres humanos sean humanos, no animales.

Al considerar este tema, me vienen a la mente seis preguntas:

• ¿Quién nos ha dado la libertad de elección?

• ¿Somos realmente libres para elegir?

• ¿Tiene el estado el derecho de forzar a la gente a tomar decisiones “correctas”?”

• ¿Es nuestra misión defender la libertad de conciencia?

• ¿Tiene consecuencias nuestra libertad de elección?

• ¿Qué podemos hacer para proteger nuestro derecho a elegir?

Consideremos detenidamente cada una de estas preguntas.

¿Quién nos ha dado la libertad de elección?

Dios nos creó a todos con la libertad de elegir: Satanás era libre para elegir, nuestros primeros padres tuvieron libertad para elegir. En el jardín del Edén Dios dijo: “De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás” (Gén. 2: 16, 17).

Cuando los samaritanos se negaron a dar hospitalidad a Jesús (Luc. 9: 52-56), sus discípulos querían pedir a Dios que destruyera aquella aldea. Pero él los reprendió: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois”. Después decidió ir a otra aldea. Jesús respetó la elección de los samaritanos y nos da a todos la libertad de seguirlo o no.

En un momento de crisis, cuando la mayoría de los discípulos lo habían abandonado, Jesús les preguntó a los doce: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6: 67). Incluso los que están bautizados siguen teniendo libertad para elegir.”

“En el libro de Apocalipsis, la carta a Laodicea va dirigida a la iglesia de los últimos días. El Cristo resucitado le dice: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Apoc. 3: 20). ¿Qué significa esto? Significa que cada uno es libre para decirle a nuestro Salvador “sí” o “no”. Aquel que ha recibido el reino, el poder y la gloria no nos fuerza a invitarlo a entrar en nuestras vidas.

¿Somos realmente libres para elegir?

Existen tantos factores que pueden influir en nuestras decisiones. Algunas personas creen que no tenemos libertad en absoluto, que nuestro destino está predeterminado. Lutero, y especialmente Calvino, no creían en la libertad de elección. Este defendía el concepto de la doble predestinación. Creía que no podemos elegir porque Dios ya ha elegido por nosotros. Podemos haber sido elegidos por su gracia o no.

“Al hombre se le puede quitar todo menos una cosa; la última de las libertades humanas, la de elegir la actitud que uno tendrá en cualquier circunstancia, la de elegir su propio camino”.

Calvino creía tanto en la salvación por la gracia que no podía aceptar la idea de que nosotros podamos hacer algo, ni tan siquiera decir “sí” o “no”. De acuerdo con Calvino, Dios ya lo ha hecho todo, así que dejemos que él decida.

Respetamos a Calvino, que fue uno de los más grandes teólogos protestantes, pero estamos en desacuerdo con él sobre el tema de la predestinación. En el Comentario bíblico adventista se encuentra la siguiente cita de Elena G. de White: “las Escrituras aclaran que los que una vez conocieron el camino de la vida y se regocijaron en la verdad están en peligro de caer en apostasía y perderse”.2

Dios nos ha dado la libertad de elección porque nos ama. Quiere tener una relación con nosotros basada en el amor mutuo. No quiere forzarnos a amarlo. Nos dio dignidad e inteligencia, y nos deja tomar nuestra decisión. ¿Significa esto que somos libres de rechazar la verdad? ¿Significa esto que tenemos que permitir que otros decidan perder la vida eterna? Del mismo modo que yo soy libre para decidir, ustedes también lo son. Es esa libertad la que nos hace seres humanos. Esa libertad es la esencia de la dignidad humana que nuestro Creador nos ha dado.

¿Tiene el estado el derecho de forzar a la gente a tomar decisiones “correctas”?

Agustín de Hipona vivió en el siglo V en el norte de África. Escribió acerca de su conversión en su libro Confesiones. En su tiempo, el Imperio Romano era “cristiano”, tras tres siglos de persecución, el cristianismo había llegado a ser la religión del estado. ¡Qué cambio tan increíble! La iglesia pensaba que debía defenderse a sí misma y la unidad del Imperio. Los herejes generaban problemas a la iglesia.

Este gran teólogo escribió: “Los emperadores cristianos deberían ayudar en la tarea de la iglesia de recuperar a los descarriados”. El trato era: nosotros los ayudamos, pero ustedes deben ayudarnos a resolver nuestros conflictos internos. Para justificar su posición, Agustín citó las palabras de Jesús: “Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa” (Luc. 14: 23).

Agustín, contrariamente a las enseñanzas de los Padres de la Iglesia anteriores a él, creyó que las autoridades civiles debían forzar a los apóstatas a aceptar la verdad. Se oponía a la tortura y a la pena de muerte, pero creía que los herejes vivían en la absoluta oscuridad y necesitaban algunos electroshocks para que se abrieran sus mentes y recibieran la luz de la verdad. Según él, el gobierno era quien debía dar los electroshocks. Este concepto llevó a la justificación teológica de mil quinientos años de persecución dentro del mundo cristiano.

