El Mensaje del Primer Ángel

El mensaje de los tres ángeles es una de las doctrinas distintivas de los adventistas del séptimo día. En él hallamos la descripción de nuestra misión en este mundo, la razón de nuestra existencia y de nuestra enorme responsabilidad. También nos da orientación, puesto que nos coloca en el contexto de las profecías de la Biblia. Por su ubicación, es un tema central en el libro de Apocalipsis, y por su significado, es un tema central en nuestra existencia.

Mucha información se ha ofrecido en cuanto al mensaje del primer ángel. Sin embargo, nos ha parecido que un estudio frase por frase resulta enriquecedor para el hijo de Dios, puesto que es un mensaje muy completo, y como veremos a continuación, describe de manera extensa los planes que Dios tiene para completar su obra y para que Cristo vuelva a buscarnos.

“OTRO ÁNGEL”

El mensaje del primer ángel comienza con la frase “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel…”. Aunque aparentemente se trata de mensajeros celestiales entregando estos mensajes especiales, históricamente se ha reconocido que la responsabilidad de predicarlos es de los seres humanos.[1] La palabra griega ἄγγελος, “ángel” significa “mensajero”, “enviado”, y por lo tanto, aunque se usa primordialmente en el Nuevo Testamento para identificar a los agentes divinos (cf. Mat 1:20, 24; 2:13, 19; 4:11; 28:2, 5; Hech 5:19; 2 Tes 1:7; 1 Tim 5:21; etc.), también puede ser utilizada para designar a seres humanos enviados por Dios (cf. Mat 11:10 “mensajero”; Luc 7:24; 9:52 “mensajeros”; Stg 2:25 “mensajeros”).

Sin embargo, y pese a lo anterior, es interesante notar que la expresión usada aquí en Apocalipsis es “otro ángel”, ἄλλον ἄγγελον (“otro ángel”), que denota la idea de “otro mensajero”. Los últimos dos ángeles que Apocalipsis comenta antes de éste son el ángel de Apocalipsis 10 (que tiene un pie sobre el mar y otro sobre la tierra, con el librito abierto en la mano) y el séptimo ángel de Apocalipsis 11:15. ¿A cuál de los dos hace referencia la expresión “otro ángel”, o mejor dicho, quién es el “un ángel del cual este ángel de Apocalipsis 14 es “otro”? La respuesta no es sencilla. Estrictamente, el último ángel mencionado antes de Apocalipsis 14 es el séptimo ángel de Apocalipsis 11:15. Sin embargo, ese séptimo ángel es parte de un grupo ya descrito primariamente en Apocalipsis 8:2. Juan tiene a los 7 ángeles de las trompetas a la vista mientras uno tras otro toca sus trompetas. Por lo tanto el último ángel que se despliega ante su vista antes de Apocalipsis 14, y el ángel en el que implícitamente piensa cuando retrata al primer ángel de Apocalipsis 14 como “otro ángel” es el ángel con el librito abierto de Apocalipsis 10. ¿Qué importancia tiene este detalle? Ciertamente, una muy destacada. El ángel de Apocalipsis 10 es Jesucristo mismo: su descripción es muy impresionante: un ángel fuerte, envuelto en una nube (comparar con Apoc 1:7), con el arco iris sobre su cabeza (comparar con Eze 1:28), su rostro como el sol (comparar con Mat 17:2 y Apoc 1:16), sus pies como columnas de fuego (comparar con Dan 10:6 y Apoc 2:18), y su clamor es como el rugido de un león (comparar con Isa 5:29; 31:4; Ose 11:10; Apoc 5:5). Se trata de Jesucristo quien protagoniza este capítulo.

Pero aún más sorprendente es saber que ¡el primer ángel de Apocalipsis 14 también es Jesucristo! El Apocalipsis menciona la expresión “otro ángel” diez veces, de las cuales cinco veces (Apoc. 14:8, 15, 17, 18, 19) se trata de seres angelicales, y las otras cinco (Apoc 7:2; 8:3; 10:1; 14:6 y 18:1) se trata de Cristo, representado como el gran protagonista de los eventos del fin, siendo el ángel del sellamiento de los 144.000, el mediador del incienso, el ángel con el librito, el predicador del evangelio eterno y el ángel que llama a salir de Babilonia. Esto es muy significativo, puesto que Jesús, el arcángel Miguel, es quien inicia y lidera el último mensaje dado al mundo, y ese mensaje guarda una relación estrecha con Apocalipsis 10, como notaremos posteriormente.

