Citas de Ellen G. White | El Santuario

“El santuario celestial, en el cual Jesús ministra en nuestro favor, es el gran original, del cual el santuario edificado por Moisés fue una copia… El esplendor sin par del santuario terrenal reflejaba ante la vista humana las glorias del templo celestial donde Cristo, nuestro precursor, ministra por nosotros ante el trono de Dios.

Así como en el santuario terrenal había dos compartimientos, el santo y el santísimo, hay dos lugares santos en el santuario celestial. Y el arca que contiene la ley de Dios, el altar del incienso, y otros instrumentos de servicio que se encontraban en el santuario terrenal, tienen también su contraparte en el santuario de arriba. En santa visión se le permitió al apóstol Juan entrar en el cielo y allí él contempló el candelabro y el altar del incienso, y cuando “el templo de Dios fue abierto” vio “el arca de su pacto” (Apoc 4:5; 8:3; 11:19). Los que buscaban la verdad encontraron pruebas irrefutables de la existencia de un santuario en el cielo. Moisés hizo el santuario terrenal de acuerdo con el modelo que se le mostró. Pablo declara que el modelo es el verdadero santuario que está en los cielos. Juan testifica que lo vio en el cielo”.[1]

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“Para saber más acerca de la purificación señalada por la profecía, era necesario comprender el ministerio que se lleva a cabo en el santuario celestial. Esto se podía lograr sólo estudiando el ministerio que se realizaba en el santuario terrenal, pues Pablo declara que los sacerdotes que oficiaban allí servían “a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb 8:5).

Así como los pecados del pueblo eran transferidos antiguamente, en forma figurada, al santuario terrenal, por medio de la sangre de la ofrenda por el pecado, así nuestros pecados son, de hecho, transferidos al santuario celestial por medio de la sangre de Cristo. Y así como la purificación típica del santuario terrenal se llevaba a cabo mediante la remoción de los pecados que lo habían contaminado, así la limpieza real del santuario celestial se cumplirá mediante la remoción de los pecados que están registrados allí. Esto requiere un examen de los libros de registro para determinar quiénes, por medio del arrepentimiento del pecado y la fe en Cristo, están en condiciones de recibir los beneficios de su expiación. La purificación del santuario por lo tanto implica un juicio investigador. Esa obra debe realizarse antes de la venida de Cristo para redimir a su pueblo porque cuando él venga traerá su galardón con él “para recompensar a cada uno según sea su obra” (Apoc 22: 12).

Así los que siguieron la luz de la palabra profética vieron que en vez de venir a la tierra al término de los 2.300 días en 1844, Cristo había entrado en el lugar santísimo del santuario celestial, a la presencia de Dios, para realizar la obra final de expiación, preparatoria para su venida”.[2]

“Durante más de medio siglo [desde 1844] los temas principales de la verdad presente han sido cuestionados y combatidos. Se han presentado nuevas teorías como verdaderas, las cuales no constituían la verdad, y el Espíritu de Dios reveló su error. Cuando los grandes pilares de nuestra fe fueron presentados, el Espíritu Santo dio testimonio de ellos, especialmente en lo concerniente a las verdades de la cuestión del Santuario. Una y otra vez el Espíritu Santo apoyó en forma notable la predicación de esta doctrina. Pero hoy, como en el pasado, algunos serán impulsados a elaborar nuevas teorías y a negar las verdades a las cuales el Espíritu de Dios ha dado su aprobación.

Cualquier hombre que procure presentar teorías que nos apartarían de la luz que nos ha llegado acerca del ministerio en el Santuario celestial, no debería ser aceptado como maestro. La verdadera comprensión del tema del Santuario significa mucho para nosotros como pueblo. Cuando buscamos fervientemente al Señor para recibir luz sobre este asunto, la luz vino. En visión se me mostró una escena tal del Santuario celestial y del ministerio relacionado con el Lugar Santo, que por muchos días no pude hablar de ello.

Por la luz que el Señor me ha otorgado sé que debería haber un reavivamiento de los mensajes que se han dado en el pasado, porque los hombres procurarán introducir nuevas teorías y tratarán de probar que éstas son bíblicas. En cambio son errores que, si se les da cabida, socavarán la fe en la verdad. No debemos aceptar estas suposiciones y hacerlas circular como si fueran verdad…

Siempre existirán los que buscan algo nuevo, los que exageran y fuerzan la Palabra de Dios para obligarla a fundamentar sus ideas y teorías. Hermanos, tomemos las cosas que Dios nos ha concedido y las que su Espíritu nos ha enseñado en verdad y creamos en ellas, abandonando esas especualciones que su Espíritu no ha aprobado.[3]