En 1907 Elena G. de White escribió: “Dios no obliga a los hombres a renunciar a su incredulidad. Delante de ellos están la luz y las tinieblas, la verdad y el error. A ellos les toca decidir lo que aceptarán. La mente humana está dotada de poder para discernir entre lo bueno y lo malo”.3

En la Edad Media la iglesia establecida fue aún más lejos que Agustín de Hipona. Se dieron cuenta de que los falsificadores de dinero y otros delincuentes eran condenados a muerte de inmediato por la autoridad secular, y por lo tanto, creyeron que tan pronto como los herejes fueran convictos de herejía no solo debían ser excomulgados de la iglesia, sino incluso sentenciados a muerte por la autoridad secular.

Con la libertad viene la responsabilidad. Se nos da la responsabilidad de buscar la verdad y usar el buen juicio.

Los historiadores podrán decir que dio resultado. Si uno mira el mapamundi de las religiones, verá que los tataranietos de aquellos que fueron obligados a cambiar su fe están actualmente defendiendo enérgicamente su nueva religión. Oriente Medio y el Norte de África eran cristianos antes de ser musulmanes, y paganos antes de ser cristianos.

Puede funcionar a un nivel geopolítico, pero es un error forzar a la gente a cambiar, o a mantener su religión o sus creencias. Olvidamos que uno de los factores del éxito de la invasión musulmana en Oriente Medio y el Norte de África era la intolerancia de la iglesia cristiana. Muchas personas preferían vivir bajo la autoridad de los musulmanes que bajo la de los cristianos. Preferían evidentemente ser ciudadanos de segunda clase que perder sus vidas.

Desde el comienzo de nuestra historia, los adventistas del séptimo día nos hemos volcado completamente con la libertad de conciencia. Creemos, como se expresa en el Comentario bíblico adventista, que “cualquier uso de la fuerza o de la persecución en asuntos de religión es una regla inspirada por el diablo, no por Dios”.

Elena G. de White escribió:

“Al negar a la iglesia el poder de la espada, Jesús le prohibió solicitar al estado leyes para imponer creencias y observancias religiosas”.4

Para los adventistas, la bestia de Apocalipsis 13: 1 al 3 es una bestia no porque sus enseñanzas sean erróneas, no porque sus doctrinas sean falsas, sino porque usa la fuerza del estado para obligar a la gente a aceptar sus doctrinas.

Dios nos ha dado la libertad de cometer errores, la libertad de equivocarnos. Nos ha dado la libertad de elegir. ¡La elección es nuestra!

¿Es nuestra misión defender la libertad de elección?

Algunos cristianos creen que la libertad religiosa genera un buen entorno para proclamar la verdad, especialmente cuando somos una minoría. Pero cuando somos una mayoría y tenemos la verdad, ya no necesitamos la libertad religiosa, con la verdad es suficiente.

Elena G. de White asoció la verdad con la libertad religiosa,5 porque aunque uno piense que tiene la verdad, si no les damos a las personas el derecho a elegir, no somos de Dios. Los cristianos u otras personas religiosas que persiguen a aquellos cuyas creencias difieren de las suyas, están convencidos de que tienen la verdad y quieren salvar a otros; sus convicciones los pueden llevar a ser intolerantes con los demás. Miren lo que está sucediendo en el mundo hoy. En muchos lugares fanáticos religiosos están persiguiendo y matando a los que no creen como ellos.

Nunca debemos olvidar esto. Los adventistas del séptimo día constituimos menos del uno por ciento de la población, y a veces somos intolerantes. Imagínese lo que pasaría si tuviéramos una actitud fundamentalista e intolerante y constituyéramos el 85 por ciento de la población. Afortunadamente para nosotros, la verdad va de la mano con la libertad de aceptarla, con la libertad para decidir.

Algunos podrán decir: “Con este concepto de la libertad religiosa nunca serán mayoría en ningún país. No pueden ser mayoría si de una u otra manera no fuerzan a la gente a tomar la decisión correcta”. Puede ser. Ahora bien, llegar a ser mayoría no es la misión de la iglesia. Nuestra misión es proclamar las buenas nuevas y estar listos cuando Jesús venga, ser una señal del reino de Dios en la tierra. No es nuestra misión hacernos cargo del gobierno. No es nuestra misión forzar a la gente a hacerse adventistas del séptimo día o a permanecer en nuestra iglesia en contra de su voluntad. Nuestra misión es proclamar las buenas nuevas y servir a quienes nos rodean.

Consideren nuestra teología y nuestra eclesiología. Permitimos a las personas que elijan si desean ser bautizadas y unirse a nuestra iglesia. Cada año miles de miembros eligen abandonar la iglesia y no los asustamos, no los amenazamos con el fuego eterno del infierno si se van. No les decimos a los miembros de iglesia que serán malditos si no devuelven sus diezmos a Dios. Respetamos sus decisiones y sus elecciones.

No tenemos santuarios ni objetos sagrados. No compramos velas. No vendemos asientos para el gran auditorio del cielo ni ofrecemos indulgencias. Decimos: “No tengan miedo. En Dios son libres de cualquier clase de superstición. No hay un fuego eterno, ni la necesidad de tener un pastor o un sacerdote que hable con Dios en lugar de ustedes”.