DE “EN MEDIO DEL CIELO” A “LOS MORADORES DE LA TIERRA”

Una de las características del mensaje del primer ángel tiene que ver con los lugares físicos que en él se mencionan. Se nos dice que el primer ángel volaba “por en medio del cielo”, y sin embargo los destinatarios de su mensaje son “los moradores de la tierra”. Estas dos expresiones se encuentran en Apoc 8:13, cuando aparece el ángel que da los tres ayees. Es una similitud bastante asombrosa, pues se trata de un ángel que también vuela “por en medio del cielo”, con un mensaje “a gran voz” que involucra “a los que moran en la tierra”, y menciona a “tres ángeles”. Apoc 19:17 también menciona a un ángel que clama “a gran voz” una invitación para que todas las aves que vuelan “por en medio del cielo” vengan a la cena de Dios, que corresponde a la destrucción final de los impíos. De los tres mensajes angélicos, el de Apocalipsis 14 destaca porque es el único que trae “buenas noticias” para los moradores de la tierra: el de Apocalipsis 8 trae ayees, y el del capítulo 19 anuncia la destrucción final de los impíos.

La expresión “moradores de la tierra” se usa mayormente para designar a los pecadores, a los seres humanos impíos (cf. Exo 34:12, 15; Jos 7:9; Jue 2:2; 2 Cron 20:7; Isa 26:21; Jer 25:29-30; Eze 7:7; Ose 4:1-3; Miq 7:13; Zac 11:6). En Apocalipsis esta expresión aparece 6 veces con este sentido (Apoc 11:10; 13:8,12,14; 17:2, 8).

¿Se dirige entonces el mensaje del primer ángel a los seres humanos impíos? En parte, sí. Es un mensaje de arrepentimiento, y por tanto se dirige a seres pecadores, quienes son los que necesitan arrepentirse (Mat 9:13; Mar 2:17). Sin embargo, la expresión “moradores de la tierra” también se aplica a los seres humanos en forma independiente de su estado moral en ese momento, o mejor dicho, a seres que deben tomar una decisión crucial en ese momento de su existencia. Por ejemplo, en Apocalipsis 12:12 se nos dice que el diablo ha descendido a ellos, con gran ira. El mensaje del libro de Joel menciona reiteradas veces a los moradores de la tierra como quienes deben tomar la decisión de prepararse para la llegada del día de Jehová (Joel 1:14; 2:1). Y es en este contexto que el mensaje del primer ángel se dirige a ellos: a todos los seres humanos que deben tomar una decisión, ya sea a favor o en contra del gobierno divino. Claramente la recomendación divina es a “temer a Dios”, y a adorarle. Pero es una decisión que debe ser tomada en forma urgente, puesto que hora del juicio ha llegado.

Por lo tanto este mensaje tiene la firma, la manufactura divina, puesto que quien lo trae viene del cielo, donde mora Dios. Pero se dirige a la tierra, a los seres humanos pecadores, llevando la urgencia de un llamado al arrepentimiento y la conversión verdadera, puesto que la hora del juicio ha llegado.

EL EVANGELIO ETERNO

El contenido del mensaje del primer ángel es llamado “el evangelio eterno”. Es la única vez en las Escrituras que aparece esta expresión como tal. En griego, εὐαγγελίζω, “evangelio”, es la expresión “buen mensaje”, “buena noticia”, que se ocupa en el Nuevo Testamento para hablar de la vida, obra, ministerio, muerte, resurrección y ascensión de Cristo, tanto como del registro de los hechos históricos relacionados con Cristo (Mar 1:1), y con el ministerio de la salvación y el desarrollo del plan de la redención, la justicación por la fe y el perdón de los pecados (Mar 1:15; Hech 20:24; Rom 1:16). Por otro lado la expresión traducida como “eterno” es αἰώνιος que significa “sempiterno”, algo que alude tanto al pasado como al futuro (2 Cor 4:18; 1 Tim 6:16; 2 Tim 1:9; 2 Ped 1:11). Se ocupa en expresiones como “fuego eterno”, “vida eterna”, “juicio eterno”, “Dios eterno”.

