El concepto bíblico de Resurrección

La Biblia presenta consistentemente, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la existencia de la resurrección como un evento certero y real. Entendiendo la resurrección como el fenómeno donde se revierte la muerte de la persona, tenemos que un ser muerto (independientemente del tiempo que lleve en ese estado) vuelve a la vida, recuperando en el proceso su carácter y personalidad anteriores. En otras palabras, el resucitado vuelve a ser quien era anteriormente en cuanto a su identidad, no se convierte en una persona diferente (por ejemplo, Lázaro respondió a su nombre (Juan 11:43-44) y conservó su identidad después de resucitado (Juan 12:9-11).

En el presente trabajo buscaremos documentar los casos bíblicos de resurrección, siendo el caso índice y más detallado el de Jesucristo, y analizaremos qué dice la Biblia respecto a la resurrección escatológica.

La resurrección en el AT
El Antiguo Testamento no contiene tantas referencias a la resurrección como el Nuevo Testamento; sin embargo los casos son aun así bastante numerosos, y podemos obtener información valiosa al respecto.

Interesantemente el Pentateuco no contiene información respecto al tema de la resurrección, si bien plantea las bases de la vida (Génesis 1 y 2) y de la muerte (Génesis 2:16-17; 3). Tampoco es arriesgado decir que los patriarcas desconocían la doctrina de la resurrección pese a no mencionarla en el Pentateuco. Después de todo, Génesis relata que al morir Sara, Abraham la sepultó en un lugar especial que adquirió de Efrón, en Macpela al oriente de Mamre (23:16-20); en ese mismo lugar fue sepultado él mismo (25:8-10), su hijo Isaac, la esposa de éste, Jacob y su esposa Lea (49:29-31). La esperanza de una reunión física futura animó al patriarca Abraham y sus hijos a ser sepultados juntos, a fin de volver a vivir juntos. Y Job, contemporáneo de los patriarcas, afirma al menos 2 veces en su libro la esperanza de la resurrección (Job 14:13-17; 19:25-27).

Tres registros de resurrecciones se encuentran en los libros de los Reyes. En 1 Reyes 17:17-24, tenemos el hijo de la viuda de Sarepta que muere por una grave enfermedad y es resucitado por Elías. En 2 Reyes 4:17-37 pasa algo similar cuando muere el hijo de una mujer piadosa de Sunem, y Eliseo lo resucita. Y en 2 Reyes 13:21 se nos relata brevemente de un hombre que, ya muerto, fue arrojado en el sepulcro de Eliseo y resucitó.

El libro de Salmos expresa en ciertas ocasiones la esperanza de la resurrección. En 16:10-11 el salmista tiene la esperanza de no ser dejado “en el Seol”, sino de volver a ver “la senda de la vida” estando a la “diestra” de Dios “para siempre”. En 17:15 el salmista espera ver el rostro de Dios “cuando despierte a tu semejanza”, lo que muestra un vínculo entre el momento de la resurrección y la manifestación de la gloria de Dios, hecho que sería confirmado en Daniel 12:1-2 y creído por los judíos del tiempo de Cristo (cf. Juan 11:24). Salmos 49:25 expresa claramente el hecho de que Dios puede redimir la vida “del poder del Seol”.

Finalmente, entre los profetas, Isaías expresa la esperanza de la resurrección futura (26:19) en estas palabras: “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos”. Y Daniel 12:2 dice que “muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados”, aludiendo a una resurrección parcial de justos y malvados.

En suma, el Antiguo Testamento hace mención de la esperanza de la resurrección futura como solución al problema de la muerte. Dicha esperanza fue compartida por patriarcas, profetas y reyes, fue asociada a la manifestación gloriosa de Dios en el día final, y tomó como garantías las resurrecciones puntuales que Dios obró mediante sus profetas.

