El pecado. ¿Conducta o carácter?

Una gran parte del tema de la justificación por la fe, la santificación y la relación entre la fe, la ley y la justicia, pasan por una definición de lo que es pecado. Muchos errores interpretativos se han cometido y se siguen cometiendo por cristianos sinceros y bien intencionados cuya comprensión del problema del pecado ha sido parcial e incompleta. El mismo Jesús tuvo que enfrentar al grupo académico e intelectual de su época, los fariseos, saduceos y escribas, por causa de su mala comprensión en este tema.

Entendiendo la importancia de comprender el tema de la salvación del hombre, tengo como intención basar el siguiente trabajo en definir y caracterizar el problema del pecado. La gran interrogante con la cual comenzamos es ¿qué es el pecado? ¿Es posible definirlo de acuerdo a las Escrituras? ¿Se trata de un problema conductual, es decir, de hacer o dejar de hacer ciertos actos? ¿O encierra un problema que va más allá de las acciones? Estas y otras interrogantes deberán ser resueltas a fin de adquirir un conocimiento más fiel a la Biblia en lo que se refiere a este tema.

¿Cómo definimos el pecado?

Probablemente la definición clásica que viene a la mente del lector proviene del texto de 1 Juan 3:4 donde el apóstol dice que “el pecado es infracción de la ley”. Algunos han basado su enfoque en este texto para definir el pecado como violación a los 10 mandamientos de Dios, y por tanto, el pecado puede definirse en términos conductuales (los idólatras, los perjuradores, los calumniadores, los mentirosos, los adúlteros, los homicidas, etcétera). Otros, hilando este texto con aquél que afirma que “no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Rom 6:14), dicen que el cristiano ya no debe preocuparse de sus acciones, puesto que no estando bajo la ley tampoco le es posible pecar, y por tanto llegan a favorecer aquella doctrina que dice “una vez salvo, siempre salvo”.

La propuesta de quien escribe es que la definición bíblica de pecado debe ampliarse para considerar tanto la terminología de 1 Juan 3:4 como otros textos que definen o caractericen al pecado. Si tomamos el primer punto, Juan usa las palabras jamartia y anomía para referirse respectivamente a “pecado” e “infracción de la ley”. El primer término hace alusión a “errar el blanco”, mientras que el segundo se traduce como “maldad, impiedad, infracción de la ley”. El apóstol Pablo enseña claramente que la Ley define al pecado al decir que “sin la ley el pecado está muerto” (Rom 7:8) o que “por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (v.13), o que “la Ley se introdujo para que el pecado abundase” (5:20), lo que armoniza con el texto de 1 Juan. El pecado es infracción de le ley, por lo que nuestra comprensión acerca de la ley modificará necesariamente nuestra comprensión acerca del pecado.

Por lo tanto, antes de ampliar nuestra comprensión bíblica del pecado, es necesario que analicemos qué es la Ley.

¿Qué es la Ley?

Sabemos que la Biblia identifica la Ley con los 10 mandamientos (Prov 3:1; Heb 9:19), pero que también amplía esta denominación a todas las enseñanzas que Moisés recibió de parte de Dios en el monte Sinaí (Exo 24:12; Jos 22:5; 1 Rey 2:3; 2 Rey 17:37; Neh 9:14), y que como quedaron registrados en los primeros 5 libros de la Biblia, escritos por Moisés, hicieron que esta porción de las Escrituras (que nosotros llamamos el Pentateuco) recibieran la denominación conjunta de “la Ley” (Mat 7:12; 11:13;22:40; Luc 16:16;24:44; Hech 13:15;24:14). En forma didáctica se ha dividido esta información en la Ley Moral de los 10 Mandamientos, y las diversas leyes civiles, leyes ceremoniales y leyes de sanidad, siendo estas últimas aplicaciones de la Ley Moral de los 10 Mandamientos.