¿Es éste evangelio eterno de Apocalipsis 14 uno distinto al evangelio del que habla el resto de las Escrituras? No puede ser, puesto que el apóstol Pablo dijo que cualquier evangelio diferente del que él predicaba era anatema (Gal 1:6-9). Entonces, este evangelio debe ser el mismo evangelio mencionado en el Nuevo Testamento. Pero, ¿en qué sentido este evangelio es eterno? ¿Quiere decir que la oportunidad de salvación será extendida por siempre, en forma indefinida? Este concepto, muy popular entre ciertos cristianos, no es concordante con el testimonio de las Escrituras, ni siquiera con el resto del mensaje del primer ángel. El elemento temporal del mensaje queda definido cuando se anuncia que “la hora de su juicio ha llegado”. Habiendo llegado una hora de juicio, se entiende que hay plazos temporales, aún para la salvación de los pecadores.

La respuesta para el dilema de la eternidad del evangelio es similar a la respuesta dada al tema del fuego eterno. La Biblia no apoya la idea de un infierno que queme a los pecadores por las edades sin fin, castigándolos una y otra vez sin terminar nunca su tormento. Pero el fuego eterno es eterno porque sus resultados son eternos (Jud 1:7). No se trata de un arder por siempre, sino de un proceso que consume para siempre. Los resultados del fuego eterno son la aniquilación definitiva e irreversible de la maldad del universo. El fuego no se acaba mientras tenga algo que consumir (Mar 9:44). Y aquello que es consumido no vuelve a su estado original. De la misma manera, el evangelio es eterno no porque el tiempo de gracia se extienda en forma indefinida (2 Cor 6:2), sino que porque sus resultados son eternos: vida eterna a todo aquél que cree (Juan 3:16; 6:40; Mat 25:46; Rom 5:21; 6:23; 1 Jn 5:11-13). Además, el plan de redención, llamado por Pablo el “misterio oculto revelado”, es el evangelio que fue diseñado “desde tiempos eternos” (Rom 16:25-26). Por consiguiente, este plan de redención que presenta la oportunidad de salvación a los pecadores es el evangelio eterno, que en el contexto del juicio final es presentado con suma urgencia a los habitantes de la tierra en este primer mensaje angélico.

“TODA NACIÓN, TRIBU, LENGUA Y PUEBLO”

A manera de profundización de la expresión “los moradores de la tierra”, Juan nos entrega esta cuádruple expresión, que designa no solo el tipo de personas a las cuales el Señor desea alcanzar con su mensaje, sino que expresa el deseo de que todos reciban este mensaje de salvación. El Señor quiere que todos procedan al arrepentimiento (2 Ped 3:9). Amó tanto Dios al mundo que entregó a su Hijo para la salvación de todo aquel que crea. “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Rom 10:13-15). Es por este motivo que el Señor envía este mensaje con estas características.

Además, ya el Señor Jesús había anunciado la predicación del evangelio del reino a todo el mundo, a todas las naciones (Mat 24:14), antes de la llegada del fin. Por lo tanto, este mensaje alcanza una urgencia especial, puesto que además del tiempo del juicio que ha llegado, la obra debe tener el mayor alcance que alguna vez ha tenido en la historia de la humanidad.

EL TEMOR A DIOS

El contenido de la amonestación comienza con el llamado a “temer a Dios”. Este temor está lejos de representar un miedo irracional, pues Dios es amor, y el verdadero amor echa fuera el temor (1 Jn 4:8, 18). Un Dios que nos ama no es uno que quiere que estemos aterrorizados en su presencia. La expresión “no temáis” se repite vez tras vez en las Escrituras (Gen 43:23; Exo 14:13; Deut 31:6; Jos 10:25; Juec 6:10; 1 Sam 12:20; 2 Cron 20:15-17; Neh 4:14; Isa 35:4; Hag 2:5; Mat 10:31; 14:27; 28:10; Luc 12:32; Juan 6:20). Por lo tanto, el temor a Dios claramente expresa una idea diferente.