La resurrección en el NT
El eje central del tema de la resurrección es Cristo, cuya resurrección es la más anunciada (Mat 16:21; 17:9, 23; 20:19; Mar 8:31; 9:9, 31; 10:34; Luc 9:22; 18:33), documentada (Mat 28:1-7; Mar 16:1-8; Luc 24:1-34; Juan 20:1-18) y testificada (Hech 1:22; 4:2,33; 17:18,32; 26:23; Rom 1:4; 6:5; 1 Cor 15:12-13,21; Fil 3:10; 1 Ped 1:3; 3:21) de toda la Biblia. Cristo mismo anunció de antemano su resurrección posterior a su pasión y muerte, y ese hecho fue el centro de la predicación apostólica.

Además de protagonizar la más famosa resurrección de todos los tiempos, Cristo tuvo muchas palabras sobre el tema de la resurrección. Cuando fue confrontado con los saduceos quienes no creían en la resurrección, Cristo afirmó la realidad de ella usando las Escrituras (Mat 22:23-33; Mar 12:18-27; Luc 20:27-40). Mencionó la resurrección de los justos como el momento donde los piadosos recibirán la recompensa por sus buenas obras (Luc 14:14). Anunció que tenía la autoridad para obrar juicio y otorgar vida a los muertos, y también que habría una resurrección futura tanto de justos como de impíos, para recibir cada uno su recompensa respectiva (Juan 5:21-29). Quizá la declaración más importante al respecto es la de Juan 11:25-26, donde Cristo declara “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”. Estas declaraciones de Cristo son significativas, puesto que concentran el fundamento de la doctrina de la resurrección: Cristo es el gran protagonista de la resurrección, quien tiene la potestad divina para obrar el milagro de devolver la vida a quien la ha perdido. Y es la fe en Cristo la que asegura al creyente que “aunque esté muerto, vivirá”, pues quien “vive y cree” en Jesús “no morirá eternamente”. La resurrección es una garantía al creyente en Cristo como solución al problema de la muerte. Quien rehúse creer en Cristo también posee una resurrección esperándole; sin embargo, es llamada “resurrección de condenación” (Juan 5:29).

Quien complementa la enseñanza evangélica de la resurrección es el apóstol Pablo. En Romanos 6:1-13 Pablo dice que como Cristo murió y resucitó, el creyente en Cristo es espiritualmente muerto y resucitado en el momento del bautismo, y debe vivir en vida nueva. Pese a estar espiritualizando el significado de la resurrección de Cristo, en ninguna manera Pablo niega la realidad de la resurrección prometida al creyente. En 1 Corintios 15 comenta extensamente sobre la realidad, significado teológico y certeza de la resurrección. Tras asegurar la realidad de la resurrección del Señor (vv.1-8), pasa a cimentar la fe del creyente sobre dicha resurrección (vv.12-19), y en particular la esperanza de la resurrección individual del creyente (vv.20-28). Pablo pasa a comentar sobre las distintas realidades de las cosas terrenales y las celestiales (vv.39-50). En la sección final, Pablo describe el momento mismo de la resurrección de los justos como una “transformación” instantánea, donde los cuerpos corruptibles y mortales de los justos se transforman en cuerpos celestiales, incorruptibles e inmortales, “a la final trompeta” (vv.51-55). Esta última expresión conecta este texto con 1 Tesalonicenses 4:14-17 donde Cristo “con voz de trompeta” desciende del cielo, resucita a sus fieles muertos, los reúne con los fieles vivos al momento de su venida y luego los lleva consigo. Estos textos juntos forman una de las explicaciones más completas y acabadas de la doctrina de la resurrección escatológica. En Hebreos 11:35 el autor menciona las resurrecciones parciales relatadas en el Antiguo Testamento y, como si fuera al paso, menciona que quienes murieron y no resucitaron esperan una “mejor resurrección”, aludiendo claramente a la resurrección escatológica. Finalmente, Apocalipsis da un trato más acabado a la resurrección escatológica, lo cual se analizará posteriormente.