Pero ¿cómo caracteriza la Escritura a la ley? La ley se compone de estatutos y juicios justos (Deut 4:8), de una ley de vida y bendición para quienes la guarden (32:46-47). En el Salmo 19 el salmista describe la ley bajo una serie de expresiones equivalentes (ley, testimonio, mandamientos, preceptos, temor, juicios) y la caracteriza como perfecta, fiel, recta, pura, limpia, verdad, deseable y dulce. También en el Salmo 119 el autor dice que “tu Ley es mi delicia” (v.77), que ama la ley de Dios, que es su meditación constante (v.97) y que la Ley es verdad (v.143). Pablo afirma en Romanos 7:12 y 14 que la Ley es santa, justa, buena y espiritual. Posteriormente dice que el cumplimiento de la Ley es el amor (13:10). Finalmente, Santiago afirma que Dios es el único dador de la Ley (4:12).

Podemos entonces tomar estas características y armonizar plenamente con Ellen White cuando declara que la Ley es un trasunto del carácter de Dios1. Todos los atributos que la Ley posee son atributos divinos: justicia, vida, bendición, perfección, fidelidad, rectitud, pureza, limpieza, verdad, dulzura, amor, santidad, bondad, espiritualidad. No se trata de sólo de 10 normas por las cuales debemos regir nuestras vidas, ni siquiera de un manual de comportamiento. Dios nos entregó en la Ley un autorretrato, una fotografía, una imagen de su misma esencia. La Ley no es un par de tablas de piedra inerte, sino una representación de su carácter, de su vida. Es por eso que el salmista puede decir que piensa todo el día en la Ley, que la ama y que la considera su delicia, porque al hacerlo a la Ley lo está haciendo a Dios.

Una definición de le ley en términos de normas y estatutos nos llevará a una definición conductual del pecado. ¿Hacia dónde nos lleva esta comprensión de la Ley?

¿Cómo definimos el pecado? (segunda parte)

Si pecado es infracción de la Ley, y la Ley es un trasunto, una representación del carácter de Dios, entonces el pecado es, por definición, un atentado contra Dios mismo2, una fuerza que va en contra de quien Dios es y lo que representa, un intento de borrar a Dios del mapa, de quitarle su autoridad y poder, despojarlo de su dignidad y derrocarlo de su trono universal. Viéndolo de esa manera, el pecado efectivamente resulta “sobremanera pecaminoso” (Rom 7:13), y con justa razón tiene equivalentes tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento que lo definen como “iniquidad” o “maldad”. Es más comprensible entonces que Pablo denomine al “hombre de pecado” como quien “se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto” (2 Tes 2:3-4), porque precisamente de eso se trata el pecado: rebelarse contra Dios, su soberanía y su voluntad.

Y es bajo esta comprensión que el pecado adquiere sus otras características a lo largo de la Escritura: la paga del pecado es muerte (Rom 6:23) porque sólo quien tiene al Hijo tiene la vida (1 Juan 5:12); el fruto del impío es para pecado (Prov 10:16) pues el árbol da frutos de acuerdo a su naturaleza (Mat 7:17-18); todo lo que no proviene de fe es pecado (Rom 14:23), puesto que sólo mediante la fe tenemos paz para con Dios (Rom 5:1). El pecado es definido como el “aguijón de la muerte” (1 Cor 15:56) puesto que el pecado es quien introdujo la muerte a este mundo (Rom 5:12; 7:13; Stg 1:15). Y finalmente Santiago declara que toda omisión al bien es pecado (Stg 4:17). Es precisamente este texto quien, aunque define el pecado en términos de conductas (en este caso, el no seguir una conducta de bondad), muestra que el pecado es claramente más que simplemente hacer actos de maldad.