En Heb 5:7 se nos dice que Cristo expresó un “temor reverente” por su Padre cuando padeció en el Getsemaní. La expresión griega usada es εὐλαβείας, que se traduce como “precaución, reverencia, piedad”. Cristo no tenía miedo por su Padre; era un amor especial, pero en ese momento preciso aún más que en cualquier otro, era una sumisión total a la voluntad divina: Cristo quería ser liberado del peso de la redención humana mediante su pasión y sacrificio expiatorio, pero dijo “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Luc 22:42). Esta misma expresión se ocupa 2 veces más en Hebreos para denotar la reverencia obediente y sumisa de Noé (11:7) y de los cristianos (12:28).

En Éxo. 20:20 se mencionan tanto el temor del miedo como el temor reverente en franca oposición uno del otro: el pueblo no debía tener miedo a Dios, sino temerle reverentemente, para evitar pecar. El llamamiento a temer a Dios se reitera varias veces en la Biblia (cf Lev 25:17; Jos 24:14; 1 Sam 12:24; 2 Rey 17:39; Sal 34:9; 96:9; 1 Ped 2:17), y siempre guarda relación con guardar los mandamientos de Dios (Deut 6:2; 8:6; 2 Rey 17:34; Sal 111:10; 112:1; Ecl 12:13; Dan 9:4), con una actitud de reverencia y adoración (2 Rey 17:36; Sal 5:7; 96:9) y con apartarse de malas obras (Lev 25:17; Job 1:1; 28:28; Prov 16:6; Jer 32:40). Por lo tanto, el llamado del primer ángel a temer a Dios es un llamado a que los hombres dejen sus propios caminos, y pongan sus corazones en sintonía con el Dios del cielo, de tal modo que puedan alabarle en forma reverente, guardar sus mandamientos y obedecerle fielmente, apartándose del mal y logrando una relación intima que les permita ser declarados justos en el inminente juicio divino.

“DADLE GLORIA”

La segunda parte del llamamiento divino es a “dar gloria a Dios”. El concepto de la gloria divina se describe ampliamente en las Sagradas Escrituras. La gloria de Dios guarda relación con su aspecto visible, físico: Israel declaró haber visto la gloria de Dios en su manifestación en el monte Sinaí (Deut 5:24); la gloria de Dios se manifestaba en el Santuario en la santa shekinah del arca del pacto (1 Sam 4:21-22), y mediante el humo que inundaba aún el lugar santo (2 Cron 5:14; Apoc 15:8). Las obras físicas muestran la gloria de Dios (Sal 8:1; 19:1; 29:3; Hab 3:3). Ezequiel describió en su primera visión la apariencia física de la gloria de Dios.[2] Hay una enorme relación entre la gloria de Dios y la luz que Dios irradia (Isa 58:8; 60:1, 19; Luc 2:32; Hech 22:11; 2 Cor 4:4-6; Apoc 21:24), tanto en el plano físico como en el simbolismo espiritual. Las vestimentas de luz de Adán y Eva en el Edén, así como las vestimentas de luz de los santos ángeles provienen de la gloria de Dios (cf. Sal 104:2; Mat 17:2; Juan 20:12; Rom 3:23).

Sin embargo, el concepto de la gloria de Dios sobrepasa la sola dimensión física, y traspasa hasta llegar a la misma esencia de Dios. Cuando Moisés quiso ver la gloria de Dios (quería ver su aspecto) el Señor le dijo que no podía ver su rostro (Exo 33:18-23). Sin embargo le dijo que proclamaría “todo su bien”, “su nombre” y “su misericordia”. Cuando finalmente lo hizo, declaró “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado” (Exo 34:6-7). Por lo tanto la gloria de Dios guarda relación con su carácter de amor expresado tanto en su misericordia como en su justicia. Estos atributos divinos se revelan en su gloria a través de toda la historia de la salvación, pero en forma especial y señalada mediante la vida de Jesucristo el Salvador (Juan 1:18).