Además de la resurrección de Cristo, se alude a otras varias resurrecciones en los relatos de los Evangelios y Hechos: el hijo de la viuda de Naín (Luc 7:11-15), la hija de Jairo (Mar 5:35-42), Lázaro de Betania (Juan 11:38-44), Tabita (Hech 9:36-41) y Eutico (Hech 20:9-12). Hubo una multitud de santos cuyas tumbas se abrieron al morir Cristo, que resucitaron cuando Cristo lo hizo y visitaron a muchos (Mat 27:52-53).

En conjunto, el trato del NT sobre el tema de la resurrección es abarcante y se centra en la figura de nuestro Señor Jesucristo, quien resucitó a varias personas en su vida, y experimentó la más famosa resurrección de todas, la cual fue la base de la predicación de los apóstoles y la seguridad de la promesa de la resurrección futura de todos los creyentes. El Señor y sus apóstoles analizaron dicha esperanza y mostraron cómo obtenerla, mediante la fe en Cristo Jesús.

La resurrección escatológica en Apocalipsis y otros textos
Siendo el libro escatológico por excelencia, Apocalipsis contiene parte importante de la doctrina de la resurrección en cuánto al tiempo y carácter de la misma, así como menciones interesantes respecto al Cristo resucitado.

En el capítulo 1, Juan tiene su visión introductoria y puede vislumbrar a Cristo. Entre sus muchas características, Cristo se describe como “el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos… y tengo las llaves de la muerte y del Hades”(v.18). El Señor que Juan vio en Patmos es el mismo que vivió en Nazaret y murió en Jerusalén, pero que vive ahora eternamente, y tiene dominio sobre la muerte. Entender esto es clave para aceptar tanto la naturaleza de la resurrección como sus características particulares.

En el capítulo 2, el mensaje a Esmirna está saturado de alusiones a la muerte: Esmirna significa “mirra”, una de las especias con las que se ungían a los cadáveres (Juan 19:39-40). Cristo nuevamente se presenta como “el que estuvo muerto y vivió” (v.8). Se habla de tribulación y prisiones que llevarían a los mártires a la muerte (vv.9-10). La promesa es que a quienes sean fieles hasta la muerte, habrían de recibir la corona de la vida (v.10), la misma corona que Pablo esperaba recibir tras morir, cuando Cristo hubiera de venir (2 Tim 4:6-8), y de la cual Santiago y Pedro hablan también (Stg 1:12; 1 Ped 5:4). Finalmente el mensaje cierra con la promesa de que el vencedor “no sufrirá daño de la segunda muerte” (v.11). Esta segunda muerte será analizada en el capítulo 20, pero claramente en este pasaje se hace diferencia entre la muerte que sufren los mártires durante la persecución (de la cual sí sufren daño) y esta “segunda muerte”, cuyo alcance no afecta a los santos.

El capítulo 19 menciona con detalles el momento mismo de la segunda venida de Cristo. Si bien no contiene alusiones a la resurrección de los justos, es cronológicamente en este momento que dicha resurrección ocurre. El énfasis de Apocalipsis 19 tiene relación con los capítulos 17 y 18, donde se presenta a la gran ramera Babilonia y su confederación de poderes terrenales, y por tanto se muestra qué pasa con los impíos que viven al momento de volver Jesús. Los versículos 11 al 16 hacen vívida descripción de Cristo como un general que viene montado en su caballo, que “con justicia juzga y pelea” (v.11), rodeado de ejércitos de ángeles (v.14), con una espada que hiere “a las naciones” (v.15), y pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso (v.15). Los versículos 17 y 18 hacen alusión a una masacre de los impíos, cuyos cadáveres quedan a disposición de “todas las aves que vuelan en medio del cielo” (v.17). Finalmente se describe la pobre resistencia que la bestia, el falso profeta y los reyes de la tierra oponen a Cristo, quien echa a los dos primeros en un “lago de fuego que arde con azufre” mientras aniquila a los terceros con su espada. En otras palabras, la segunda venida de Cristo hace que todos los impíos que estén vivos para aquél entonces mueran, a excepción de Satanás y su hueste (cuya suerte será revelada en el capítulo 20). Esto es concordante con textos como Isaías 11:4 (el cual es citado textualmente en Apocalipsis 19:15) y 2 Tesalonicenses 2:8, donde Pablo (quien también cita a Isaías 11:4) dice que el inicuo, el hombre de pecado (equivalente a la bestia de Apocalipsis 19) sería muerto por el Señor “con el espíritu de su boca” y “con el resplandor de su venida”.