Cuando el pecar no es un acto

Quienes definen el pecado en términos de actos u obras de maldad tienen serias dificultades cuando la Escritura aborda el tema del pecado desde mayores profundidades: Proverbios 24:9 declara que “el pensamiento del necio es pecado”, y por tanto muestra que el problema del necio no comienza cuando comete actos pecaminosos, ¡sino aun cuando recién los está gestando en su mente! Y de la misma manera Cristo en el sermón del monte vez tras vez mostró que los 10 Mandamientos comienzan a ser violados “en el corazón” (Mat 5:28) antes que en los actos, incluso cuando dichos actos no llegan a consumarse. Es precisamente esa la intención que Cristo tenía cuando aseveró que la justicia de sus seguidores debía ser mayor que la de los escribas y fariseos a fin de ser candidatos al reino de los cielos (Mat 5:20). La justicia a la cual Cristo hace referencia es aquella que viene por la fe en Él (Rom 3:22), la cual se manifiesta en actos de bondad (Stg 2:17-18) tanto como en pensamientos santos (Fil 4:7).

Por lo tanto, la Escritura es clara y consistente tanto para definir el pecado como para caracterizarlo, de tal manera que su compresión para nosotros no debe ser un misterio. La Biblia no declara que el pecado es primariamente un acto o una obra de maldad, si bien se manifiesta en actos y obras inicuas, así como la justicia de Dios por la fe se manifiesta en obras y actos de bondad. El pecado es rebelión contra Dios y su misma esencia, y al contaminar al hombre contamina sus pensamientos y deseos tanto como la expresión de estos, los actos y la conducta. La paga del pecado es muerte, porque quien peca se aparta de Dios, el dador de la vida, y por tanto dicha existencia no es viable según las leyes divinas.

Conclusión: la definición conductual versus la definición ideológica de pecado

¿Cuál es la importancia de entender la naturaleza del pecado según la Escritura lo presenta? Realmente es de mayor valor de lo esperado. La comprensión conductual de la problemática del pecado ha llevado durante siglos a los hijos de Dios a una comprensión errada de la Ley de Dios, de la justificación y la santificación, así como a una malinterpretación del rol del pueblo de Dios en cada era. Personas bien intencionadas que han entendido al pecado como una serie de actos prohibidos han tomado la Ley como una lista de “buenas conductas”, una pauta a seguir a fin de alcanzar la tan anhelada salvación. Dicha costumbre es conocida con el nombre de legalismo. El pueblo de Israel, desde los días de Moisés, se comprometió a obedecer las normas que Moisés entregó (Exo 24:7), y se esforzó por cumplir cada punto de la Ley, pero descuidando el espíritu de la Ley (Mat 23:23), lo que los llevó a quebrantar su tan admirada Ley. Cristo hizo frente en sus días a un legalismo que gobernaba sobre los corazones del pueblo, cuyos ojos estaban clavados en normas y reglamentos desprovistos de poder contra el pecado del corazón. Una definición conductual del pecado lleva al legalismo, y el legalismo convierte a los hijos de Dios en capataces de sus hermanos, en dedos acusadores, y la iglesia se vuelve un tribunal de juicio inmisericorde en el cual nadie querría permanecer.

Una definición ideológica del pecado nos lleva a aborrecerlo cada vez que recordamos que pecado es querer deshacerse de Dios, y que ese pecado (incluyendo el mío) logró arrebatarle la vida al Santo Hijo de Dios en la cruz. Esta definición nos hace apreciar el don de la justicia, nos hace desear esa fe que nos trae paz, nos hace admirar la Ley como retrato del carácter de un Dios amante, y nos convierte, como cristianos, en agentes de paz y de amor, embajadores de buenas nuevas a un mundo que perece.

Sea nuestra meditación el poder acudir cada día a Dios para adquirir su justicia, para que su imagen se reproduzca en nuestros corazones y podamos vencer el pecado para gloria de Su nombre.

Maran atha.


Referencias

  1. Mensajes Selectos tomo 1, p.283.

  2. Cuán llamativo resulta que en Antiguo Testamento la ofrenda por el pecado u ofrenda de expiación (Lev 5:6; 6:25) lleve por nombre en hebreo kjattaá, la misma palabra que denomina al pecado mismo: mientras el pecado es un intento de matar a Dios, en Cristo Dios solucionó el problema del pecado “matando a Dios” en el madero.