Pero, ¿cómo damos nosotros, seres humanos, la gloria a Dios? Si la gloria es un atributo divino, inherente a Dios nuestro Señor, nosotros necesitamos en primer lugar recibir de esa gloria. “De lo recibido de tu mano te damos” (1 Cron 29:14). “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo… a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre)” (Juan 1:9,12, 14). La gloria de Dios llega a nosotros mediante su revelación en la naturaleza (Sal 19:1), en su palabra revelada, en su Santuario (Sal 63:2) y por medio de su Hijo amado. Por lo tanto nosotros nos hacemos receptores de esta gloria divina, y se vuelve nuestra la labor de reflejar esa luz de gloria, así como la luna refleja la luz del sol. Y podemos reflejar esa gloria mediante la adoración a Dios (2 Cron 7:3; Sal 29:2). Damos gloria a Dios cuando reconocemos que es Él quien nos da esa gloria en primer lugar (Isa 62:3). Damos gloria a Dios cuando depositamos nuestra fe en su obra expiatoria en nuestro favor (Rom 4:20; 5:2). Tenemos el deber de relacionar cada una de nuestras acciones con la gloria debida a Dios (1 Cor 10:31). Damos gloria a Dios como una expresión de gratitud por la inmensa obra que Él realiza en favor de la familia humana (2 Cor 4:15). Damos gloria a Dios mediante los frutos de la justicia divina que es impartida a los creyentes (Fil 1:11).

En suma, el mensaje del primer ángel nos lleva aún más allá del temor reverente a Dios: nos lleva a reconocer nuestra completa dependencia de Él, y la enorme deuda que tenemos de hacer de cada obra nuestra un enorme homenaje al Señor que nos ha dado todo. Debemos recibir esa gloria y reflejarla como acto de gratitud mediante la fe que obra por el amor.

LA HORA DE SU JUICIO HA LLEGADO

La llegada del juicio divino entrega, como lo comentamos anteriormente, el elemento de temporalidad y de urgencia al mensaje del primer ángel. La doctrina del juicio investigador se vuelve medular para la correcta comprensión del mensaje final de Dios a un mundo impío.

Un juicio en la Biblia comprende tanto el proceso de recopilación de información necesaria para tomar decisiones como la decisión misma y su implementación final. Por ejemplo, en Edén Dios preguntó sucesivamente a Adán y Eva como pareja, y como individuos separados, sobre su ubicación y sus acciones (Gen 3:9-13). Luego entregó un veredicto sobre ellos (Gen 3:16-19) y finalmente implementó las nuevas medidas (Gen 3:23-24). Podemos ver la presencia en este primer incidente de un juicio investigador, un veredicto y una ejecución. Y en este primer juicio podemos ver, además, la presentación del evangelio como promesa (Gen 3:15) y como señal visible (Gen 3:21).

La escena de juicio investigador, veredicto y ejecución se reitera en otras oportunidades como el diluvio (Gen 6 al 8), la torre de Babel (Gen 11), la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gen 18 y 19), la liberación del pueblo de Israel desde Egipto (Exo 2 al 14), los cuarenta años en el desierto (Num 13 y 14), entre una larga lista. Dios siempre hace las averiguaciones primero, exponiendo la evidencia, para luego dictar sentencia y finalmente llevarla a cabo. ¿Por qué sigue Dios este orden? Siendo un ser omnisapiente, ¿necesita Dios realizar un juicio investigador? La respuesta es que sí. El Señor ha sido acusado en forma primaria por Satanás, quien asevera que Dios no puede ser justo y misericordioso (cf. Job 1 y 2). Nosotros hemos llegado a ser “espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1 Cor 4:9). Por lo tanto el Señor ha escogido el juicio como una herramienta no sólo para aplicar la justicia, sino que para exponerla ante los ojos de todos lo participantes de este conflicto. Una vez que se resuelva, “toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2:10-11).