¿Qué hay de los justos que estén vivos? Apocalipsis 7 describe a la gran multitud “que han salido de la gran tribulación” (v.14), los mismos que en Apocalipsis 15 se describen como quienes “habían alcanzado la victoria sobre la bestia y su imagen, y su marca y el número de su nombre” (v.2). Pablo dice que aún quienes no hayan muerto al venir Cristo habrían de ser transformados “a la final trompeta” (1 Cor 15:51-52). También dice que los que estén vivos serán “arrebatados… en las nubes para recibir al Señor en el aire”.

El grupo que suscita nuestra atención en este punto del estudio son los justos que hubieren fallecido al momento de venir Jesús, desde Abel el primer mártir hasta el último mártir del fin de los tiempos. Cristo declaró que los justos habrían de ser resucitados y recibir su recompensa (Luc 14:14; Juan 5:25, 29). El mismo concepto lo repite en Apocalipsis 22:12. Nuevamente los textos ya aludidos de 1 Corintios 15 y 1 Tesalonicenses 4 dan claridad al respecto: los justos han de ser resucitados “incorruptibles”, sufriendo al levantarse la misma transformación que los vivos experimentarán “en un abrir y cerrar de ojos”, y dicha resurrección ocurrirá “a la final trompeta” (1 Cor 15:52), la “trompeta de Dios” (1 Tes 4:16) que Cristo tocará en su venida. Es interesante que también la voz de mando y la voz de arcángel se relacionan con el concepto de resurrección (cf. Juan 5:25, 28-29; Mat 24:31; Jud 9; Dan 12:1-2). Luego los santos resucitados se unirán a los santos vivos y conformarán un solo grupo, los escogidos que serán juntados por los ángeles enviados por Cristo, “de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mat 24:31), para así estar “siempre con el Señor” (1 Tes 4:17). Apocalipsis 20 destaca este grupo en los versículos 4 al 6: “los que recibieron facultad de juzgar”, quienes se componen de dos grupos unidos: “los decapitados por causa del testimonio de Jesús” (los santos muertos antes de la segunda venida) y “los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen” (los santos vivos al volver Jesús), quienes “vivieron y reinaron con Cristo mil años” (v.4). A quienes murieron y volvieron a vivir se les denomina: “Esta es la primera resurrección” (v.5)1. Se dice que quienes participen de esta primera resurrección (o resurrección de los justos) son bienaventurados, puesto que “la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos” (v.6), lo cual da sentido al texto anteriormente comentado de Apocalipsis 2:11.