Esa puede no ser la mejor estrategia para aumentar la feligresía de la iglesia y para atraer y conservar miembros, pero es la verdad. Necesitamos reafirmar la libertad de conciencia en un mundo donde, en términos de libertad religiosa, está siendo atacada constantemente.

En diez países no existe libertad religiosa, y hay muchas restricciones en alrededor de treinta países más. Millones de personas viven en lugares donde les es negado el derecho a decidir de acuerdo a los dictados de su conciencia. Promovemos y defendemos el derecho de todas las personas, en todas partes, a elegir su religión de acuerdo con su conciencia. Pero, al mismo tiempo, no ignoramos ni disimulamos las consecuencias de nuestras elecciones.

¿Tiene consecuencias nuestra libertad de elección?

La libertad de elección no nos libra de las consecuencias. Eso es algo que muchos no quieren escuchar. Franz Kafka escribió: “Eres libre; por eso estás perdido”. Muchos pretenden ser libres, pero están perdidos. Somos libres para elegir, pero la elección tiene un precio. Nuestros actos tendrán consecuencias.

¿Por qué es así? Porque la libertad conlleva responsabilidad. Se nos da la responsabilidad de buscar la verdad y de usar el buen juicio. La Biblia es muy clara; desde el principio, Dios dijo: “Ustedes son libres de comer de cualquier fruta del huerto, pero no deben comer del árbol del conocimiento del bien y del mal”. Entonces, Dios añadió: “Porque el día que coman de él, ciertamente morirán”. Usted es libre, pero si toma la decisión equivocada, sufrirá las consecuencias eternas. ¡Morirá!

En su último discurso ante el pueblo de Israel, Moisés exhortó: “Escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deut. 30: 19). Una decisión equivocada resultará en muerte.

Jesús no nos fuerza a seguirlo, sino que afirma claramente que si no lo hacemos, moriremos. Él no salvará a nadie en contra de su voluntad. Dios, no el hombre, hará la separación entre los que serán salvados y los que se perderán. Dios es el Juez.

Dado que tiene consecuencias para nuestra vida actual y para nuestra vida eterna, Dios nunca ha sido neutral. Un cristiano no puede ser neutral. La pedagogía de Dios puede resumirse así: “Ustedes son libres para elegir, pero tendrán que afrontar las consecuencias”.

El mundo no acepta fácilmente la idea de que existe una manera correcta de vivir. ¡Eso implica demasiada moralidad! En la década de los sesenta se solía decir: “Si te gusta, hazlo. ¡Hazlo ahora! ¡No esperes! ¡Olvídate de la religión! Eres libre. Haz lo que le parezca bien”.

Nuestra sociedad está ahora sufriendo más que nunca las consecuencias de la violencia, la opresión, la discriminación, la injusticia y la inmoralidad sexual. La libertad sin responsabilidad es como la ciencia sin conciencia: un caos.

Hemos de predicar la verdad con amor, respeto y convicción. Debemos decir: “¡Elijan la vida, elijan la justicia de Cristo, obedezcan los mandamientos!”, y debemos hacerlo porque es una cuestión de vida o muerte. Por eso, Jesús nos ordena predicar las buenas nuevas e invitar a la gente a aceptar la salvación por la fe; pero no hemos de forzar a nadie.

Al final, Dios separará el bien del mal, la verdad del error, lo correcto de lo incorrecto. Aquel que nos ha dado la libertad es nuestro único Juez y nuestro único Salvador. Solo él puede darnos la libertad absoluta.

¿Qué podemos hacer para proteger nuestro derecho a elegir?

• Tener confianza en Dios. Mantener esa confianza en él. Él es el Señor de la historia y tiene nuestro futuro en sus manos.

• Ser fieles. Defendamos nuestra fe aunque seamos los únicos. El Señor está con nosotros.

• Oremos por los que son perseguidos; necesitan nuestras oraciones.

• No atacar nunca a las otras religiones.

• Promover y defender la libertad de conciencia.

• Predicar las buenas nuevas.

Puesto que Dios nos ama, nos ha dado la dignidad de elegir libremente, de usar nuestra inteligencia y de desarrollar nuestra voluntad. Puesto que lo amamos, hemos decidido escogerlo a él, y oramos por los que todavía no han tomado su decisión, y promovemos, protegemos y defendemos la libertad religiosa para todo el mundo en todo lugar, y en todas las circunstancias.

Dr. John G. | Director de Libertad Religiosa de la Asociación General.

Nota: Te invitamos a leer la siguiente columna si no la ha leído: La Predestinación


Referencias

  1. Elena G. de White, El camino a Cristo (México: GEMA / Doral, Florida: APIA, 2005), pág. 104.

  2. “Comentarios de Elena G. de White”, Comentario bíblico adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1996), t. 6, pág. 1.114.

  3. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pág. 430.

  4. RF Liberty, 2:4/1907, pág. 5.

  5. Ver Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles (Doral, Florida: APIA, 2008), pág. 53.”