En este juicio investigador, así como en el caso de Génesis, el Señor también entrega juntamente con el juicio el mensaje del evangelio, el cual se amplía en el mensaje del primer ángel como “el evangelio eterno”. Y también se da una señal visible: el sello de Dios, el cual es mencionado en Apocalipsis 7, y aparece implícito en el mensaje del tercer ángel cuando se menciona a su antagonista, “la marca de la bestia” (Apoc 14:9), la cual es mencionada en Apocalipsis 13:16-18. Sin embargo, en este caso más que un paralelismo con el esquema de juicio de Génesis 3, hay una complementaridad, pues en Génesis se juzga al hombre, se le entrega la promesa de salvación y se lo viste con la piel del cordero, siendo expulsado del paraíso; en Apocalipsis se juzga al hombre (14:7), se le otorga el cumplimiento de la promesa y se le invita a “vestirse” (3:5, 18; 7:9; 22:14), y a regresar al paraíso (22:14, 17).

Esta escena de juicio une a Apocalipsis 14 con el libro de Daniel, particularmente con la escena de juicio de Daniel 7:9-10, que encuentra su complemento en Daniel 8:14. Es la gran escena de la purificación del santuario celestial, la llegada del gran juicio del día de la expiación antitípico (Lev 16). Por lo tanto hay un potente enlace profético entre el mensaje del primer ángel y el inicio del día de la expiación.

ADORAD AL CREADOR

El reconocimiento de Dios como Creador se vincula reiteradamente en el Antiguo Testamento con la faceta de Dios como Juez. En el Salmo 50 Dios es descrito como el Juez poderoso que trae el día del juicio al mundo (Sal 50:3-7), pero también como el Creador y legítimo dueño de la naturaleza (50:10-12), y el Legislador divino celoso por su Ley (50:16). El Salmo 36:5 y 6 describe la justicia de Dios por medio de sus obras creadas. El texto de Eclesiastés 11:9-12:1 también vincula la creación de Dios con su juicio. La premisa es sencilla, aunque profunda: el Dios que todo lo creó es administrador de su creación, y tiene poder y autoridad para trastornarla y rediseñarla a su voluntad.

El Salmo 29 es interesante puesto que revela los motivos para adorar a Dios. Debemos adorarle porque él es santo (v.2), porque se manifiesta en sus obras creadas, ya sea animales, lugares o elementos (vv.3-9), y se nos recuerda que este Dios creador es también el juez que obró el diluvio (v.10), el Rey que tiene poder para juzgar. Pero además de poder y juicio, es el Dios que otorga la paz a sus hijos (v.11). El Salmo 96 sigue los mismos patrones: se alaba a Dios por ser el creador (v.5), por ser el redentor (v.2) y por ser quien viene “a juzgar la tierra” “con justicia” y “con su verdad” (v.13). Tanto la función de Dios como creador como su labor de juicio están unidas en forma indisoluble. Recordemos que la Ley de Dios es la base de su gobierno y la base del juicio (Esd 7:26; Rom 2:12). Y en el corazón de la Ley tenemos mandamientos que nos recuerdan que Dios es el Creador de todo cuanto existe.

“EL CIELO Y LA TIERRA, EL MAR Y LAS FUENTES DE LAS AGUAS”

Esta expresión aparece mencionada como el territorio que pertenece a Dios el Creador. Es una expresión notoria, que denota el total dominio de Dios sobre la creación terrestre. La mención de cuatro elementos refuerza el aspecto de dominio terrenal. En Amós 9 se menciona la llegada de los juicios de Dios para castigar a los israelitas apóstatas. Entre todos los mensajes de juicio, al centro, se dice que “El edificó en el cielo sus cámaras, y ha establecido su expansión sobre la tierra; él llama las aguas del mar, y sobre la faz de la tierra las derrama; Jehová es su nombre” (Amós 9:6). Nuevamente se recalca que Dios tiene perfecto derecho a emitir juicios sobre la tierra puesto que Él la creó. 2 Pedro 3:5 menciona que Dios creó “cielos, tierra y agua”. Cuando Pedro y Juan fueron liberados de la cárcel por ser hallados inocentes ante el Juez de toda la tierra, los cristianos cantaron que Dios hizo “el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay” (Hech 4:24). Proverbios 30:4 menciona que Dios “subió al cielo y descendió”, “ató las aguas en un paño” y “afirmó todos los términos de la tierra”. Y los versículos 6 y 10 mencionan un lenguaje de juicio donde el Señor es el juez.