¿Cuál es, entonces, la segunda resurrección? Como lo dice Juan 5:29, “la resurrección de condenación”. Apocalipsis 20:5 dice que es la de “los otros muertos”, no los justos que habrán de resucitar al venir Jesús, sino los impíos muertos desde Caín hasta quienes serán destruidos por la espada aguda del jinete del caballo blanco. Y también dice que el tiempo de esta resurrección es “hasta que se cumplieron mil años”, los mil años durante los cuales los santos “reinaron con Cristo” (v.4) y Satanás estuvo atado “para que no engañase más a las naciones” (v.2-3). Al culminar los mil años, los impíos son resucitados en la segunda resurrección (v.13), y Satanás es “suelto de su prisión”, ya que dispone nuevamente de naciones a las cuales engañar (v.8). La reunión impía de las naciones con Satanás decide atacar “la ciudad amada” (v.9), la cual desciende del cielo al finalizar los mil años (Apoc 21:2-3), conteniendo a los santos y a Dios mismo. Los impíos son entonces juzgados ante el gran trono blanco (Apoc 20:11-12) y sufren “la muerte segunda” (20:14; 21:8), al descender fuego de Dios sobre ellos (20:9) y ser arrojados al lago de fuego (v.15), al cual también serán arrojados Satanás y sus ángeles (v.10). Finalmente la misma muerte será destruida para siempre (v.14; cf. 1 Cor 15:26). Este ir y venir de textos puede resultar confuso al abordar Apocalipsis 20 al 21, pero debemos recordar que el libro de Apocalipsis contiene el principio de recapitulación, donde una secuencia concluye y da paso a una nueva secuencia que comienza cerca del punto inicial de la secuencia inicial, y que es paralela a la misma. Ponemos a continuación un esquema que pueda resultar didáctico:

De esta manera, Apocalipsis 20 y 21, junto a los otros textos aquí mencionados, logra entregar un panorama escatológico de las dos resurrecciones, clarificando las diferencias entre ellas y entregando una potente amonestación al lector para ser parte de los que obedecen “el testimonio de Jesús” y “la palabra de Dios”, quienes no adoran a la bestia ni a su imagen, y que participarán del gozo eterno con Cristo, comenzando con su segunda venida, pasando por los mil años en el cielo y continuando eternamente con Dios en la nueva Jerusalén.

Con todo, la Biblia menciona al menos 2 otros grupos especiales que participarán de resurrecciones especiales. Pasaremos a detallar brevemente estos grupos.

La resurrección parcial de impíos
Los textos que no parecen ceñirse en forma estricta a las 2 resurrecciones caracterizadas en Apocalipsis y otros libros bíblicos son Daniel 12:2, Mateo 26:64, Marcos 14:62, Zacarías 12:10, Juan 19:37 y Apocalipsis 1:7. Daniel 12:2 es parte de una secuencia profética que inicia en Daniel 11, que menciona los reinos de la tierra desde los días de Media y Persia (Dan 11:2), pasando por Grecia, Roma imperial y papal, llegando hasta el rey del norte que asecha la ciudad de Jerusalén (11:45). No es nuestra intención interpretar aquí Daniel 11 (uno de los pasajes proféticos más controversiales en cuanto a su interpretación), sino sólo presentar la siguiente secuencia de hechos:

1-El rey del norte, tras conquistar todo el mundo, se dirige contra Jerusalén para tomarla (vv.40-45). Jerusalén representa al pueblo de Dios, y el rey del norte a la bestia de Apocalipsis 13, el poder político religioso romano que buscará dar muerte a los fieles de Dios en el tiempo de angustia.

2-El rey del norte “llegará a su fin, y no tendrá quien lo ayude”.

Paralelamente Daniel 12 comienza con la siguiente estructura de hechos:

1-Se levanta Miguel el príncipe de Israel. Miguel es Cristo, quien se levanta para culminar el juicio investigador.
2-Se declara el tiempo de angustia.
3-Es libertado el pueblo de Daniel, los que se hallen escritos en el libro. Los fieles de Dios son libertados.
4-Muchos de los que duermen son despertados, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetuas.