“En lo futuro se levantarán engaños de toda clase, y necesitamos terreno sólido para nuestros pies. Necesitamos columnas sólidas para la edificación. Ni un alfiler ha de ser quitado de lo que el Señor ha establecido. El enemigo introducirá falsas teorías, tales como la doctrina de que no hay santurio. Este es uno de los puntos que inducirán a algunos a apartarse de la fe. ¿Dónde podremos encontrar seguiridad sino en las verdades que el Señor nos ha estado dando en los últimos cincuenta años?”.[4]

“Todos necesitamos tener en mente el tema del santuario. Dios prohíbe que la charla que procede de labios humanos cercene la creencia de nuestros hermanos en la verdad de que hay un santuario en el cielo, y que un modelo de ese santuario se construyó una vez en esta tierra. El Señor desea que su pueblo se familiarice con ese modelo, teniendo en mente el santuario celestial donde Dios es todo y está en todo. Debemos mantener nuestras mentes vigorizadas por la oración y el estudio de la Palabra de Dios, de modo que podamos captar estas verdades”.[5]

“Como pueblo, debemos ser estudiantes fervorosos de la profecía; no debemos descansar hasta que entendamos claramente el tema del santuario, que ha sido presentado en las visiones de Daniel y Juan. Este asunto arroja gran luz sobre nuestra posición y nuestra obra actual, y nos da una prueba irrefutable de que Dios nos ha dirigido en nuestra experiencia pasada”.[6]

“Sé que la cuestión del santuario, tal cual la hemos sostenido durante tantos años, está basada en la justicia y la verdad. El enemigo es quien desvía las mentes. Le agrada cuando los que conocen la verdad se dedican a coleccionar textos para amontonarlos en derredor de teorías erróneas, que no tienen base en la verdad. Los pasajes de la Escritura así empleados están mal aplicados; no fueron dados para sostener el error sino para fortalecer la verdad”.[7]

“Debemos ser decididos en este asunto… Tuvimos la verdad; fuimos dirigidos por los ángeles de Dios. La presentación del tema del santuario se dio bajo la dirección del Espíritu Santo. Los que no participaron en la gestación de nuestra fe serán elocuentes si guardan silencio. Dios nunca se contradice. Las pruebas bíblicas están mal aplicadas si se las fuerza para testificar de lo que no es verdadero. Se levantarán otro y otro más y presentarán lo que pretendan que es gran luz y expondrán sus opiniones. Pero nos mantenemos fieles a los hitos antiguos”.[8]

“Ningún edificio terrenal podría representar la grandeza y la gloria del templo celestial, la morada del Rey de reyes donde “millares de millares” le sirven y “millones de millones” están delante de él (Dan 7:10), de aquel templo henchido de la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus guardianes resplandecientes, se cubren el rostro en su adoración. Sin embargo, las verdades importantes acerca del santuario celestial y de la gran obra que allí se efectúa en favor de la redención del hombre debían enseñarse mediante el santuario terrenal y sus servicios”.[9]

“Nadie podía dejar de ver que si el santuario terrenal era una figura o modelo del celestial, la ley depositada en el arca en la tierra era exacto trasunto de la ley encerrada en el arca del cielo; y que aceptar la verdad relativa al santuario celestial incluía el reconocimiento de las exigencias de la ley de Dios y la obligación de guardar el sábado del cuarto mandamiento. En esto estribaba el secreto de la oposición violenta y resuelta que se le hizo a la exposición armoniosa de las Escrituras que revelaban el servicio desempeñado por Cristo en el santuario celestial. Los hombres trataron de cerrar la puerta que Dios había abierto y de abrirla que él había cerrado. Pero ‘el que abre, y ninguno cierra; y cierra, y ninguno abre’, había declarado: ‘He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie podrá cerrar’ (Apoc 3:7, 8, VM). Cristo había abierto la puerta, o ministerio, del lugar santísimo; la luz brillaba desde la puerta abierta del santuario celestial, y se vio que el cuarto mandamiento estaba incluido en la ley allí encerrada; lo que Dios había establecido, nadie podía derribarlo”.[10]

Marán Atha


Referencias

  1. Spirit of Prophecy, tomo 4, pp.260, 261.
  2. La Historia de la Redención, capítulo 53, pp.396-397.
  3. Manuscrito 125, 4 de julio de 1907, “Enseñanzas de la visión de Ezequiel”.
  4. Counsels to Writers and Editors, p.53.
  5. Carta 233, 1904.
  6. El Evangelismo, p.166.
  7. Obreros Evangélicos, pág. 318.
  8. Mensajes Selectos, tomo 1, pp.188-190.
  9. Patriarcas y profetas, capítulo 30, p.371.
  10. El Conflicto de los Siglos, capítulo 26, p.488.