Pero más importante aún son las menciones a dos mandamientos de la Ley de Dios. Siempre se ha vinculado esta expresión del primer ángel al mensaje del sábado del cuarto mandamiento: “Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (Exo 20:11). La alusión es clara: el sábado es una de las maneras donde adoramos al Dios que hizo “el cielo, la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. Por lo tanto la observancia del día de reposo está vinculada estrechamente con el mensaje del primer ángel. Esto confirma lo descrito anteriormente, donde se menciona que el sábado es la señal visible de la aceptación del evangelio eterno de salvación.

Sin embargo, el cuarto mandamiento no es el único aludido en esta expresión. El segundo mandamiento dice “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás” (Exo 20:3-4). Nuevamente aparece aquí la expresión “cielo, tierra y aguas”. Y el contexto es la adoración, en este caso, la adoración incorrecta. El mensaje del primer ángel reafirma este segundo mandamiento: no debemos adorar a la creación, sino que al Creador. Y Dios posteriormente dice “porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”. ¡Es el mismo mensaje que se presenta en los tres mensajes angélicos! Jehová es nuestro Dios Creador, y además es el juez que juzga a los impíos y salva a los que le aman. Y ese amor es expresado por la observancia de los mandamientos. Es lo mismo que Juan afirma en Apocalipsis 14 cuando, después de anunciar la caída de Babilonia (v.8) y la destrucción de los seguidores de la bestia (vv. 9-11), dice “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (v. 12). Además, este segundo mandamiento prohíbe la adoración de imágenes, y el tercer ángel prohíbe la adoración de “la imagen de la bestia”.

Por lo tanto hallamos que la expresión “cielo, tierra, mar y fuentes de aguas” es muy esclarecedora en cuanto a la naturaleza del mensaje del primer ángel. Notamos como su mensaje complementa al de las otras expresiones analizadas anteriormente, y les da coherencia y una ilación lógica.

CUMPLIMIENTO HISTÓRICO-ESCATOLÓGICO

Más allá de todas las características analizadas anteriormente, el mensaje del primer ángel es una profecía con un cumplimiento definido en el tiempo. ¿Cuándo ha recibido su cumplimiento esta profecía? En el período de tiempo previo al año 1844. Fue allí cuando Dios levantó a hombres como William Miller para predicar el mensaje del pronto advenimiento de Cristo. La profecía que anuncia el levantamiento de este movimiento se ubica en Apocalipsis 10, el cual ya hemos mencionado anteriormente. El movimiento millerita llevó adelante la predicación de las profecías contenidas en el libro de Daniel, particularmente la de Daniel 8:14 que anunciaba la purificación del santuario. Los milleritas cometieron un error al adjudicar a esta profecía el significado de la segunda venida de Cristo, cuando en realidad señalaba el inicio del juicio investigador. Sin embargo, fueron guiados por Dios y dieron cumplimiento al mensaje del primer ángel mediante su predicación que anunciaba la llegada del juicio de Dios y el llamado a la adoración del Dios Creador. Este fue el cumplimiento histórico del mensaje del primer ángel.

Sin embargo debemos hacer notar que los mensajes de los tres ángeles son sucesivos, pero no excluyentes. El segundo ángel no anula ni calla al primero, sino que se le suma. Por lo tanto, en nuestros días, cuando aún no se consuma el mensaje del tercer ángel, el primero aún sigue sonando. El mensaje del inicio del juicio investigador, el llamado a la adoración del Dios Creador, al retorno de sus siervos a la observancia de los mandamientos y a la fe de Jesús, es nuestra verdad presente aún. Es la base para anunciar los mensajes de los ángeles siguientes. Sigue siendo el evangelio eterno. Por eso el final de Apocalipsis 10 es el mensaje del primer ángel: profetizar “otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”.

Sin embargo, queda aún una pregunta por contestar: ¿qué significa para mi vida el mensaje del primer ángel?