Si unimos ambas secuencias (las cuales son paralelas y también tienen el principio de recapitulación como se mostró en Apocalipsis 20 y 21), tenemos que primero la bestia conquista a toda la tierra e impone su falsa adoración. Mientras Cristo culmina el juicio investigador en el cielo, se inicia en la tierra el tiempo de angustia, donde la bestia intenta dar muerte al pueblo de Dios. En el punto del clímax, el pueblo de Dios es libertado y la bestia llega a su fin, sin nadie quien lo ayude. Finalmente ocurre la resurrección profetizada. El punto ahora es el siguiente: ¿se refiere Daniel 12:2 a la primera resurrección, a la segunda o a ambas? ¿O a ninguna? Quienes abogan que esta resurrección mencionada reúne a la primera y a la segunda (“unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetuas”, similar a Cristo diciendo “los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” en Juan 5:29), argumentan que Daniel no da detalles como los mil años que separan ambas resurrecciones, porque dichos detalles iban a ser revelados posteriormente en Apocalipsis. Sin embargo el mayor problema de Daniel 12:2 se encuentra en la palabra “muchos” (רַב), palabra que denota abundancia, pero no totalidad. Este texto habla de un grupo definido de justos e impíos que habrían de levantarse en el período entre la liberación de los justos y la asignación de la vida eterna a los justos, es decir, la segunda venida de Cristo. Dejaremos el grupo de justos para el final, y nos concentraremos en el grupo especial de impíos que habrán de ser resucitados antes de la segunda venida de Cristo, al finalizar el tiempo de angustia.

En Mateo 26:64 y su pasaje paralelo (Mar 14:62), Jesús al enfrentar el interrogatorio de Anás el día de su juicio ante el Sanedrín, fue forzado a responder la pregunta “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” (Mar 14:61). Cristo respondió afirmativamente “Tú lo has dicho”, pero seguidamente apoyó esta declaración citando la profecía de Daniel 7:13, donde el Hijo del hombre viene en las nubes del cielo. Sin embargo es significativo que señaló a Anás y el resto de sus interrogadores “veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”. Es decir, Cristo afirmó que Anás, Caifás y quienes lo juzgaron injustamente serían testigos de la segunda venida de Cristo, lo cual no es posible debido a que todos estos hombres seguramente murieron durante el primer siglo de nuestra era cristiana. Por tanto, hay evidencia de un grupo de impíos que tendrían que volver a la vida justo antes de venir Cristo para cumplir esta profecía. Se trataría de una resurrección parcial, ya que evidentemente estos impíos habrán de ser destruidos por el resplandor de la venida de Cristo juntamente con los otros impíos que se encuentren presentes en ese momento.

En Zacarías 12 se describe una profecía en la cual Jehová se manifestaría para salvar a Jerusalén de un violento ataque en su contra. En el momento de la manifestación divina, Dios dice “Y en aquel día yo procuraré destruir a todas las naciones que vinieren contra Jerusalén. Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito. En aquel día habrá gran llanto en Jerusalén” (Zac 12:9-11). Si bien este pasaje podría interpretarse como el lamento de los enemigos del pueblo de Dios al manifestarse la intervención divina en su contra (los impíos serían quienes “traspasaron” a Dios al traspasar su pacto, como en Isa 24:5; Jer 34:18; Ose 6:7; 8:1), en el Nuevo Testamento este pasaje es reinterpretado notoriamente. Juan cita este pasaje en 2 oportunidades; la primera se encuentra en Juan 19:37, cuyo contexto es la herida de lanza que Cristo padeció ya estando muerto en la cruz, como verificación de su muerte (v.34). Cristo fue así traspasado por la lanza romana, y teniendo esto en mente, casi al paso, Juan cita Zacarías 12:10, dando así a entender que el texto de Zacarías indica que quienes causaron su muerte (los soldados romanos, y por extensión, Pilatos) habrían de mirar a Cristo cuando se manifieste en favor de su pueblo. La segunda cita de Juan está en Apocalipsis 1:7, donde se anuncia que cuando Cristo venga “todo ojo le verá, y los que le traspasaron”, apoyando así nuestra interpretación de Juan 19:37. Nuevamente, para que esto sea posible, los romanos responsables de la muerte de Cristo que deberían haber muerto todos en el primer siglo d.C. tendrían que ser sujetos de una resurrección parcial, como la que se menciona en Daniel 12:2.

La resurrección especial de justos
Una vez aclarada la resurrección parcial de impíos, queda aún la interrogante: ¿quiénes serían los “muchos” que habrán de ser resucitados antes de la segunda venida de Cristo para vida eterna? ¿Existe una razón para que un grupo de justos resucite antes que el resto, en la resurrección general de justos, la primera resurrección? ¿Hay efectivamente 2 grupos de justos resucitados?

Respondiendo la última pregunta primero, sí hay 2 grupos distintos de justos resucitados. La resurrección general de justos ocurre cuando Cristo ya ha regresado y se encuentra sobre la atmósfera terrestre. Desde allí es que “enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mat 24:31), “sobre las nubes del cielo” (v.30). Pablo dice que los resucitados en aquella ocasión habrían de recibir al Señor “en las nubes… en el aire” (1 Tes 4:17), pero eso ocurrirá “luego” (id.) de que “el Señor mismo… descenderá del cielo” (v.16). Sólo cuando eso ocurra “los muertos en Cristo resucitarán primero” (id.). Sin embargo, esta resurrección especial de salvos juntamente con la resurrección parcial de impíos debe ocurrir antes que Cristo haya retornado, pues sólo así se cumpliría la promesa de Cristo de que “veréis al hijo del hombre… viniendo en las nubes del cielo” (Mat 26:64). Lo verán viniendo. La segunda venida parece ser un acontecimiento de una cierta duración especial, y los resucitados parciales y especiales están vivos para presenciar todo el proceso, a diferencia de los santos de la primera resurrección, que son levantados por la voz de mando, la voz de Arcángel y la trompeta de Dios estando ya Cristo en el aire.

Lo anterior nos lleva a la segunda pregunta: ¿hay alguna razón para que este grupo de santos goce de este privilegio especial? La Biblia menciona una bendición especial sobre un grupo de creyentes que vive en determinado momento de la historia. Se encuentra en Apocalipsis 14:13. Cuando Juan ha visto la plenitud del mensaje de los 3 ángeles, oye una voz del cielo que dice “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen”. Claramente hay una bendición especial, una bienaventuranza, para los santos que mueren “de aquí en adelante”. ¿Cuál es el “aquí” de esta declaración? El elemento temporal lo da el mensaje del tercer ángel. Cuando comienza su proclamación, todos aquellos que hayan muerto en la fe de ese mensaje reciben una bienaventuranza especial. Y no es difícil conectar esta bienaventuranza (la única con un elemento temporal en Apocalipsis) con la única bienaventuranza del libro de Daniel, que también tiene un elemento temporal: “Bienaventurado el que espere, y llegue a mil trescientos treinta y cinco días” (Dan 12:12). Se hace necesario hacer una breve explicación de esta profecía.

En Daniel 12 los últimos versículos contienen 3 profecías de tiempo. Se debe recordar que las 2 profecías de tiempo más aludidas por Daniel son los 1260 años de dominio del cuerno pequeño papal (Dan 7:25) y los 2300 años para el inicio del Juicio Investigador (8:14). En Daniel 12:7 se menciona claramente los 1260 años. En el versículo 11, sin embargo, aparece un nuevo período similar al anterior: los 1290 años. Esta profecía (que inicia cuando el continuo sacrificio es quitado) tiene 30 años de diferencia con la anterior. Mientras los 1260 años inician el año 538 d.C. con la caída de los 3 pueblos bárbaros arrianos a manos de Clodoveo y los francos, dándole el poder temporal soberano al Papa, los 1290 años inician 30 años antes, el 508 d.C., cuando Clodoveo recién iniciaba su campaña para exterminar a los pueblos arrianos y dejar al Papa de Roma el poder soberano. Y por tanto, concluyen también en 1798 d.C. con la caída del Papa a manos del general Berthier de Napoleón. Justo después de mencionar los 1290 años, Daniel dice “Bienaventurado el que espere, y llegue a mil trescientos treinta y cinco días”. Es como si dijera “habrán 1290 años demarcados, pero es mejor llegar a 1335”. Algo habría de ocurrir al cabo de los 1335 años que otorgaría gran bendición a quienes alcanzaran a vivir ese año. Usando el año 508 d.C. como inicio del cálculo (por ser el inicio de los 1290 años que vienen en el contexto inmediato), llegamos a 1843, el año donde se dio el primer chasco, y donde posteriormente se anunció el regreso de Cristo para el 22 de Octubre de 1844. El mensaje del tercer ángel comenzó a predicarse después del gran chasco de 1844, y por tanto estas 2 bienaventuranzas juntas enseñan que quienes alcanzaran a vivir el año 1844, para expermientar la predicación del mensaje del tercer ángel, podrían morir en paz sabiendo que tienen una bendición especial. La única bendición especial que hallamos en Daniel 12 es que “muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna…”.