EL PROPÓSITO MORAL DEL MENSAJE DEL PRIMER ÁNGEL

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a n de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Tim 3:16-17). Incluso las profecías bíblicas tienen la finalidad de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda buena obra. Nunca debemos pensar que la finalidad de la profecía es satisfacer nuestra curiosidad sobre los eventos del futuro. Tampoco tiene que ver con asuntos humanos solamente: “nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped 1:21). El Espíritu Santo, el mismo que nos lleva a toda la verdad (Juan 16:13), también nos convence “de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8).

“La profecía tiene un propósito ético y moral. Dios la diseñó para enseñarnos cómo vivir. Tiene la intención de darnos ánimo y propósito, especialmente en medio del sufrimiento y la pérdida. Comprendida correctamente, la profecía de la Biblia tiene un poder que cambia la vida”.[3] Debemos entender entonces cuál es el propósito moral del mensaje del primer ángel.

Si hacemos un resumen de lo estudiado hasta entonces, podemos enumerar las siguientes características del mensaje:

El primer mensaje es diseñado, dado a conocer y enviado por Jesucristo mismo. Es un mensaje divino pero enviado a seres humanos pecadores, invitándolos al arrepentimiento y la conversión. El contenido del mensaje es el evangelio eterno del perdón de los pecados, siendo parte del plan de redención diseñado por Dios en la eternidad pero revelado a nosotros ahora en el umbral del fin de los tiempos. Es un mensaje de carácter mundial. Es un mensaje que nos llama a reverenciar a Dios mediante la obediencia a sus mandamientos, y a la comunión continua con Cristo que subyuga nuestra voluntad a la suya. Nos llama a recibir la gloria divina y darle esa gloria mediante la adoración y la completa entrega a Él. Es un mensaje que nos anuncia el inicio del día de la expiación antitípico, el comienzo del juicio investigador, la purificación del santuario celestial. Nos recuerda que Dios es tanto el Creador como el Juez Divino, con plenas prerrogativas para llevar a cabo el juicio.

Nos lleva a la observancia de los mandamientos de la Ley de Dios, la cual nos recuerda que Dios es nuestro Creador y Juez, y nos asegura que Dios es justo y misericordioso.

Si podemos juntar lo anterior, vemos que el carácter moral de esta profecía es notable. Es un llamado a abandonar el pecado, a abrazar la obediencia a la Ley de Dios por fe en la obra expiatoria de Cristo en lugar del pecador. Nos lleva a adorar a nuestro Creador mediante la observancia de su Ley, mediante la alabanza y mediante la predicación del evangelio de misericordia. Nos lleva a tomar conciencia de la solemnidad del tiempo en que vivimos, y a predicar el mensaje de justicia y juicio “a todos los moradores de la tierra”, a cumplir esta profecía mediante la predicación mundial del evangelio. Es un llamado a estar a cuentas con Dios, “porque la hora de su juicio ha llegado”.

Más que entregar información, Dios quiere que hagamos un pacto con Él. Quiere que le dejemos el control de nuestras vidas. Para que el mensaje del primer ángel entre en nuestro corazón debemos permitir a aquel “que está a la puerta y llama” a que entre y transforme nuestro modo de pensar. Debemos abandonar el pecado y los afanes de este mundo y estar dispuestos a “temer a Dios, darle gloria, y adorar a Aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”.

Marán atha.

REFERENCIAS

[1] Ellen White. ¡Maranata! El Señor viene, 9 de Enero: “La predicación del Evangelio no ha sido encargada a los ángeles, sino a los hombres. En la dirección de esta obra se han empleado ángeles santos y ellos tienen a su cargo los grandes movimientos para la salvación de los hombres; pero la proclamación misma del Evangelio es llevada a cabo por los siervos de Cristo en la tierra”.

[2] Francisco Andrade. “Ezequiel capítulo 1: La Visión de la Gloria Divina”. Sefer Olam volumen 1, año 2012.

[3] Jon Paulien. “1 y 2 Tesalonicenses”. Lección 8: Los muertos en Cristo, domingo 19 de Agosto.