Ante la escasez de un gran número de textos al respecto, es recomendable no ser dogmáticos en este tema. Sin embargo, si lo aceptamos como verdad tendría grandes implicancias para nuestras vidas. Por ejemplo, que todos aquellos que han muerto en Cristo bajo la certeza del mensaje de los tres ángeles (desde 1844 hasta el fin de los tiempos) se levantarán en esta resurrección especial para admirar los acontecimientos de las últimas plagas y ver la liberación de los santos y la segunda venida de Cristo desde su mismo inicio. Además, nos otorga a nosotros, quienes vivimos en estos días, la certeza de que ya sea que vivamos (y nos contemos con los 144 mil sellados que verán venir a Cristo) o muramos (y tengamos parte en la resurrección especial), podremos presenciar el regreso de nuestro Señor a esta tierra. Efectivamente bienaventurados seremos si podemos tener parte en esos grupos.

Conclusión
Para concluir la presente exposición, hacemos un llamado especial. Toda la doctrina de la resurrección como la presentan las Sagradas Escrituras tiene un propósito moral. De nada sirve que tengamos todos los detalles en cuanto a la resurrección si este conocimiento no produce un deseo en el corazón de servir a Dios y entregar nuestras vidas a Cristo. Tanto los milagros de resurrección del Antiguo como del Nuevo Testamentos tenían un profundo trasfondo moral, y fueron oficiados en épocas donde hubo una fuerte enemistad entre el bien y el mal, entre la piedad y la iniquidad, entre hombres que venían de Dios y los hombres manejados por Satanás. La resurrección escatológica general claramente señala y reafirma esta dicotomía (la primera resurrección es de justos y lleva a vida eterna; la segunda resurrección es de impíos y lleva al castigo final y la muerte segunda), así como la resurrección especial (especial de justos para vida eterna, parcial de impíos para vergüenza y destrucción). La resurrección de Cristo es la clave de la vida cristiana (1 Cor 15:14, 17, 19) y la base y sentido de nuestra fe. Es necesario pues, que aprendamos a vivir ahora de acuerdo a “toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat 4:4), a guardar sus mandamientos y la fe de Jesús (Apoc 14:12), a fin de tener parte con los salvos y justos resucitados en presencia del Señor Jesucristo.

Maran atha


Nota:

  1. En este punto se hace necesaria una aclaración. El versículo 5 inicia hablando de “los otros muertos” que resucitan después de los mil años, para luego hablar de la primera resurrección. Si se lee de corrido, parece indicar (contradictoriamente) que la primera resurrección es la que levanta a “los otros muertos” después de los mil años, lo cual claramente contradice todo el sentido de Apocalipsis 20. Puesto que Apocalipsis fue escrito en griego, sin signos de puntuación, se entiende que el pasaje inicial del versículo 5 es una aclaración intercalada al sentido del texto, y sería más fácil de comprender si se la encerrara entre paréntesis, quedando los versículos 4 al 6 así: “Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años (pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años). Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años”.